Ilustración: Leo Camus

Los dos legados

En una escena clave de la película Infinity War, que seguramente tiene mucho sentido para la generación que asume el poder hoy, un superhéroe que puede controlar el tiempo explora 14 millones de futuros posibles para saber en cuántos pueden derrotar al villano Thanos. Descubre que solo lo logran en uno. En esta columna, que analiza no el futuro sino el pasado reciente, y el legado que deja el presidente Sebastián Piñera, el autor llega a una conclusión similar. El presidente Gabriel Boric tiene “una oportunidad efímera” de que el cambio generacional que él representa logre detener “el péndulo entre coaliciones reformistas y coaliciones restauradoras que ha pautado los últimos dieciséis años”. Lograr eso depende de que pueda articular “un proceso amplio de concertación social que siente las bases para un proyecto de desarrollo y para una nueva convivencia democrática.”


El famoso “legado” no era uno sino dos. Y los legados testados por el gobierno de Sebastián Piñera al gobierno de Gabriel Boric determinarán si el período que hoy se inicia terminará siendo de transformación o de porfiada (y declinante) continuidad. Tras cuatro años en que La Moneda representó la falta de empatía, el cálculo frío y desnudo, y un “sentido común” que solo resonaba con el de élites intelectualmente añejas y desconectadas, el contraste entre ambos personajes presidenciales dota al liderazgo de Gabriel Boric de un amplio piso de legitimidad. Ese piso, además, ha crecido en los últimos meses con un manejo impecable de lo simbólico y lo emocional. Todo lo que Piñera no pudo salir a comprar, al presidente Boric y a su entorno les resulta dado, auténtico y natural. Ese piso de legitimidad, hoy ampliado, es el primer legado.

El segundo legado es un aparato estatal significativamente más débil y pobre que el que Chile tenía hace cuatro años. La institucionalidad e incluso la integridad estatal enfrentan hoy desafíos múltiples y significativos. Además, en un momento en que las arcas fiscales están más vacías que nunca, el contexto económico internacional augura estanflación. Para colmo, el capital local, nostálgico de un pasado tan idealizado como exclusivo (el del mismo Chile racional y ponderado al que las huestes amarillas en su desvarío creen poder retornar) cuenta con recursos suficientes para bloquear y perforar proyectos de reforma. Parapetados en su desconexión y aún en contra de sus propios intereses de largo plazo (porque la integridad de esos intereses depende de buscar soluciones nuevas para los problemas estructurales que les estallaron en la cara), no pueden reimponer su proyecto, pero pueden atajar los cambios. La ultraderecha, fortalecida por el desfonde del piñerismo, también tendrá con qué operar en ese contexto. No es raro entonces escucharlos decir que el gobierno que termina “tendrá mejor lejos”.

En estos días de éxtasis, de tanto cambio y con tanto símbolo, podemos confundirnos. Los cimientos del piso de legitimidad en que hoy se para el presidente Boric crujen. Cuanto más extenso es ese piso, más tiemblan sus cimientos, porque la brecha entre expectativas y capacidades se amplía. Y aún cuando la figura presidencial, sus repertorios y sus elencos sincronizan mejor con la mayoría sociológica del país, los tiempos de la legitimidad son cortos. Cuanto más tiempo pase, es esperable que el primer legado se vaya diluyendo, mientras que las consecuencias del segundo seguirán impactando la realidad cotidiana de las grandes mayorías.

Ambos legados tienen relación con distintos factores que influyen sobre la vida social. En ciencia política usualmente distinguimos entre tres tipos generales de causas: las estructurales, las institucionales y el liderazgo (a este último, usualmente lo denominamos agencia). El primer tipo de causa es difícil de alterar pues está determinado por las estructuras sociales y económicas de una sociedad. Esas estructuras están históricamente arraigadas y topan con limitantes contextuales sobre las que no se puede operar en el corto plazo (por ej., la distribución de recursos en una sociedad y sus múltiples correlatos). Para llevarlo al Chile actual, piense en los determinantes históricos del conflicto en la Araucanía y en la multiplicidad de actores, demandas e intereses que hoy configuran ese conflicto.


“Gobernar de modo efectivo implica poder decir que no y que te sigan queriendo. Y si te dejan de querer, es crucial que al menos te respeten y te crean.”


En contraposición, la agencia (o los liderazgos) se pueden cambiar rápido, pero tienen un ciclo de vida que es cada vez más corto. Y esos liderazgos cuya adhesión es menos duradera, también poseen una capacidad limitada de propiciar cambios significativos. Para llevarlo nuevamente a la Araucanía, piense en el arribo de nuevos liderazgos que ofrecen salidas dialogadas al conflicto. Aunque imprescindible para encontrar una solución constructiva y duradera, el diálogo y el liderazgo que lo fomenta será siempre precario y tentativo. Bastan un par de variables sobre las que no se puede tener control y el diálogo fracasa. Abrir una negociación sin tener poder efectivo sobre elementos clave que determinan lo que sucede en terreno, es decir sin poder garantizar los compromisos sobre los que se estructura la negociación, es también altamente riesgoso para cualquier liderazgo.


«Si bien es tentador a corto plazo emborracharse con la popularidad y con un gabrielismo ingenuo y fácil, hacerlo sería incurrir en un error fatal. Es el mismo que cometieron, por lo demás, los cuatro gobiernos anteriores», escribe Juan Pablo Luna. Ilustración de Leo Camus

Por su parte, las instituciones -o las reglas de juego- cristalizan las preferencias de actores con poder en el momento de su creación y eventualmente traducen dichas preferencias en reglas que adquieren latencia, pudiendo así orientar los comportamientos de nuevos actores. El binominal sigue pautando paneles de TV y radio, así como directorios de empresas y organismos públicos, aunque su creador y la criatura ya no estén entre nosotros.

Si bien cambian más rápido que las estructuras y pueden eventualmente propiciar cambios duraderos al proveer una estructura de incentivos que constriñe la acción de nuevos actores, los cambios institucionales exitosos también requieren tiempo y enraizamiento social. Podemos pensar, por ejemplo, que un componente esencial para solucionar problemas centrales del Chile actual (incluida la crisis de la Araucanía) pasa por reformar exitosamente a Carabineros. No obstante, una reforma institucional rápida a Carabineros es impracticable más allá del papel (las estructuras y los poderes fácticos, recurriendo a sus múltiples resortes de poder, darán por tierra con la agencia de aquellos liderazgos que lo intenten). Una reforma institucional a Carabineros requiere, aunque nos pese, gradualismo y cooperación institucional. Con suerte los Carabineros que hoy necesita el país en terreno y en el mando están egresando del kínder.

LA CONSTITUYENTE COMO METÁFORA

El proceso constituyente y su devenir también ilustran las limitaciones de la agencia y de la innovación institucional.

No ha habido en el Chile de la post-transición otra institución política con mayor piso de legitimidad social. Esa legitimidad, y su contraposición con la del viejo orden, probablemente alcance para aprobar una nueva constitución en el plebiscito de salida. Para ser claros, el resultado del plebiscito no lo definirán las disquisiciones doctas sobre la calidad del articulado, sino más bien el clima político y social del momento.

Pero se apruebe o se rechace la propuesta de constitución, el proceso constituyente ha generado ya un resultado más relevante que la propuesta misma. El proceso ha sincerado, de forma descarnada, el déficit fundamental de la política chilena contemporánea: hay en esta sociedad conflictos profundos y múltiples demandas que ni el sistema político ni los colectivos constituyentes logran vertebrar y representar. La legitimidad de inicio, aunque masiva, no alcanzó.


“Todo lo que Piñera no pudo salir a comprar, al presidente Boric y a su entorno les resulta dado, auténtico y natural.”


Por esta misma razón y desde hace tiempo, el sistema político no logra sostener simultáneamente mínimos de orden y legitimidad. Esa limitación no es exclusiva de la izquierda o de la derecha, tampoco es privativa de los partidos o de los independientes. Son claves sistémicas, que le pesan a todos, en un contexto en que la agencia no se la puede con la estructura social y sus impactos sobre las lógicas de acción colectiva y conflicto. Con esa incapacidad para vertebrar conflictos y con un estado cada vez más impotente, los gobernantes enfrentan, parafraseando a Vallejo, “un número crecido de cuerpos inorgánicos”. Y entre ellos, allí también andan los amarillos, entonando su cada vez más triste letanía (la única diferencia es que tienen prensa).

La falta de articulación política es un rasgo persistente en la política chilena y nos es tan evidente y familiar que usualmente lo obviamos: hay miles de artículos, propuestas y demandas, pero no existe la posibilidad de discutir y negociar proyectos medianamente consistentes. Y aquí la historia pesa. A quien sale a pedir un proyecto constitucional más consistente rápidamente se le enrostra: “Ah, como la del 80, que la escribió Guzmán a su pinta”. Y es cierto, aquellos vientos sembraron estas tempestades. Por contraposición, hoy florecen múltiples liderazgos y colectivos que no logran articularse más allá de acuerdos de toma y daca, al tiempo que ascienden tan rápido como vuelven al barro, o se desmiembran en su auto-afirmación identitaria.

La Convención Constituyente vino a sincerar la complejidad de los problemas, las deudas, las indignaciones y los conflictos que hoy emergen por todo Chile. Pretender que al mismo tiempo la Convención logre articular una salida ordenada y de consenso es, todavía, no entender la gravedad del embrollo. Desde la segunda vuelta, las constantes peregrinaciones a “La Moneda Chica” reflejan, además de mucho cariño, la misma falta de articulación. Cada uno con sus demandas y sus problemáticas, muchas de ellas de índole particular o incluso familiar. Cada uno portando una esperanza, con altas probabilidades de mutar en una nueva frustración a la vuelta de la esquina. La reja de “La Moneda Chica” es el equivalente funcional a la proliferación de propuestas de artículos para la nueva constitución.

El arte de gobernar

Gobernar de modo efectivo implica poder decir que no y que te sigan queriendo. Y si te dejan de querer, es crucial que al menos te respeten y te crean (atenuemos así, para adaptarnos a tiempos más cariñosos, el “temor” al que aludía Maquiavelo).  Aunque todas las demandas sean o parezcan justas y necesarias, gobernar es priorizar y decir muchos “no” por cada “sí”. El gobernante exitoso compra tiempo cuando al postergar una demanda hoy, logra comunicar (y eventualmente materializar) el beneficio ulterior de esa postergación para el postergado. Se puede hacer con empatía, pero hay que decir que no convincentemente.

Decir que no y convencer sin articulación programática es costoso. ¿Por qué sacrificar un proyecto y no otro si no se cuenta con una visión comprehensiva de a dónde se quiere llegar? ¿Cómo ordenar y priorizar demandas, si todas son urgentes y justas? La ausencia de un proyecto relativamente cristalizado hace imposible jerarquizar legítimamente prioridades y pensar reformas, con sus complementariedades y tensiones. Pensar los problemas de Chile como problemas meramente sectoriales, o como un listado de artículos o reformas puntuales, sin anclaje en una visión comprehensiva de un proyecto de desarrollo, refleja falta de articulación programática. Sin proyecto, la suma de las partes termina matando al todo.


“Aunque el elenco de gobierno es socialmente más diverso, sigue representando a sectores altamente politizados y de extracción ABC1. ¿Cuán bien representan estos jóvenes a sus congéneres de sectores populares?”


Pero la falta de articulación no es solo programática sino también política. Durante 2021 el Frente Amplio cosechó éxitos rutilantes en el plano electoral (especialmente en las elecciones municipales y en las presidenciales). A comienzos de ese año, sin embargo, el Frente Amplio vivía una crisis interna y se enfrascaba en un debate sobre si plegarse a la candidatura de Daniel Jadue o intentar marcar presencia, buscando reagruparse en torno a una candidatura propia. En diez meses, esa candidatura propia ganó por lejos la segunda vuelta de la presidencial. Y hoy, una mayoría aún más amplia aplaude y se emociona con “el Boris”.

Lo sucedido en el norte entre primera y segunda vuelta con el “voto Parisi” también ilustra la volatilidad de las adhesiones. La gira en bus de Izkia Siches y la contraposición con la figura de José Antonio Kast dieron vuelta muchas voluntades. Pero, ¿cuán estable es ese realineamiento? ¿Cuánto depende de lo que se pueda hacer desde el Ejecutivo? ¿Cuánto terminará dependiendo de hechos que sucedan en la frontera sobre las que el Ejecutivo no tiene control directo? No lo sabemos. Pero debería quedar claro que la altísima adhesión electoral y la actual popularidad, hoy avasallantes, carecen de articulación política y raíces profundas en la sociedad. Esa adhesión se logró, en buena medida, en base a características personales y de trayectoria de la candidatura y a una sintonía bien trabajada respecto a la demanda (hoy convertida en expectativa) por transformaciones profundas pero tranquilas.

En estos meses se ha vuelto un lugar común enfatizar la potencia del cambio generacional y sus implicancias. El argumento ha sido tan trillado que el propio presidente Boric ha intentado matizar la importancia que se le otorga al cambio generacional aludiendo a sus raíces, y las del Frente Amplio, en la tradición histórica del socialismo chileno. Sin duda el gobierno que se inicia cuenta con la ventaja de estar sincronizado con el clima de época. Pero quienes enfatizan la importancia de la renovación generacional omiten otra obviedad: aunque el elenco de gobierno es más joven y socialmente más diverso, pero sigue representando a sectores altamente politizados y de extracción ABC1. ¿Cuán bien representan estos jóvenes a sus congéneres de sectores populares? ¿Cuánta adhesión generan y cuán sostenible es esa adhesión en el 50% que no participa de las elecciones? Nuevamente, está por verse.

¿Cómo administrar los legados?

Hoy tenemos un “modelo” de desarrollo quebrado para el que no han emergido alternativas funcionalmente equivalentes. Las grandes crisis, eventualmente, permiten hacer frente a problemas estructurales mediante la agencia y la innovación institucional. Los liderazgos que logran cambios estructurales son aquellos que aprovechan los pocos recursos con que cuentan para sentar las bases de un nuevo proyecto hegemónico. Esa nueva hegemonía requiere bases sociales y articulación política y social. Los liderazgos exitosos usualmente logran avanzar descolocando parcialmente a propios y a extraños; y sobre esa base, poniendo a ambos a negociar cooperativamente, en base a claves y horizontes nuevos. Acometer reformas y cambios institucionales sin construir primero un proyecto hegemónico de desarrollo (los pactos que darán sentido a un nuevo orden para intentar solucionar problemas estructurales) se parece mucho a tratar un cáncer con homeopatía. La estructura se come a la agencia y termina desbordando cualquier institución.

Aunque parezca paradójico, el primero de los dos legados del piñerismo puede constituirse más temprano que tarde, en un veneno letal para el actual gobierno. Si bien es tentador a corto plazo emborracharse con la popularidad y con un gabrielismo ingenuo y fácil (por contraposición a la figura de Piñera y su gobierno), hacerlo sería incurrir en un error fatal. Es el mismo que cometieron, por lo demás, los cuatro gobiernos anteriores.

El segundo legado y sus implicancias portan en cambio la promesa de un antídoto. El descalabro es tan mayúsculo y la salida tan incierta (como lo ilustra el proceso constituyente y sus limitaciones), que los costos de apostar a construir cooperativamente un nuevo orden son más bajos para quienes hasta hoy han bloqueado todo lo que se les ha propuesto. En esta circunstancia, un liderazgo que ha resultado sorprendente para muchos de sus adversarios, que ha sabido decir que no a sus propias bases en momentos clave, alterando así la lógica del conflicto en cuestión, podría intentar reconstruir los cimientos agujereando con cuidado el piso sobre el que hoy está parado.


“Una reforma institucional a Carabineros requiere, aunque nos pese, gradualismo y cooperación institucional. Con suerte los Carabineros que hoy necesita el país en terreno y en el mando están egresando del kínder.”


El dilema es entonces cómo utilizar estratégicamente los frágiles y volátiles recursos de la agencia, para comprar el tiempo y propiciar el enraizamiento que requieren las reformas estructurales y sus fundamentos institucionales. En breve, el presidente tiene hoy una oportunidad efímera para intentar articular un proceso amplio de concertación social que siente las bases para un proyecto de desarrollo y las bases para una nueva convivencia democrática. Si la oportunidad se malversa, el cambio generacional y el recambio de elencos gobernantes que a muchos nos alegra el día, terminará siendo incapaz de trascender el péndulo entre coaliciones reformistas y coaliciones restauradoras (ambas impotentes, por lo demás) que ha pautado los últimos dieciséis años. Y si todo esto parece exagerado, vuelvo a parafrasear a Vallejo: “Perdonen la tristeza”.

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