Ilustración: Leo Camus

Los miedos del 10%. Si ellos no se sienten seguros, ¿quién?

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A pesar de sus privilegios relativos, el 10% más rico de Chile tiene hoy un mayor miedo a caer. El aumento del costo de vida, la amenaza de la automatización, la precarización de profesiones antes muy rentables, entre otros factores, hace que permanecer en su posición dependa cada vez más de lo que acumularon su padres, sugiere el autor.


Cuando se hacen análisis de encuestas, la variable ingreso se tiende a desagregar en quintiles o deciles. Si se piensa en el decil más alto, el 10% de mayores ingresos, lo más probable es que la primera imagen que venga a la mente sea la clase alta o media-alta, es decir personas dueñas de una casa ubicada en un barrio “bien”, cuyos hijos van a colegios privados, pasan las vacaciones en el primer mundo, tienen por lo menos un auto de marca y sufren pocos agobios económicos. Según la evidencia nacional e internacional, ese 10% confía más en el futuro y en las instituciones que el resto de la población; y goza de mejor salud y mayor bienestar en general. El politólogo Martin Gilens ha mostrado que, al menos en Estados Unidos, es mucho más probable que las preferencias políticas que este grupo declara en las encuestas coincidan con las políticas públicas efectivas, por el mecanismo que sea.

Sin embargo, este 10% nunca es homogéneo. De hecho, dado que no tiene techo, se podría decir que es el decil más diverso y desigual de todos. De acuerdo con la última Encuesta Suplementaria de Ingresos del INE (2022), una persona ocupada que gana $1.500.000 mensuales está dentro del 10,8% de más altos ingresos del país; y la que recibe $2.000.000 es parte del 6,1%. Si se recibe más de $3.000.000 se forma parte del del 2,4%. El umbral del 1% está alrededor de $5.000.000. Mientras tanto, los ingresos para el umbral del 50% son de $502.604, apenas sobre el nuevo salario mínimo.

En conjunto, ese 10% de chilenos y chilenas se lleva el 59% de los ingresos que produce el país en un año, de acuerdo con la World Inequality Database (aunque más de 1/3 de ese porcentaje termina en los bolsillos del 1% de más ingresos). Mientras tanto, el 50% que menos gana se lleva apenas el 6,8% de los ingresos del país.


“Las personas de grupos de ingreso alto tienden a subestimar su posición y pensar que la sociedad es menos desigual. Una persona que gana 2 o 3 millones tiende a pensar que eso es algo normal”.


Cuando he mencionado esos umbrales durante conversaciones informales, algunos de los que son parte del 10% se sorprenden pues piensan que para estar en el decil más alto se requiere ganar más. Esto no es extraño: los estudios muestran que en general las personas de grupos de ingreso alto tienden a subestimar su posición en la distribución y a pensar que la sociedad es menos desigual. Dicho de otro modo, una persona que gana 2 o 3 millones de pesos, tiende a pensar que eso es algo normal y se sorprende que se los considere montos altos.

Esa “sorpresa” se debe, al menos en parte, a los tabús que existen en torno a hablar cándidamente de salarios, a lo empinado de la pendiente de ingresos dentro de ese 10% y a la distancia tácita que grupos de ingresos altos establecen con el resto de la población. Tradicionalmente, las variables sociológicas más correlacionadas con el ingreso son los años de escolaridad, la ocupación y el género. Las dos primeras son aspectos de la vida que tienden a estructurar nuestras redes sociales y a ocupar la mayor parte de nuestro tiempo, por lo tanto, determinan a qué personas tenemos la oportunidad de conocer en profundidad y a quienes sólo vemos de lejos.

Si a la distancia que genera la educación escolar privada y el tipo de trabajo al que se accede gracias al título profesional, se le agrega la segregación residencial[1], no es extraño que el 10% tenga una idea de “lo normal” que está lejos de lo que vive la mayoría de los chilenos. Además, culturalmente se tiende a pensar la riqueza en términos objetivos y con símbolos claros (autos caros, artículos suntuosos) más que en términos relativos, por lo que se olvida que las barreras de ingreso a esa “normalidad” pueden ser inalcanzables para la mayoría.

Es interesante notar que este grupo es omnipresente en la discusión pública: la casi totalidad de los políticos, altos funcionarios públicos, empresarios, periodistas y académicos que participan en ella, pertenecen a ese 10%. Y desde esa posición hacen que se vuelvan dominantes sus ideas de lo que es “normal”. Por ejemplo, rara vez entienden que un sueldo de $1.500.000 es elevado, aunque sí lo es en términos relativos.

Los patrones descritos aquí no son exclusivos de Chile. En un estudio realizado a partir de entrevistas con 50 neoyorkinos adinerados la socióloga Rachel Sherman mostró que la mayoría de las personas de clase alta están “orientadas hacia arriba”. Esto es, consideran que ocupan un lugar intermedio entre billonarios y personas pobres, aunque estas últimas son mucho menos influyentes en sus vidas. Por otra parte, el hecho de que en sus círculos haya personas con muchísimo más dinero que ellos, hace que sientan como un despropósito ser llamados “ricos”. Sherman relata que una de sus entrevistadas le comentó: «todos están tan ocupados que no piensas en [los desfavorecidos]», mientras una asesora del hogar limpiaba la pieza contigua. Investigadores en un libro que compara las experiencias de clases medias altas en París, Sao Paulo, y Nueva Delhi mostraron asimismo que estos grupos toman estrategias tanto simbólicas como prácticas para distanciarse de los menos favorecidos en sus ciudades. Según los autores, no es sólo que los ricos estén separados de los pobres como por accidente, sino que esta separación se impone a través de políticas, costumbres y arquitectura y se justifica mediante estigmas relacionados con el peligro, o incluso con la “suciedad».


“A mayor ingreso, mayor la propensión a creer que los valores meritocráticos explican ese resultado”


En el caso de Chile, Joel Stillerman ha mostrado la importancia de las elecciones residenciales y educativas de las clases medias-altas. Lo crucial de estas “inversiones identitarias” radica en que construyen un autoconcepto: ser el tipo de persona que vive en ciertos lugares y envía a sus hijos a ciertos colegios. De manera similar, María Luisa Méndez y Modesto Gayo, han investigado largamente los patrones intergeneracionales de movilidad y reproducción social de clases medias-altas en Chile, examinando los perfiles y patrones de este grupo, en particular sus ambiciones y sus “miedos a caer”.

En un libro de mi coautoría sobre clases medias altas en Europa, Gerry Mitchell y yo mostramos que una buena parte de este grupo tiene un miedo a caer cada vez mayor, ligado a al menos cuatro factores: 1) un aumento galopante del costo de la vida y de los indicadores que permiten la reproducción de clases medias-altas (como la educación privada); 2) la amenaza de la automatización, la globalización y la precarización del mundo del trabajo (especialmente en profesiones que antes eran altamente remuneradas, como el derecho y la arquitectura); 3) una percepción de una creciente polarización y anti-elitismo; y 4) la importancia cada vez mayor de lo que se posee relativo a lo que se gana en el sueldo: en palabras del economista Thomas Piketty, la primacía del capital sobre el trabajo.


Libro publicado por el autor en 2023

En esa disyuntiva, muchos miembros de este grupo van a encontrar que reproducir su estatus se volverá cada vez más difícil, lo que genera incertidumbre por el futuro de sus hijos. Su respuesta puede tomar varias formas, pero una de las más comunes es que presionen por rebajas en sus impuestos con el discurso de que eso fomenta el trabajo duro. Esto se vincula, por una parte, con que a mayor ingreso, mayor la propensión a creer que los valores meritocráticos explican ese resultado. Por otra parte, muchos grupos de ingresos altos piensa que no son ricos y que ya tributan lo suficiente; y en países que nunca han tenido Estado de Bienestar o éste se encuentra en decadencia, esos grupos piensan que pagar impuestos es plata perdida. Así se puede entender mejor el debate que ha habido en Chile en los últimos meses en torno al impuestos a la renta, en que ni $ 3.200.000 ni $ 4.500.000 se ha considerado un umbral lo suficientemente alto en un país donde la mayoría de las personas ocupadas el 2022 ganó, como se dijo, menos de $503.000.

Lo anterior no quiere decir que los grupos de ingresos relativamente altos no tengan presiones importantes. De acuerdo a cifras publicadas por el Diario Financiero, a la parte baja del 10% le costaría acceder a un crédito hipotecario (incluso a 3.000UF, con pie y a 20 años plazo), mientras que de acuerdo a la CChC, el precio promedio de un departamento en Santiago ronda las 3.725 UF. Así, los lugares a los que puede acceder con un sueldo del 10% no son los que muchos esperarían y cada vez más la reproducción de estos grupos altos va a depender de la riqueza que hayan acumulado las generaciones anteriores.

Además, como los investigadores citados arriba muestran, el miedo a caer no es sólo un asunto monetario, sino también simbólico: la capacidad de pertenecer a un grupo específico que tiende a reproducirse y generar los lazos sociales (vía educación, residencia y ocupación) que estructuran las élites de Chile.

Podríamos decir que este grupo es por definición privilegiado y que no tiene sentido enfocarse en sus problemas. Podríamos afirmar también que el 10% es un umbral demasiado bajo para un país como Chile. ¿Pero entonces desde qué umbral se puede llamar a alguien “acomodado”? ¿Y qué dice del país que hemos construido el hecho de que un grupo de los que gana más, dependa cada vez más de la riqueza familiar?


NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Cerca del 50% de las personas que viven en las seis comunas más ricas de la RM son parte de ese 10%, mientras sólo el 2% de las personas que viven en las 24 comunas más pobres lo son.

 

 

Un comentario de “Los miedos del 10%. Si ellos no se sienten seguros, ¿quién?

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