Lo poco convencional de la Convención

La Convención Constituyente cumplió ocho meses. El sociólogo Juan Pablo Rodríguez ha documentado su trabajo como parte de un proyecto Fondecyt y plantea en esta carta que para valorar la convención hay que analizarla usando dos lentes: los de la política convencional (la del Congreso) y la constituyente, que empuja el debate fuera de los marcos conocidos.


¿Cuál ha sido el principal logro de la convención constitucional durante estos ocho meses de trabajo? Darse una forma propia y un modo de funcionamiento en base a una serie de rutinas, prácticas, reglamentos, formas de hablar, escuchar y decidir colectivamente, que no existían antes del 4 de Julio de 2021, y sin el cual el debate constituyente dentro de la convención, con sus consensos y controversias, incluyendo las primeras normas aprobadas, sería inviable.

La convención ha llegado a ser una suerte de máquina con la capacidad de regular la discusión constitucional, y de autorregularse, en un ciclo que ha incluido audiencias, momentos de participación ciudadana – como el que vimos con la creación y apoyo a las iniciativas populares de norma-, trabajo en comisiones y el pleno. No se trata de una máquina extremadamente compleja; carece, por ejemplo, de un órgano enfocado únicamente en comunicar eficientemente todo el trabajo que ha hecho, y de instancias deliberativas ciudadanas y populares masivas que retroalimenten el debate y las votaciones; pero la discusión tiene lugar, y como dijera Elisa Loncón en el discurso inaugural de la fase deliberativa, el pasado 18 de Octubre, “la palabra camina”.

«Observar el debate constitucional solo desde su dimensión convencional lleva a escandalizarse ante lo desconocido, a creer demasiado fielmente en aquello que se teme; mirarla únicamente desde su dimensión constituyente, al desencanto y/o frustraciones de siempre»

Junto a los antecedentes jurídicos (constitucionalismo latinoamericano y comparado), políticos (estallido y acuerdo) e históricos (el último ciclo de movilizaciones abiertos desde el 2006), que informaron desde un comienzo la “página en blanco” frente a la cual se encontrarían los convencionales, existe una dimensión práctica en el trabajo de la convención que en general se pasa por alto, o se toma como algo dado y no construido. Discutiendo, las y los convencionales crearon el escenario de una discusión que no tenía lugar antes de esas palabras y esas interacciones, no al menos en el espacio institucional. Observar regularmente el día a día de la convención durante estos meses – observación que muchas veces las y los convencionales no pueden permitirse debido a la concentración y el tiempo que requiere la tarea- permite entender in situ, y en cámara lenta, el nacimiento de una institución.

Desde el día inaugural, con su despliegue diverso de fuerzas, símbolos y mundos, pasando por la eficiente elaboración del reglamento (en 45 días se despacharon más de 300 indicaciones), a la creación de comisiones provisorias y regulares, las y los convencionales pasaron de ser activistas, académicas, profesoras, dirigentes o políticos profesionales, a convencionales constituyentes. En el edificio del ex congreso en Santiago le hicieron lugar a una “asamblea representativa, paritaria y plurinacional, de carácter autónomo” inédita en la historia política del país.

Las asambleas y las convenciones constitucionales no son especies nuevas pero son relativamente raras comparadas con otras instituciones de la política (Negretto 2018), y tienen la particularidad de responder a necesidades propias de su tiempo. No son, en ese sentido, replicables. Estos aspectos prácticos y performativos que involucra la convención, el hecho que las y los convencionales tuvieran que inventar un rol al mismo tiempo que lo ejercían, pueden servir no solo para valorar su trabajo sino además para clarificar los alcances políticos del debate constitucional.

Basado en un intento de traducción sociológica de lo que John Ackerman llamó momento constitucional[1] y de lo que Jason Frank[2] designó como momento constituyente, sugiero que la convención ha logrado combinar, no sin problemas, una dimensión convencional de la política, a la que estamos acostumbrados y que reconocemos fácilmente, con una dimensión constituyente, nueva, novedosa, y crítica respecto a las formas tradicionales de la política institucional.

Mientras que la política constituyente busca crear desde cero, sin determinaciones que no sean las que la propia convención y sus bases mandatan, la política convencional encuentra su modelo en los partidos políticos y en el congreso: dispone plazos, procedimientos largamente probados, y formas eficaces de procesar discusiones y tiempos. Si la política constituyente abre temas y discusiones, empujándolos fuera del horizonte previamente considerado como político por la oficialidad, la política convencional encausa las conversaciones y le cuesta hablar otra jerga que no sea la previamente institucionalizada. Por último, allí donde la política constituyente introduce nuevos lenguajes, explicita las emociones, y no teme a navegar la incertidumbre, la política convencional ofrece el acervo de conocimiento práctico de las democracias representativas, y por lo tanto, orden y seguridades.

Sin su dimensión constituyente la convención constitucional se parecería demasiado al congreso; sin su dimensión convencional tendría múltiples dificultades para procesar un diálogo entre 154 personas, sobre una diversidad de temas, todos fundamentales; y requeriría mucho más tiempo.

Ambas dimensiones han sido claves en el funcionamiento de la convención, y no son fácilmente atribuibles a grupos dentro de ella. La valoración transversal por parte de las y los convencionales del trabajo que ha hecho el secretario John Smok, funcionario de la cámara de diputados, o de Gloria Valladares, secretaria y relatora del TRICEL, atestiguan los servicios que la política convencional ha prestado a la constituyente: han puesto a disposición conocimiento técnico y práctico propios de la política convencional para ordenar y facilitar la discusión al interior de la convención, marcando los tiempos, registrando las votaciones, y coordinando las palabras de los 154 convencionales en modo híbrido, remoto y presencial. La ampliación de temas y lenguajes, asociados a la visibilización de diversas experiencias de desigualdades y asimetrías de poder, muchas veces en voces de aquellos directamente afectados, da cuenta que la política constituyente no es sinónimo de caos, destrucción o extremismo.

Observar el debate constitucional solo desde su dimensión convencional lleva a escandalizarse ante lo desconocido, a creer demasiado fielmente en aquello que se teme; mirarla únicamente desde su dimensión constituyente, al desencanto y/o frustraciones de siempre. La convención ha llegado a ser, con paciencia y trabajo, ambas cosas a la vez, en ello radica su singularidad y la posibilidad de su éxito.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Esto, para referirse a aquellos momentos extraordinarios, pero sin embargo ordenados de efervescencia y discusión donde la ciudadanía da órdenes de movilización a sus representantes para renovar las bases de la convivencia y la distribución del poder.

[2] Esto es, cuando el pueblo reclama para sí un poder político que trasciende la organización legal del Estado,

Ackerman, John (1999). La política del diálogo liberal. Gedisa Barcelona.

Frank, Jason (2010). Constituent moments. Duke University Press.

Negretto, Gabriel (2018). «Constituent Assemblies in Democratic Regimes» en Elster, J., Gargarella, R., Naresh, V. and Rasch, B.E. eds., 2018. Constituent assemblies. Cambridge University Press.

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