Los chilenos desconfían de los partidos, pero no han abandonado la brújula izquierda-derecha. De hecho, el liderazgo de figuras antagónicas como Jara y Kast se relaciona con la fuerza de las tribus ideológicas chilenas cuyas posiciones se transmiten a nivel familiar y donde se valora más la coherencia que la efectividad de las propuestas, propone esta columna.
El estallido social de octubre de 2019 sacudió la estabilidad política post transición. Millones de personas expresaron su descontento, desatando una crisis que marcó el mandato del presidente Sebastián Piñera. Más importante aún, pulverizó el consenso político e institucional que estaba vigente entre las élites e instaló la idea de que la política, tal como se la conocía, había muerto: la ideología ya no servía de brújula, los partidos tradicionales desaparecían y una ola antiélite pareció arrasar con todo. La llamada “tesis del desplome” dominó el debate público. Los resultados de la elección para la Convención Constitucional de mayo de 2021 vinieron a reforzar estas ideas pues permitieron que la agenda fuera dominada por movimientos antes desconocidos, como la Lista del Pueblo.
Los años de la Concertación parecían, en retrospectiva, de alta estabilidad. Dos grandes coaliciones marcaban la agenda: la Alianza (UDI y RN) y la Concertación (PPD, PRSD, PS y DC). El sistema binominal reforzaba esa dinámica, y lo que quedaba fuera era catalogado como izquierda extraparlamentaria (PC, humanistas) o quedaba limitado por el borde derecho en la UDI. Era un escenario claro y predecible.
Hoy, en cambio, vemos un panorama mucho más abierto. Lo que antes estaba al margen, como el PC, ahora es protagonista; la derecha, en tanto, se ha visto desafiada por Republicanos, Socialcristianos y Libertarios. Desde afuera parece un caos cercano al de Perú, donde hemos visto presidentes electos sin ninguna base ideológica o partidista sólida, como Pedro Castillo.
“Los chilenos desconfían de los partidos pero la brújula izquierda-derecha sigue siendo la herramienta que organiza su voto y define con quién se dialoga y contra quién se pelea”
En Chile, sin embargo, la evidencia apunta a algo distinto: más que un derrumbe, Chile vive una transformación en la que conviven viejas estructuras con nuevos actores. La ideología izquierda-derecha sigue siendo un eje clave, coexistiendo con un clivaje élite-antiélite. Si bien los partidos han perdido poder —dada la mala percepción hacia sus dirigentes—, estos siguen existiendo, tanto nuevos como tradicionales, siendo los más exitosos los que tienen una firme base ideológica. Los partidos de centro, por su parte, parecen destinados al fracaso.
Para evaluar la transformación de la política chilena postestallido, intentaremos responder cuatro preguntas clave: 1) ¿murió la ideología? 2) ¿se derrumbó el sistema de partidos? 3) ¿qué sucedió con el centro político? y 4) ¿está la política dominada por los independientes?
FAMILIAS IDEOLÓGICAS
Se ha repetido hasta el cansancio que los chilenos ya no votan por izquierda o derecha, pues esas categorías habrían quedado obsoletas. Sin embargo, los datos[1] muestran una historia distinta. La ideología no solo sigue siendo central, sino que se ha convertido en una identidad social. Las familias transmiten estas posiciones de generación en generación y la gente interpreta la política a partir de la lealtad a “los suyos” y la distancia con “los otros”. Así, más que diluirse, la ideología se ha convertido en un elemento de la subjetividad de las personas. Las elecciones municipales de 2024 lo demuestran con claridad. En los comicios de concejales, tradicionalmente más ideológicos que el de los de alcaldes —dado que en estos últimos influye más el voto según atributos personales del candidato—, la división izquierda-derecha volvió a ser decisiva. Aunque la derecha superó por primera vez el 50% de los votos, este giro no significa que la ideología haya perdido peso: solo refleja un reacomodo en un eje que sigue estructurando la competencia electoral. Este reacomodo implica que, al igual que en muchas otras democracias occidentales, parece haber una mayoría de votantes que tienden hacia la derecha en alguna de sus versiones. Es decir, no hay un claro debilitamiento del eje izquierda-derecha, sino un cambio dentro de estas coordenadas.
Además, los datos de opinión confirman esta persistencia. Según la encuesta del Centro de Estudios Públicos, la identificación con partidos cayó 25 puntos entre 1995 y 2024, pero la identificación ideológica se mantuvo prácticamente estable. Dicho de otro modo, los chilenos desconfían de los partidos, pero la brújula izquierda-derecha sigue siendo la herramienta que organiza su voto y define con quién se dialoga y contra quién se pelea.
“La ideología se ha convertido en una identidad social. Las familias transmiten estas posiciones de generación en generación y la gente interpreta la política a partir de la lealtad a ‘los suyos’ y la distancia con ‘los otros’ ”
Usando experimentos en encuestas[2] encontramos que los participantes privilegian la congruencia ideológica por encima de la coincidencia en temas concretos como inmigración o feminismo. Esto muestra que la lealtad ideológica supera a las posturas sobre issues políticos específicos. Asimismo, el análisis de respuestas abiertas muestra un lenguaje moralizador y emocional: los grupos se describen a sí mismos con atributos positivos ( “comunidad”, “respeto”) y a los adversarios con términos negativos (“ladrones”, “corrupción”, “caos”). Esta combinación de afecto para con los propios y antagonismo hacia los otros confirma que en Chile la ideología actúa como identidad social, ayudando a sostener la competencia electoral a pesar de la debilidad partidaria.
La existencia de tribus ideológicas es clave para entender el 30% de aprobación del presidente Boric a lo largo de su gobierno, a pesar de los cambios de posición, escándalos y desaciertos. También es fundamental para comprender por qué, en 2025, los dos candidatos que lideran la elección presidencial de acuerdo con las encuestas son Jeannette Jara, representando a la izquierda, y José Antonio Kast, a la derecha.
Por eso, hablar de una ciudadanía completamente desideologizada es un mito. El malestar con los partidos es real, pero las categorías de izquierda y derecha siguen funcionando como brújulas centrales. Incluso parte de quienes se declaran “independientes” o de “centro” suelen tener tendencias latentes hacia alguno de los polos ideológicos.
En resumen, los votantes ideológicos le entregan estabilidad electoral al sistema en donde la competencia suele darse entre la izquierda y la derecha, mientras que los no ideológicos eligen al ganador, usualmente en segundas vueltas.
¿El sistema político se derrumbó?
La noción del “desplome” suena atractiva: evoca un colapso total, la desaparición de las estructuras conocidas. Pero lo que realmente vemos en Chile es una recomposición. Sí, los partidos tradicionales han perdido fuerza y las coaliciones se han fragmentado. Sí, el mapa electoral se ha llenado de nuevos actores. Pero eso no equivale a vacío; significa que el sistema se está adaptando a una nueva etapa.
“Más que encarnar una renovación, Amarillos y Demócratas son expresiones de élites desplazadas de la política tradicional.”
Las familias ideológicas siguen siendo los principales organizadores de la competencia. Esto se observa claramente en las elecciones presidenciales postestallido (tanto la de 2021 como la actual), en las que todos los candidatos relevantes pueden ser fácilmente ubicados en el eje izquierda-derecha. El supuesto derrumbe se parece más a una renovación de muebles: se mantiene la casa, pero se cambia lo de adentro.
A nivel institucional, la democracia chilena ha mostrado resiliencia. Pese a los escándalos de corrupción, la caída de figuras emblemáticas y los fracasos constitucionales, las elecciones se han realizado con normalidad, con participación masiva y con resultados aceptados por todos. Esa continuidad institucional contrasta con el relato del colapso.
Lo que sí cambió es la naturaleza de la competencia. Hoy es más fragmentada, menos predecible y con actores que cambian de partido o se presentan como independientes. Pero eso no es sinónimo de quiebre, sino de diversificación. En definitiva, más que un desplome, Chile atraviesa una transformación. La metáfora del colapso no refleja la continuidad que sostiene la vida democrática nacional. El sistema no se desmoronó; se reacomodó para procesar una sociedad más movilizada, más desconfiada y exigente.
¿Qué sucede con los independientes?
En este escenario de desconfianza hacia las élites, la etiqueta de “independiente” se vuelve un activo electoral de gran valor pues permite conectar con un electorado que percibe a los partidos como un antro de viejos carcamales y tiene preferencia por opciones que desafían a las élites tradicionales. Proclamarse independiente otorga una credencial de autenticidad y cercanía en tiempos donde la política institucional genera rechazo.
“La independencia de los candidatos suele ser más táctica que real. Muchos tienen pasado partidario, vínculos con coaliciones o apoyos financieros y políticos que contradicen su supuesto carácter de outsiders. Se revisten de independencia para captar a un electorado enojado”
Las cifras son claras: en las municipales de 2024, los independientes conquistaron 103 alcaldías, una proporción inédita. En conjunto, lograron casi un tercio del electorado, un nivel comparable al de los bloques de izquierda y derecha.
Sin embargo, la independencia de los candidatos suele ser más táctica que real. Muchos tienen pasado partidario, vínculos con coaliciones o apoyos financieros y políticos que contradicen su supuesto carácter de outsiders. Más que romper con el sistema, lo que hacen es revestirse simbólicamente de independencia para captar un electorado enojado. Es una estrategia electoral que no siempre significa una distancia genuina respecto de los partidos.
Aun así, el auge de los independientes es relevante porque refleja una demanda real de los votantes y obliga a los partidos a repensarse. Si antes bastaba con la disciplina partidaria y la lealtad ideológica, hoy es imprescindible mostrar sensibilidad frente a la ciudadanía y capacidad de adaptación. Los independientes, en cierto modo, son un espejo de las carencias de los partidos: su desconexión con la ciudadanía, su incapacidad de renovar liderazgos y su dificultad para responder a demandas sociales urgentes.
Además, los independientes ponen de relieve un cambio estructural en la competencia: ya no basta con ubicarse en el eje izquierda-derecha. Ahora también importa la postura frente a las élites. En este marco, proclamarse independiente es un modo de alinearse con el creciente clivaje élite versus antiélite, un eje que atraviesa todas las ideologías y que hoy resulta casi tan decisivo como el tradicional.
En suma, el fenómeno de los independientes no significa un vacío político ni el fin de la política organizada. Más bien marca la aparición de una nueva forma de representación, en la que la etiqueta de independiente se convierte en un recurso clave para sobrevivir en un escenario de malestar y desconfianza.
¿DESAPARECIÓ EL CENTRO?
El centro político, que durante décadas fue la columna vertebral de la Concertación, ha perdido gran parte de su influencia. La polarización y la fragmentación redujeron su capacidad de convocatoria, y sus antiguos partidos ya no son actores de peso.
En este vacío surgieron proyectos como Amarillos y Demócratas, que buscan presentarse como alternativas moderadas sin identificarse plenamente con la izquierda ni con la derecha. Sin embargo, su propuesta enfrenta un límite estructural: en Chile, la identidad política se organiza actualmente en torno a esos dos polos, y el centro no ha logrado construir un relato propio que dialogue con ellos, ni menos ofrecer una alternativa clara a los votantes.
“Los votantes ideológicos le entregan estabilidad electoral al sistema en donde la competencia suele darse entre la izquierda y la derecha, mientras que los no ideológicos eligen al ganador, usualmente en segundas vueltas”
Más que encarnar una renovación, Amarillos y Demócratas son expresiones de élites desplazadas de la política tradicional. Su incapacidad de establecer puentes con los bloques mayoritarios refuerza la percepción de que el centro carece de identidad y de un electorado fiel. En consecuencia, aparece más como un espacio residual que como un actor capaz de articular consensos o cumplir el rol de bisagra que alguna vez sostuvo la estabilidad del sistema chileno.

El centro político en Chile no solo ha perdido fuerza organizativa y electoral, sino que también carece hoy de una demanda social clara que le permita reconstruir su identidad. La Democracia Cristiana, que durante los años sesenta se consolidó como alternativa frente a los dos grandes polos de la Guerra Fría —el comunismo y el capitalismo—, respondía a una coyuntura internacional e ideológica muy específica. Asimismo, en los noventa, tras el plebiscito de 1988 y la transición a la democracia, el centro encarnó la promesa de estabilidad y gobernabilidad, funcionando como articulador de consensos en una sociedad marcada por el trauma de la dictadura. En ambos momentos, el centro ofrecía un proyecto con sentido histórico: primero, como tercera vía frente a la polarización global; luego, como garante de un pacto democrático que permitiera superar la confrontación autoritaria
Hoy esas motivaciones han desaparecido. La política chilena ya no se articula en torno a la lógica bipolar de la Guerra Fría, y el orden postdictadura se ha debilitado. En cambio, emergen clivajes más nítidos en torno a temas como desigualdad, feminismo, inmigración o el modelo económico, en los que los votantes tienden a alinearse con posiciones claramente de izquierda o de derecha. En este nuevo escenario, el centro carece de un relato convincente: no logra movilizar a un electorado que busca identidades políticas fuertes, ni ofrecer un horizonte que vaya más allá de la mera moderación en las formas.
El futuro de la política chilena
La política chilena no se desplomó: mantuvo la estructura, pero se reorganizó internamente. El estallido social abrió un ciclo de incertidumbre y de presión sobre las instituciones, pero no borró la democracia ni eliminó los clivajes que han organizado históricamente la competencia. Lo que vemos hoy es un sistema con tensiones nuevas, pero que mantiene continuidades profundas: la ideología izquierda-derecha sigue viva, aunque debilitada en sus expresiones partidarias; los partidos sobreviven, aunque transformados; y el eje antiélite se suma como una nueva coordenada.
Este escenario es más complejo y fragmentado, pero no necesariamente más frágil. Al contrario, ha demostrado resiliencia: las instituciones han soportado protestas masivas, escándalos de corrupción y dos fracasos constitucionales sin colapsar. Las elecciones siguen siendo competitivas, con alta participación y con resultados reconocidos por el oficialismo y la oposición. Esa normalidad democrática es fácil de pasar por alto, pero en el contexto mundial es una señal de fortaleza.
La importancia del eje izquierda–derecha se refleja en que hoy los votantes valoran la coherencia ideológica. En este contexto, se ha observado una tendencia hacia la polarización, lo que implica que algunas promesas de campaña resultan más extremas que hace diez años. Sin embargo, el establishment de izquierda y derecha mantiene aún una fuerte gravitación, que ha llevado a candidatos como Jara y Kast a moderar significativamente sus posturas iniciales.
El gran desafío, sin embargo, está en el colapso de los partidos de centro y en la creciente dificultad para alcanzar consensos. Sin un actor articulador, las negociaciones se vuelven más complejas y los acuerdos más escasos. Esto alimenta la sensación de parálisis y crisis permanente, incluso cuando la democracia sigue funcionando.
Al mismo tiempo, la irrupción de los independientes muestra que la ciudadanía exige nuevas formas de representación. La etiqueta independiente, aunque muchas veces es solo estratégica, revela una demanda de liderazgos menos atados a las viejas maquinarias. Los partidos que no sepan leer esta señal corren el riesgo de volverse irrelevantes.
Lo realmente nuevo es la creciente importancia del clivaje élite vs. antiélite. Figuras como Kaiser encarnan un discurso libertario y desafiante que conecta con un electorado cansado de la política tradicional, pero claramente de derecha. Ese tono no reemplaza al eje ideológico, sino que lo atraviesa y lo complejiza. Así, los candidatos no solo deben definirse en términos de izquierda o derecha, sino también en relación con las élites políticas y económicas.
“El centro parece más como un espacio residual que como un actor capaz de articular consensos”
En este escenario: ¿cómo interpretar el éxito de José Antonio Kast en los últimos años? Discrepamos de quienes lo ubican únicamente en la “ultraderecha” o en la “derecha populista”, debido a sus conexiones internacionales. Kast representa, más bien, una renovación de la derecha tradicional, con un fuerte componente identitario y con una reivindicación de los temas clásicos de este sector político. En este sentido, no encarna algo tan novedoso; es, esencialmente, un fiel representante de lo que fue la UDI en los años 90, es decir, una derecha pro establishment, a lo que se suma una agenda contraria a la política de la identidad.
En la izquierda, el Frente Amplio fue un fenómeno similar, entendido como una renovación del Partido Socialista que incorporó temáticas del siglo XXI. No es sorprendente, entonces, que surjan versiones más o menos extremas de los distintos sectores políticos. Lo que sí constituye un fenómeno singular de estos tiempos es la fortaleza electoral del eje antiélite. Por ejemplo, dentro de la derecha que confronta directamente al establishment no encontramos a Kast, pero sí a figuras como Kaiser y Parisi.
La coexistencia del eje izquierda-derecha con élite-antiélite abre oportunidades y riesgos. Permite que nuevas voces entren en la competencia, revitalizando el debate democrático. Pero también aumenta la incertidumbre: un candidato con fuerte discurso antiélite podría llegar a La Moneda con un mandato para tensionar las instituciones. La experiencia internacional muestra que estos liderazgos, a veces, terminan debilitando los contrapesos democráticos.

NOTAS Y REFERENCIAS
[1] Argote, Pablo, and Giancarlo Visconti. «Chile 2024: La Resiliencia de la Ideología y el Auge de las Actitudes Anti-Élite.» Revista de ciencia política (Santiago) 45.2 (2025): 187-204.
[2] Un experimento de encuestas consiste en una manipulación experimental dentro de una encuesta, donde entrevistados observan distintas versiones de una pregunta. Nuestro experimento consistía en examinar si, por ejemplo, gente de derecha preferían votar por un candidato de derecha (congruencia ideológica) o uno que privilegiara el combate a la delincuencia (congruencia en temas específicos)


Pablo Argote
Giancarlo Visconti