Ilustración: Leo Camus

Sinclair Thomson especialista en historia y política boliviana

“En Bolivia no ganó la derecha. Se desgastó el proyecto de izquierda por la pugna entre sus líderes”

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A dos décadas de la llegada de Evo Morales a la presidencia de Bolivia, esta entrevista analiza el surgimiento, auge y caída de un proyecto político que cambió la constitución, generó bonanza económica, redistribuyó la riqueza y entregó el protagonismo político al mundo indígena y popular.


En diciembre se cumplen 20 años desde que Evo Morales ganó la elección presidencial de Bolivia en primera vuelta y se transformó en el primer indígena en dirigir un Estado en Latinoamérica. En estas dos décadas la izquierda boliviana —organizada en torno al MAS — fue una fuerza electoral imparable y logró reformar la constitución y redistribuir la bonanza del periodo de mayor crecimiento económico de la historia de ese país. Una derecha carente de ideario y votos solo podía esperar a que la izquierda se desangrara en disputas internas. Y eso terminó ocurriendo. El historiador estadounidense Sinclair Thomson, experto en política e historia boliviana, cree que la implosión del proyecto de izquierda, sumada a la crisis económica explica en buena medida el resultado de las presidenciales del domingo 17 de agosto, que obligó a una segunda vuelta entre dos candidatos de centroderecha.

En esta entrevista Thomson desmenuza el surgimiento, auge y la caída de Evo Morales y del Movimiento al Socialismo (MAS), uno de los liderazgos más influyentes para la izquierda latinoamericana pues era una propuesta que entregaba el protagonismo a lo indígena y popular. Sinclair piensa que  “la caída de Evo Morales y la implosión del MAS tendrán efectos negativos para la izquierda latinoamericana”, sobre todo en un contexto mundial en el que avanza la extrema derecha y donde la democracia ha perdido arraigo, como lo muestra Estados Unidos. “Trump tiene un ejército de funcionarios que controla los medios de comunicación y hace listas de personas que pueden ser censuradas. Y no sólo el gobierno vigila; hay grupos de civiles de derecha que también lo hacen y que entregan nombres al gobierno para que sean castigados y disciplinados”, dijo Thomson a TerceraDosis.

-¿Y cómo está Trump?

-Me puedo meter en un lío si hablo sin pelos en la lengua.

-¿De verdad hoy un norteamericano siente que lo que diga sobre su presidente puede afectarlo?

-Sí. Toda la esfera pública en mi país está controlada de una forma sin precedente. Trump tiene un ejército de funcionarios que controla los medios de comunicación y hace listas de personas que pueden ser censuradas según los intereses y necesidades. Eso se ve mucho en las universidades. Y no sólo el gobierno vigila; hay grupos de civiles de derecha que también lo hacen y que entregan nombres al gobierno para que sean castigados y disciplinados.

-¿Te ha pasado?

-No me siento tan afectado pero, evidentemente, si trabajara historia del Medio Oriente sentiría una presión muy fuerte. Si uno enseña la historia de Israel y Palestina, por ejemplo, tiene que cuidarse de una manera que es insólita para los que vivimos en Estados Unidos. No quiero decir que no haya gente que hable de todos modos, que diga lo que tiene que decir; pero hacerlo implica un cierto coraje porque sabes que lo que dices puede tener repercusiones en tu empleo.

-Hace un tiempo entrevistamos en TerceraDosis a la socióloga norteamericana Jody Vallejo quien investiga clases medias. Ella decía, «ahora nos toca vivir los que ha vivido Latinoamérica muchas veces». Tu estuviste en Chile durante nuestra dictadura, ¿ves similitudes con Estados Unidos?

-Sí. Hay un creciente autoritarismo y control sobre la esfera pública. Uno de los primeros grupos que fue atacado en su libertad de expresión, fue el de los estudiantes que defendían a los extranjeros y a los palestinos. Y cuando empezaron a agarrar a los estudiantes internacionales y a los inmigrantes, me acordé mucho de lo que vi en las dictaduras Latinoamericanas: gente encapuchada que sale de un auto sin placas de identificación. No piden documentos ni presentan cargos; simplemente agarran a las personas y se las llevan y después las familias no saben qué ha pasado: los detenidos pueden terminar en otras partes del país de un día a otro. Hoy en Estados Unidos existe una forma de desaparición que es temporal. En algunos casos ha habido luchas legales para bloquear este tipo de detención pero las detenciones se hacen a una escala tan grande que es imposible frenarlas.


“Trump tiene un ejército de funcionarios que controla los medios de comunicación y hace listas de personas que pueden ser censuradas. Y no sólo el gobierno vigila; hay grupos de civiles de derecha que también lo hacen y que entregan nombres al gobierno para que sean castigados y disciplinados”.


-¿Qué pasa cuando en el centro del imperio la democracia pierde valor? ¿Crees que la democracia puede sobrevivir en estas periferias?

-No es posible predecir eso. Lo que vemos es que Trump está apoyando a la derecha más extrema de América Latina, por ejemplo, a Bolsonaro en Brasil. Pero lo hace de una manera muy torpe, poniendo mayores tarifas comerciales a un país con el que tiene relaciones comerciales ventajosas. Y luego vemos a la derecha brasilera celebrando las tarifas contra su país. Creo que todo eso va a provocar un rechazo en la población, lo que puede ayudar a que apoyen a las fuerzas de izquierda y del centro o incluso liberales que no están de acuerdo con esta deriva autoritaria. Eso puede provocar una cierta unidad en contra del imperio.

Por otra parte, sabemos que en América Latina siempre ha habido un sentimiento anti-yanqui que se deriva del hecho de que Estados Unidos ha jugado un papel bastante nocivo al apoyar regímenes de facto y autoritarios. Entonces yo creo que se van a acentuar ambos procesos, el de influencia y el de resistencia interna. Pero no sé cómo esos elementos van a conjugarse y cuál va a ser el desenlace.


Ilustración: Leo Camus

-¿Qué planes crees que tiene Trump para América Latina?

-En los últimos años los gobiernos norteamericanos no prestaron tanta atención a América Latina. Estaba más preocupados del Medio Oriente, Afganistán e Irak, etcétera y América Latina se benefició de no estar en el ojo del imperio. Pero creo que eso va a cambiar. Con un Secretario de Estado como Marco Rubio, que tiene la vista puesta en Cuba, no me sorprendería que haya un asalto muy frontal contra la isla en algún momento. Pero también es difícil predecir lo que hará esta administración. No hay líneas y políticas claras y coherentes, sino una actitud muy visceral y arbitraria, como lo de las tarifas contra Brasil.

Creo que el gobierno anterior de Joe Biden no fue un buen gobierno para América Latina. Pero el de Trump va a ser mucho peor. Porque aunque Estados Unidos nunca ha sido el gran faro de la democracia -hay que ser muy ingenuo para pensar eso- sí hubo momentos en que se podía lograr que el departamento de Estado, por ejemplo, criticara al gobierno de Pinochet por violar los derechos humanos. Hoy estamos muy lejos de todo eso. A Trump no le importan para nada los derechos humanos. Es parte del conjunto de palabras que hoy están prohibidas.

EVO MORALES

-Viajemos al pasado, a un momento muy distinto al actual. Este año se cumplen 20 desde que Evo Morales ganó la presidencia de Bolivia y se transformó en el primer indígena en dirigir un Estado en Latinoamérica. En tu libro Revolutionary Horizons, escribiste que durante el ascenso de Morales se percibía un ambiente de mucha esperanza de cambio. Este domingo, sin embargo, el Movimiento al Socialismo (MAS), el partido gobernante en estos años, fue duramente derrotado. ¿Qué mirada tienes sobre este ciclo hoy?

-Lo primero que debo decir es que para mí este ciclo – que parece haber terminado el domingo – no comenzó con la victoria electoral de Evo Morales. Viene de antes, de comienzo de los 2000, cuando las políticas neoliberales del presidente Sánchez de Lozada[1] provocaron poderosas movilizaciones populares e indígenas que condujeron a un momento fundamental -e incluso revolucionario- que obligó a que el presidente dejara el poder en 2003. Ese movimiento abrió el campo para una transformación política electoral y estatal, la cual recibió otro empujón con la movilización nacional de 2005 [2] que provocó la salida del presidente Carlos Mesa. Todo esto estableció la cancha que permitió la llegada de Evo. Lo interesante, sin embargo, es que él no lideró esos movimientos; de hecho se quedó siempre atrás; nunca planteó una nueva Constitución, ni tampoco la nacionalización de los recursos naturales, que eran los reclamos de los movimientos de 2003 y 2005. Entonces, tenemos que entender que antes de la presidencia de Evo hubo una etapa excepcional donde los movimientos sociales abrieron la cancha para el cambio. Esos movimientos definieron un programa y cuando Evo ganó la elección en 2005 ya tenía una agenda que debía cumplir. Se llamaba “la agenda de octubre” e incluía implementar una nueva política de recursos naturales y hacer una asamblea constituyente. Durante su primer mandato Evo Morales se dedicó a cumplir esa agenda. Fijó un nuevo acuerdo entre el Estado y las empresas extractoras de gas y petróleo; y abrió un proceso constituyente que terminó con la nueva constitución en el 2009.


“Con Evo se produjo el boom económico más importante de la historia boliviana, lo que le dio al gobierno la posibilidad de redistribuir excedentes y generar profundas transformaciones”


-Cuando mencionas la “agenda de octubre” boliviana es inevitable pensar en el octubre chileno. ¿Qué diferencias y similitudes establecerías entre ambos momentos?…  Ambos desafían a las respectivas elites, ¿no? Pero parece que la elite chilena estaba mucho más organizada y tenía más fuerza que la de Bolivia…

-Sí, la elite chilena es muy potente económicamente, y está muy arraigada por la tradición señorial en el país. En Bolivia no hay una élite tan consolidada y pudiente y el Estado tampoco tiene la solidez institucional del chileno. Por otra parte, los sectores populares bolivianos tienen un nivel de organización que probablemente es excepcional en Latinoamérica. La sociedad está organizada en muchos niveles: en el campo y en las ciudades, en las comunidades, los gremios y sindicatos y las juntas de vecinos. Toda la política popular pasa por estas organizaciones; es una característica de Bolivia de largo plazo. A veces la sociedad se politiza, otras veces no, pero siempre está organizada. Y entonces en 2003, cuando Sánchez de Lozada quiso exportar gas a California a través de Chile, esa organización se politizó de manera muy intensa.

-¿Entrevistaste a Evo Morales alguna vez?

-He conversado con él en distintos momentos, aunque no en una entrevista.Siempre me pareció una persona muy sencilla, que no se da ínfulas. Es una persona de a pie. Ahora, también es un hombre muy consciente de su poder y suele ser muy desconfiado. Cuando le conté que fui de periodista a escribir sobre una movilización de los cocaleros en Cochabamba en el 89, me dijo, «Ah, el 89, eso era el momento de guerra”; y entonces como que hubo una especie de comprensión y entendimiento. Después, bueno, he seguido su carrera y diría que es un hombre que ha sido muy afectado por el poder.

¿Qué quieres decir con “afectado por el poder”?

-Bueno, en un momento empezó a referirse a sí mismo en la tercera persona. Y me acuerdo de que en su despacho en el Congreso tenía un retrato muy grande de sí mismo… Se creó un culto en torno a Evo y él mismo contribuyó a ese culto.

-Bajémoslo del pedestal y ubiquémoslo en su real dimensión. ¿Qué aportó al movimiento indígena Latinoamericano?

-Ese es un tema interesante porque al entrar en la carrera política, no se identificó como indígena. Él es aymara, pero su familia migró a Argentina para trabajar en la zafra. Y luego migraron al Chapare para cultivar coca. Esa es la historia de muchos campesinos del altiplano que eran aymara o quechua-hablantes. Entonces, Evo hablaba un poco de aymara y un poco de quechua sin ser muy fluido en ninguno de los dos. En el Chapare la gente es de origen aymara o quechua, pero no es una zona donde funciona tanto la comunidad tradicional como en el altiplano; los cocaleros más bien están organizados en sindicatos campesinos. Entonces, la formación política de Evo viene del sindicalismo campesino de izquierda, más que el indianismo. Pero cuando entró en la carrera electoral, desarrolló más una identidad indígena, aunque yo creo que no siempre creyó plenamente en esa identidad. Creo que incluso para él era un poco artificial. Me parece que vivió un proceso de volverse indio para cumplir la expectativa pública en el país y más allá del país. Y eso es muy interesante, porque no sólo le pasó a él. Hubo una identificación con lo indígena que fue creciendo con las mismas movilizaciones de principios de siglo. Por ejemplo, en el censo de 2001 casi dos tercios de la población se identificó con el pueblo aymara, quechua, guaraní u otro pueblo. Pero si hoy haces ese censo, el resultado no va a ser el mismo. Ha bajado este orgullo, esta identificación indígena. Al parecer, fue un momento excepcional.

A nivel latinoamericano esta identidad indígena fue muy valorada y tuvo un efecto tremendo. Hay que recordar que él emergió en el contexto de la llamada Marea Rosa que vivió América Latina a comienzos del siglo. Fue un momento de gobiernos progresistas que la izquierda más dura calificaba de poco revolucionarios. Algunos eran más socialdemócratas, como Lula, los Kirchner, Lugo y Bachelet, y otros con aspiraciones hacia el socialismo como Maduro, Evo y quizás Correa. En ese contexto la identidad étnica le dio mucha fuerza simbólica. Porque además, en ese momento los movimientos indígenas eran la vanguardia en la luchas por la defensa de los recursos naturales ante la depredación neoliberal. Entonces los indígenas no sólo tenían un papel simbólico, sino que eran políticamente muy importantes por su capacidad de resistencia a las empresas de hidrocarburos o la construcción de represas o la defensa forestal, como ocurrió en Chile. Entonces creo que el prestigio y la fama que alcanzó Evo se debió también a que aparecía vinculado con esa lucha continental de los pueblos indígenas en defensa de la naturaleza y los recursos naturales.


“A partir de la derrota de 2009 la derecha boliviana se quedó sin proyecto y con su modelo neoliberal sin legitimidad. Los problemas del MAS no vinieron de esa derecha, sino de las divisiones internas”


-A nivel interno ¿qué logró cambiar?

-Hay distintas dimensiones que se deben tomar en cuenta. Una es la económica. Evo tuvo la fortuna de que en su mandato creciera la demanda mundial por recursos primarios. E igual como pasó en Chile, esa demanda generó un auge muy importante porque el país tiene gas, petróleo, minerales. Se produjo el boom económico más importante de la historia boliviana, que duró hasta 2014 más o menos, y le dio al gobierno la posibilidad de redistribuir excedentes y generar profundas transformaciones. Por ejemplo, hubo una mejora tremenda en la infraestructura de la educación y la salud pública. También hubo mucha movilidad social, pues entró mucho capital y los sectores bajos aprovecharon para participar en el comercio. Recuerdo que el tiempo de transporte para ir al Lago Titicaca o a los valles subtropicales de Yungas se redujo a la mitad. Y en el camino veías que las familias estaban poniendo piso nuevo en las casas de campo y compraban un camión o un tractor. O veías cómo llegaba luz eléctrica a los barrios, las canchas de fútbol. Al mismo tiempo se destrabaron los caminos de ascenso social, se desarmaron los bloqueos de la discriminación tradicional. Entonces, fue un momento excepcional para los sectores populares e indígenas.

-¿El boom económico no afectó a la organización social? En Chile los años de bonanza transformaron en consumidores atomizados a los ciudadanos que se habían organizado contra la dictadura.

-No, en Bolivia no ocurrió eso. Allá si quieres comprar un terreno en una zona, tienes que ponerte de acuerdo con todos los vecinos sobre las reglas del juego. Todos están organizados y representados para negociar con el gobierno municipal, para conseguir servicios. El neoliberalismo no pudo cambiar eso. Pero el MAS intentó controlar a esas organizaciones.

-¿Cómo pasó eso?

-Ocurre que durante su primer periodo (2006-2009), Evo Morales se dedicó a cumplir con la agenda de octubre. Pero después de que se aprobó la Constitución en 2009, la agenda quedó cumplida y el gobierno se encontró con libertad para buscar su propio camino. No tenía que responder tanto a las demandas puestas por la sociedad. Y una de las decisiones que se tomó fue comenzar a establecer un control más eficaz sobre la sociedad, incluyendo los movimientos sociales. Es decir, aunque había llegado al poder gracias a los movimientos, se decidió que al gobierno no le convenía que éstos tuvieran demasiada autonomía. Primero les dijeron “vengan, sean parte del del gobierno y avanzamos juntos”; es decir, se intentó cooptarlos. Pero cuando las organizaciones insistieron en mantener una autonomía política, el gobierno recurrió a medidas coactivas o empezó a crear organizaciones paralelas, incluso para el movimiento indígena. Eso comenzó a verse con más claridad después de 2010, pero venía de antes. Por ejemplo, cuando se eligieron representantes para la asamblea constituyente en 2006, el MAS no quería que hubiera representación directa de las organizaciones. Decían «nosotros somos la representación política de la sociedad” y buscaban que todo se canalizara a través de ellos, lo cual terminó eliminando a muchos actores y muchas voces.

Lo que vimos en 2006 fue una primera señal de que lo que interesaba al partido en el gobierno: era consolidar y monopolizar el poder. Y entonces este fue un proceso doloroso, porque las organizaciones sindicales e indígenas se fueron dividiendo por esta pelea política. Esto no era lo que Evo había prometido. Cuando asumió el poder dijo “voy a mandar obedeciendo”, usando la expresión de los zapatistas de México. Pero en realidad no le interesaba obedecer tanto, sino tener la mano firme.


“Me parece que Evo vivió un proceso de ‘volverse indio’ para cumplir la expectativa pública.”


-El poder siempre es el poder.

-Con el tiempo pasó así. Aunque también hay que hacer la crítica a las organizaciones sociales porque en un momento llevaron la batuta y pusieron los temas por los que había que luchar. Pero después de la ratificación de la nueva constitución en 2009, los movimientos tampoco tuvieron muy claro para dónde ir, no tenían un norte político claro. Entonces no estaban tampoco exigiendo al gobierno del MAS una agenda nueva; creo que después de haber derrotado a la derecha había una especie de confusión. Al principio eso no fue tanto problema, porque había recursos que redistribuir. Pero después de 2014 la economía empezó a bajar lentamente y se abrieron grietas más profundas.

-En el caso venezolano los grupos conservadores fueron debilitando el marco democrático con distintas acciones. Y en el proceso convencional chileno también podría decirse que el sector conservador fue debilitando ese marco. Pero en Bolivia, lo que dices es que la crisis no vino de la derecha.

-Diría que desde el 2000 hasta el 2009 la derecha estuvo en guerra abierta contra el gobierno del MAS y los movimientos sociales. Pero en 2009 fue derrotada definitivamente. El MAS le hizo algunas concesiones, por ejemplo, a la agroindustria de Santa Cruz les dijo que no les iban a quitar sus tierras, aunque fueran mal habidas. Les dijeron: “Pueden preservarlas, producir y exportar – eso nos viene bien a nosotros y les viene bien a ustedes. Nosotros vamos a controlar el caos social y ustedes van a tener la estabilidad económica para producir. Y vamos a tener un Santa Cruz quieto, que no va a cuestionar lo que estamos haciendo”. A ese trato llegaron. Entonces, yo diría que a partir del 2009 la derecha estuvo derrotada, sin proyecto propio y con el modelo neoliberal sin legitimidad. Los problemas del MAS no vinieron de esa derecha, sino de adentro. Eran las divisiones internas que se fueron manifestando. Durante años la derecha no pudo hacer otra cosa que esperar a que las divisiones internas del MAS crecieran. Y crecieron.

-En 2019 Evo Morales fue acusado de manipular los resultados de las elecciones por la OEA y terminó yéndose de Bolivia. Tiempo después, sin embargo, varios grupos de investigadores dijeron que las elecciones no habían tenido problemas y que la OEA se equivocó. ¿Entiendes lo que pasó ahí?

-Es necesario ir un poco antes, al referéndum de 2016 en el que Evo propuso cambiar la constitución para poder reelegirse. Ese referéndum fue la primera elección que Evo perdió. Perdió por poco, pero perdió y no aceptó el resultado. Entonces para cambiar la Constitución igual, recurrió a triquiñuelas.

-¿Por qué hizo eso?

-Creo que se obsesionó con el poder. Uno de los problemas del MAS es que fue demasiado caudillista, demasiado centrado en la figura de Evo; no crearon una nueva generación que pudiera sucederlo. Entonces, pensaban que sin él todo podía fracasar. Él mismo pensaba que no se podía confiar en nadie, lo cual terminó siendo un error. Quizás podría haber esperado y haber vuelto en otro momento. Si no se hubiera aferrado al poder, habría quedado en la historia como un Nelson Mandela de Bolivia. Y, sin embargo, insistió e insistió. Entonces, se generó un rechazo cada vez mayor; y el 2019 en la esa elección, la oposición utilizó toda esa etapa previa para decir que había fraude. Y la OEA reiteró que hubo fraude, pero nunca se ha demostrado que lo haya habido. Nadie ha podido comprobar ni una cosa ni la otra. En todo caso, la derecha utilizó eso para movilizarse.

-¿Por qué dejó de operar el pacto que había con la derecha?

-Para la burguesía cruceña Evo todavía era funcional; pero había un sector que era más político, más contra-revolucionario, que nunca aceptó el acuerdo y siempre estaba hablando con el gobierno norteamericano, con los militares, con sectores de la policía para ver si era o no el momento para tumbarlo. Y vieron su momento con la elección de 2019 y la acusación de fraude. A eso se sumó que distintas instituciones le pidieron a Evo que dejara el poder. Por ejemplo, el Ejército y la Central Obrera Boliviana, que es la máxima instancia sindical de los trabajadores proletarios. En ese momento, para evitar la violencia, Evo se fue del país.

-¿Cómo fue el regreso de la derecha?

-Hubo un interregno de la derecha, un gobierno de facto, que fue un fracaso estrepitoso con mucha corrupción comprobada y dos masacres. La población no toleró eso. Hubo una nueva elección en el 2020, en la cual Evo no pudo participar y en la que el MAS arrasó nuevamente, mostrando que el pueblo no quería una restauración derechista. Seguían creyendo en un proyecto nacional-popular que esta vez encarnaba Luis Arce Catacora.

-Pero eso no se concretó, porque estos meses antes de las elecciones han estado marcados por la pugna entre Arce y Morales. Y todo esto en un contexto económico muy complejo, con inflación en aumento, falta del combustible y falta de dólares. ¿Qué puedes decir de los resultados de este agosto cuando el MAS se ha desplomado?

-Yo creo que el MAS implosionó. Diría que en Bolivia no ganó el proyecto de derecha, sino que se desgastó el proyecto de la izquierda por las pugnas entre sus líderes. Entre Evo y Arce hubo cada vez mayores desentendimientos y recelos y se fueron distanciando.  Evo esperaba controlar el gobierno de Arce; y Arce esperaba gobernar por sí mismo y que Evo permitiera un recambio generacional. La división interna que se fue agravando cada vez más e incluso paralizó el ejercicio del propio gobierno. Todo esto hizo que ambos terminaran deslegitimados y con una imagen muy fea. El MAS ha gastado buena parte del capital político que tenía. El gran peligro es que la población haya llegado a la conclusión que el ciclo nacional-popular con protagonismo indígena y popular se agotó y que no hay más posibilidad de seguir por ese camino que se abrió a principios de siglo y que cuestionó el modelo neoliberal y el colonialismo interno en el país. Eso parecen indicar las elecciones de este domingo.

Yo estuve en marzo y abril de este año y el panorama ya me pareció bastante desalentador. En junio del año pasado hubo un intento de un asonada militar, encabezado por un comandante del ejército de apellido Zúñiga, y no se entendía muy bien a nombre de quien estaba actuando ese militar.  Evo y la derecha dijeron que el gobierno se autogolpeó, que fue un teatro de Arce para ganar la simpatía del pueblo, cosa que no me parece muy evidente. Toda la trama se volvió muy oscura mientras se profundizaba la crisis económica. Y ahora los comicios han confirmado un giro a la derecha.

-¿Qué lecciones sacas de este ciclo que parte con tanta esperanza y termina tan mal para la izquierda?

-En el 2000 era imposible vislumbrar todo lo que vendría por delante. Era difícil imaginar que se derrocaría el gobierno neoliberal, que se impondrían demandas populares para transformar la economía con mayores beneficios nacionales y mayor redistribución de las rentas para sectores populares. Era difícil anticipar que los movimientos sociales impulsarían un proceso constitucional para reordenar las relaciones entre Estado y sociedad, y que la sociedad se podría a debatir el colonialismo interno y las viejas herencias racistas arraigadas en la mente y las instituciones. También era impensable que gente de ascendencia indígena llegaría a ocupar puestos del sistema político y espacios de la vida cotidiana que antes estaban reservados para la elite criolla y mestiza. Pienso que todo ello es parte del balance, y no creo que sea fácil para la derecha neoliberal revertir eso, en el corto plazo. La caída de Evo Morales y la implosión del MAS tendrán efectos negativos para la izquierda latinoamericana. Y al interior del país, se abre un nuevo escenario que va a ser desafiante para la izquierda y los movimientos sociales que deben reorganizarse en un escenario en el cual, como hablamos al comienzo de esta entrevista, las tendencias neoliberales y reaccionarias avanzan.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] En 2003 el principal conflicto fue la llamada Guerra del Gas que se desencadenó por la propuesta del gobierno de Sánchez de Lozada de exportar gas natural a través de Chile a California. Las protestas fueron reprimidas violentamente por las fuerzas militares, resultando en numerosas muertes y heridos. La reacción indígena y popular llevó a la renuncia de Sánchez de Lozada y su posterior exilio.

[2] En 2005 hubo masivas movilizaciones especialmente organizadas por indígenas en torno a la demanda de nacionalización de los recursos naturales. La manifestaciones llevaron a la renuncia del presidente Carlos Mesa.

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