Ilustración: Alen Lauzán

Serie El Colapso

Embrujados por el crecimiento

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Estamos anclados a la fantasía de que el crecimiento económico puede ser infinito en un planeta que no lo es, explica el autor de esta serie. Argumenta que esa idea es una de las mayores amenazas para un futuro habitable en la Tierra. Aquí intenta desmontarla y defender conceptos económicos en desuso, como limitación y moderación.


Lea aquí la primera columna de esta serie

Lea aquí la segunda columna de esta serie


Todos los debates políticos en Chile y en la mayor parte del mundo giran alrededor del problema del crecimiento económico. No importa si los dirigentes son de derecha, izquierda o centro; si son “progresistas” o “conservadores”; todos coinciden en que siempre podemos y debemos crecer económicamente y que si eso no ocurre, es porque los que gobiernan hoy son incompetentes. Algunos prometen crecimiento para impulsar la libertad, el emprendimiento y la modernización; otros, para promover la equidad, la redistribución y la justicia social. Da igual. Nadie nunca dirá “ya no podemos crecer como antes y tenemos que empezar a vivir más austeramente”.

Siempre me ha parecido extraño que la noción del crecimiento económico infinito no se ponga en duda; que nunca nos haya parecido ridícula. Porque al final del día, sabemos que vivimos en un planeta finito; y nada que crezca de forma acelerada puede ser sostenible en un mundo que tiene límites y que tenemos que compartir. Los dinamicistas de poblaciones hemos observado estos procesos de expansión y colapso en montones de especies. Pero algo ha convencido a nuestros políticos y a la población en general de que eso no corre para los humanos.


“Interactuamos con el entorno natural, tomamos recursos y devolvemos desechos. Ese es, y siempre ha sido, el funcionamiento de nuestras sociedades”


Esta columna trata de entender cómo hemos caído en esa especie de hechizo que es como llaman Philippe Pignarre[1] y Isabelle Stengers a esta capacidad —o defecto, según se mire— de vivir de espaldas a los límites del mundo material. Después de explicar por qué el agotamiento de los combustibles fósiles empujan a nuestra sociedad al colapso (ver artículo 1), y de analizar cómo el crecimiento poblacional que nos ha permitido florecer como especie es también nuestra condena (ver artículo 2), esta columna propone que uno de los grandes problemas que tenemos para buscar soluciones racionales que aminoren la violencia del colapso que está en curso, es que estamos atrapados por la idea del crecimiento económico sin fin. Perseguir ese objetivo va en contra de la habitabilidad del planeta y contradice principios básicos del funcionamiento de los sistemas vivos con los que compartimos la Tierra.

TERMODINÁMICA

Para empezar, digamos que el indicador con el cual medimos el crecimiento, el Producto Interno Bruto (PIB), contabiliza el número de transacciones monetarias que se realizan en una economía durante un tiempo (por ejemplo, un año). Dicho de forma simple, el PIB nos indica la velocidad del auto en el que viajamos, pero no nos dice nada sobre las reservas en el estanque de combustible.

Entre 1990 y 2020, por ejemplo, el PIB per cápita de Chile se incrementó por un factor de 2,6. Eso nos dice que la velocidad de la economía (y supuestamente la producción de riqueza por habitante) casi se triplicó en esos treinta años, lo que llevó a hablar del milagro económico chileno. Pero al mismo tiempo, ocurrió otra cosa de la que se habla menos: un pronunciado agotamiento de recursos naturales . Por ejemplo, en 1990 había casi mil toneladas de merluzas comunes, la típica “pescada”, viviendo en el ecosistema de la corriente de Humboldt de Chile central. Hoy quedan menos de 350 toneladas. Si hacemos el cálculo por cada ciudadano, en 1990 había aproximadamente 7,7 kilos de merluzas cada 100 habitantes. En el 2020 quedaban disponibles menos de 1,8 kilogramos por 100 habitantes. En otras palabras, hemos perdido casi el 76% de esos “peces por persona” mientras nuestra economía se aceleraba casi tres veces. Lo mismo ha ocurrido con los algarrobos en el centro-norte de Chile: en 1999 había unas 58.000 hectáreas de superficie con algarrobos, en el 2020 quedan solo 16.000 hectáreas, hemos perdido el 78% de la superficie de algarrobos por habitantes en casi veinte años. Lo mismo ocurre con diferentes tipos de bosques nativos, el caudal de los ríos y los acuíferos, etc.

Este fenómeno no es una rareza chilena sino una constante en la historia de la humanidad. Piense, por ejemplo, en cuánto nos hemos desarrollado desde la época de Julio César. Pues en ese mismo periodo hemos destruido 8 millones de kilómetros cuadrados de bosques naturales, el equivalente a la superficie completa de Estados Unidos. En términos porcentuales, la fitomasa -el stock de energía vegetal acumulado en la superficie de la Tierra- se ha reducido al menos un 50% en los últimos 2.000 años.

Volviendo a las merluzas, para efectos de hacer notar que vivimos en un mundo finito, no importa mucho si fue una corporación la que lucró con ellas o si esa riqueza fue equitativamente repartida y produjo bienestar social. Lo que importa es que las hemos diezmado.

¿Qué muestra estos ejemplos? En esencia, que nuestra economía es básicamente un sistema de transducción (transformación) de energía y materiales. Lo que los partidarios del crecimiento infinito no consideran es que la economía no genera materia ni energía nueva, sino que toma recursos, los transforma en productos y servicios para satisfacer las necesidades humanas y devuelve desechos al medio ambiente. Y el punto importante, que nos advierte la segunda ley de la termodinámica, es que en todo proceso de transformación, la energía útil se degrada y se dispersa en forma de calor y residuos. No podemos recuperarla y volverla a usar.

Por ejemplo, los combustibles fósiles, que son nuestra principal fuente de energía hoy, es de altísima calidad y al planeta le tomó millones de años producirla. Durante los últimos 200 años la hemos usado intensivamente y estamos cerca de agotarla; una parte nos sirvió para levantar nuestra civilización moderna (la convertimos en tecnología, sistemas políticos, artes, ciencias, megaciudades y en muchas personas, etc.). Pero otra parte de esa energía se perdió en forma de calor: se dispersó, se volvió residuo. En un mundo donde se busca crecer para siempre, necesitaríamos una cantidad infinita de energía. Pero la Tierra es un sistema finito, que solo recibe energía del Sol.

CÓMO SE HACE UNA PIZZA

El crecimiento de nuestras sociedades está sostenido por cuatro componentes: la energía disponible, los materiales que extraemos de la naturaleza, la población  (cuyo número aumenta nuestra capacidad de extraer energía y materiales, como se vio en el artículo 2) y el componente económico, que alude a la capacidad de transformar energía en materiales en bienestar humano y luego en desechos.

Cuanta más energía y materiales extraemos del ambiente, más próspera se vuelve nuestra civilización, lo que conduce a que aumente la población y su consumo. Luego, para sostener el consumo de esas personas necesitamos más energía para mantener funcionando nuestra economía. El resultado de este ciclo es una dinámica expansiva y hambrienta, donde más trabajo, más producción y más consumo generan más emisiones de calor, más desechos, más pérdida de hábitats y extinciones, más dióxido de carbono en la atmósfera.

El economista Mauro Bonaiuti[2] ofrece un ejemplo simple de cómo funciona este bucle de energía, economía, población y naturaleza, y que permite ver la irracionalidad que se anida en este proceso. Propone pensar en nuestra sociedad industrial como una gran pizzería donde se transforman materiales y energía para producir la riqueza material, que en este caso son las pizzas. Este sistema de transformación, además de materiales y energía, requiere capital y tecnología (la inversión inicial y los hornos) y unos buenos maestros pizzeros que representan el trabajo, la creatividad y el conocimiento humano.

La visión tradicional de la economía y el discurso político dominante nos dice que para hacer más pizzas (crecer económicamente y ser más ricos) necesitamos mejorar la productividad y la educación de los trabajadores; incorporar más innovación tecnológica (por ejemplo hornos más modernos); e invertir más capital. Esa perspectiva, sin embargo, no le da relevancia a los materiales y la energía que se extraen del entorno natural. Pero, como es obvio, es imposible producir más pizzas cuando te quedas sin agua, sin harina, sin tomates y sin energía barata. El conocido dicho “no hay almuerzo gratis”, usado a menudo para argumentar que los servicios públicos que parecen “gratis” son en realidad financiados con impuestos obligatorios, tiene otra lectura en esta pizzería en la que se asume que los materiales, los ecosistemas y la energía están disponibles para nuestras necesidades[3]. No son gratis. El declive de los stocks de combustibles fósiles nos está mostrando que la energía y los materiales que nos provee la naturaleza son los factores causales del crecimiento económico. Y esto quiere decir que cuando faltan materiales y energía, no podemos crecer, por mucho que invirtamos en tecnología, productividad, y capacitación.

La alegoría de la pizzería también destaca otra característica de la sociedad moderna que olvidamos: es una gran máquina térmica que usa energía útil para transformarla en trabajo. Así, mientras más crecemos y más energía consumimos, más energía se pierde. Esto sugiere que el crecimiento económico, la producción de desechos y el agotamiento de los recursos finitos del planeta son todas caras de la misma moneda. No se pueden separar.

Este proceso se ha acentuado con la economía de mercado global. Por ello, para el economista Carsten Hermann-Pillath[4] el mercado es un tipo de institución que amplifica la difusión de energía y por lo tanto no puede ser una solución a los problemas ambientales que enfrentamos y menos en un futuro con restricciones energéticas.

LA COMPLEJIDAD SE PAGA CON SUDOR

Desde que comenzamos a usar combustibles fósiles, en particular el petróleo, pareciera que la energía proviniera de un pozo sin fondo. Sostenido por ese sueño irresponsable, el crecimiento económico pasó a ser el discurso político dominante. Su promesa de bienestar sin límites es hoy, como dijimos más arriba, un hechizo que nos desconecta del mundo material.

Al vivir ciegos respecto a los flujos de energía y los materiales, la idea del crecimiento se vuelve más difusa e intrigante. Le quitamos materialidad al crecimiento y se la asignamos a procesos abstractos. De esa manera, la economía, el PIB, la productividad, la inversión y la innovación se vuelven lo suficientemente indefinidas como para que aceptemos sin titubear la idea del crecimiento infinito.

Olvidamos que en nuestro pasado reciente, hace unos 300 años, el costo de tener sociedades complejas con innovaciones, artes y ciencias significaba que gran parte de las personas tenían que trabajar duramente para sostener esa complejidad. El esplendor de las sociedades agrícolas era pagado con el sudor, la salud y la calidad de vida de los campesinos y los esclavos.

El hechizo económico nos lleva a pensar que es nuestro ingenio, creatividad e innovación los que nos han traído al desarrollo actual. Pero sin combustibles fósiles, no lo habríamos hecho. Como explicamos en la columna 1, son estos combustibles los que permiten que en promedio cada ser humano cuente con unos veinte esclavos energéticos, que nos transportan miles de kilómetros sin que nos cansemos; o que a través de la IA resuelvan problemas por nosotros; o ponen al alcance de nuestra mano alimentos producidos a enormes distancias. Lo que no tomamos en cuenta es que, si la energía que consumimos proviene de una fuente finita, de un stock, cada litro consumido por una persona, estrato social, país o región deja de estar disponible para el resto; y sobre todo, es energía que no tendrán los humanos del futuro.

En efecto, estamos comenzando a vivir una era con rendimientos energéticos decrecientes, lo que implica que cada año se reducen las reservas de petróleo y las energías renovables no alcanzan para suplir la merma. La persistencia de la idea del crecimiento económico nos pone ante las puertas de alternativas infernales y las experimentamos en carne propia: por un lado, la precarización y miseria de amplios sectores de la población y, por otro, las ruinas ecológicas.

Un mundo post crecimiento despierta todos los miedos y ansiedades posibles en la población, y no es para menos. Los elementos para sopesar en la balanza son difíciles de poner en práctica. Algunos autores sugieren, por ejemplo, comenzar a fijar los precios de todos los servicios, activos, e incluso los impuestos en términos de energía, para estar en sintonía con todos los demás flujos[5].

Pero probablemente el mayor y más difícil cambio será empezar a pensar con conceptos económicos en desuso, como limitación y moderación.

Históricamente, las sociedades humanas han sido propensas a la insostenibilidad porque han evolucionado para aumentar al máximo el flujo de energía y materiales desde el entorno. Esa herencia cultural se ha profundizado durante el breve período de expansión acelerada que hemos disfrutado durante los últimos 200 años, gracias a los combustibles fósiles. Pero hoy esas políticas pro-opulencia, riqueza y libertad basadas en el crecimiento del PBI y la población, son la mayor amenaza a la posibilidad de un futuro habitable.

Necesitamos encontrar e inventar formas de habitar el planeta que consideren todas esas variables, y entender los principios básicos de la dinámica de un sistema complejo como el que nos envuelve. El desafío es gigantesco. No pretendo desanimar a nadie, solo planteo lo difícil que podría ser modificar un sistema con un poder formidable. Quizás el agotamiento de los combustibles fósiles termine por frenar el espiral expansivo de nuestra civilización. Pero entonces tendremos que encontrar formas de habitar el planeta de manera diferente. Parafraseando al filósofo Emanuele Coccia, “siempre habrá un hacia otro lugar y un de otro modo”[6].

A ese tema dedicaremos el último capítulo de esta serie.


NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Pignarre, P., & Stengers, I. (2011). Capitalist sorcery. Breaking the Spell. Houndmills.

[2] Bonaiuti, M. (2014). The great transition. Routledge.

[3] Kümmel, R., Lindenberger, D., & Paech, N. (2025). Energy, entropy, creativity: What drives and slows economic growth. Springer Nature.

[4] Herrmann-Pillath, C. (2015). Energy, growth, and evolution: Towards a naturalistic ontology of economics. Ecological Economics, 119, 432-442.

[5] Kümmel, R., Lindenberger, D., & Paech, N. (2025). Energy, entropy, creativity: What drives and slows economic growth. Springer Nature.

[6] Coccia, E. (2021). Metamorfosis: La fascinante continuidad de la vida (Vol. 121). Siruela.

3 comentarios de “Serie El Colapso: Embrujados por el crecimiento

  1. Martin dice:

    ¿Por qué la columna insiste en la idea de que los combustibles fósiles se están agotando? Ojalá fuera así (porque nos obligaría a hacer una dolorosa transición), pero eso simplemente no es cierto: https://www.bloomberg.com/opinion/articles/2025-09-11/peak-fossil-fuel-demand-is-a-crumbling-myth

    Hay combustibles fósiles para rato, y ése es el verdadero problema. Los límites termodinámicos quizás serán un desafío a abordar a futuro, pero primero hay que resolver lo de los combustibles fósiles o no tendremos un futuro. Cuidado con desviar la atención.

    • Luis Gustavo Mendoza Oscco dice:

      los combustibles fosiles son recursos no renovables en ese sentido, cada vez cuesta mas y no estan tan rentable extraerlo, en los proximos años seguramente aumente mas la demanda de combustibles fosiles pero el costo sera mayor y poco rentable, cuanto tiempo sera 100 años ? o más o menos?

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