Una sociedad democrática y justa debe lograr que las nuevas generaciones no estén marcadas por su lugar de origen. El artículo identifica dos factores determinantes que deben actuar de forma simultánea y complementaria para nivelar la cancha: crecimiento económico y un sistema de oportunidades que reduzca el peso de la cuna. ¿Cómo le ha ido a Chile en esos aspectos?
Pocos ideales generan tanto consenso como el de la movilidad social. Desde la izquierda hasta la derecha, todos deseamos que nuestros hijos e hijas vivan mejor que nosotros. Ese anhelo de movilidad ascendente —mejores condiciones de vida, más dignidad— es recurrente en los discursos políticos y, muchas veces, la vara con que los ciudadanos miden el progreso de una sociedad.
La literatura académica denomina movilidad absoluta a la comparación entre nuestra situación actual y la de nuestras familias de origen; esencialmente, una medida del progreso —o retroceso— socioeconómico intergeneracional. No es, sin embargo, el tipo de movilidad que suele ocupar el foco académico. Sociólogos y economistas tendemos a estudiar la movilidad relativa, es decir, el grado en que el logro de las personas —la educación que alcanzan, los ingresos que perciben— depende del origen social; esto es, de la desigual canasta de recursos a la que accedieron por el mero hecho de nacer donde nacieron. Dado que los recursos familiares no son mérito individual, la movilidad relativa se vincula estrechamente con la distribución de oportunidades en una sociedad.
Aunque distintas, ambas nociones se presentan en el debate público como un bien social, algo de lo cual querríamos más. Usamos metáforas como el “ascensor social” o la “cancha nivelada” para expresar el ideal de que todas las personas puedan progresar sin importar la cuna.
Pero la realidad es menos sencilla. En la práctica, movilidad absoluta y relativa pueden avanzar en direcciones opuestas o combinarse de maneras que no siempre se traducen en “buenas” o “malas” noticias de forma evidente. Comprender sus efectos exige analizarlas de manera conjunta.
Por ello, en un estudio reciente — Linking Absolute and Relative Intergenerational Mobility — propongo un marco analítico que vincula formalmente ambas dimensiones. Según este enfoque, la movilidad absoluta —la probabilidad de caer, mantenerse o superar el nivel económico de los padres— está determinada por al menos dos factores: (1) la movilidad relativa y (2) el crecimiento económico.
En cuanto a la movilidad relativa, mientras menor sea la influencia del origen familiar sobre el destino de las personas, mayores serán las posibilidades de cambiar de posición económica respecto de sus padres: menor riesgo de quedar atrapadas en la pobreza y menor probabilidad de reproducir privilegios.
Respecto del crecimiento económico, cuando la torta se expande de una generación a otra, aumenta la probabilidad de que los hijos superen a sus padres, incluso si las posiciones relativas permanecen estables. En cambio, una economía estancada restringe el progreso intergeneracional. El dinamismo económico es, por tanto, condición fundamental para promover movilidad ascendente.
“La evidencia disponible sugiere una persistente desigualdad de oportunidades: el logro educacional, los ingresos, el lugar de residencia y el acceso al poder continúan fuertemente condicionados por el origen social”
Este marco analítico muestra que ninguno de estos factores basta por sí solo para promover la movilidad social. Avanzar únicamente en uno de ellos puede resultar en “buenas noticias” solo aparentes. Un país puede crecer, pero si la cancha sigue dispareja, las jerarquías sociales se perpetúan entre generaciones. En el extremo opuesto, una economía estancada arriesga convertir la movilidad social en un juego de suma cero, donde algunos pueden subir solo a costa de que otros bajen.
Estos son, precisamente, los riesgos que han marcado la trayectoria reciente de Chile. Durante las décadas de los noventa y los dos mil, el crecimiento económico permitió mejoras materiales amplias y sostenidas, impulsando la movilidad absoluta. Sin embargo, ese progreso no estuvo acompañado de transformaciones profundas en la estructura de oportunidades. Aunque el país carece de la infraestructura de datos necesaria para documentar cambios sistemáticos en la movilidad relativa, la evidencia disponible sugiere una persistente desigualdad de oportunidades: el logro educacional, los ingresos, el lugar de residencia y el acceso al poder continúan fuertemente condicionados por el origen social. El escenario actual es menos auspicioso: la desaceleración económica de la última década, junto con la ausencia de avances sustantivos en igualdad de oportunidades, advierte sobre un debilitamiento simultáneo de los dos principales motores de la movilidad social, una combinación que ayuda a comprender el malestar y la desconexión ciudadana que han marcado el período reciente.
Impulsar políticas públicas en ambos frentes es, por tanto, la única vía para promover la movilidad social. El desafío es que sus dos principales motores —la igualdad de oportunidades y el crecimiento económico— suelen apelar a sensibilidades políticas distintas y muchas veces enfrentadas. La igualdad de oportunidades convoca a quienes ponen el acento en corregir desigualdades heredadas, mientras que el crecimiento económico resuena entre quienes priorizan el dinamismo productivo y la estabilidad macroeconómica. Esa separación dificulta avanzar en ambos ámbitos simultáneamente, pero también revela por qué el ideal de la movilidad social puede funcionar como un puente en tiempos de polarización.
“La desaceleración económica de la última década, junto con la ausencia de avances sustantivos en igualdad de oportunidades, advierte sobre un debilitamiento simultáneo de los dos principales motores de la movilidad social, una combinación que ayuda a comprender el malestar y la desconexión ciudadana que han marcado el período reciente“
Hoy, la discusión pública está absorbida por urgencias en seguridad, migración y orden público. El foco es comprensible, pero también riesgoso. El péndulo político oscila rápido, y los problemas estructurales no desaparecen por dejar de ser atendidos. Ya aprendimos —y no deberíamos olvidarlo tan pronto— que las tensiones postergadas se acumulan silenciosamente hasta que estallan por causas aparentemente arbitrarias.
Es cierto: las elecciones deben ganarse y los problemas inmediatos requieren respuestas inmediatas. Pero la vocación de quienes se dedican a la política no se agota en ser electos. La política también consiste en impulsar cambios que perduren, que abran caminos, que no solo contengan emergencias sino que expandan horizontes. La movilidad social —ese ideal de que es posible prosperar sin que la cuna defina nuestro destino— es uno de esos horizontes. No lo olvidemos y, sobre todo, no dejemos de exigirlo.



Mauricio Bucca
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