Una dimensión poco explorada de la crisis de natalidad en Chile

Susurros Intergeneracionales

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La crisis de la natalidad se ha explicado a través de la llamada infertilidad estructural: las condiciones económicas y sociales que afectan las decisiones reproductivas. La columna sugiere que también influye lo que las mujeres mayores transmiten a las jóvenes sobre la sobrecarga doméstica y las parejas desiguales. Esos consejos y pequeños gestos cotidianos entre mujeres de distintas generaciones, escriben las autoras, estarían ampliando las formas de tener una vida buena.


Cuando Alejandra compara su vida con la de su madre, no habla de diferencias en ingresos, educación universitaria o movilidad social. Habla orgullosa de quién ocupa el centro de su vida cotidiana: “Como que mi vida en estos momentos solo gira alrededor de mí misma. No gira alrededor de otras personas”. Luego agrega: “Yo puedo llegar a mi casa, dejar todo tirado e irme […] tampoco me imagino llegando a mi casa a seguir entreteniendo a un niño”. La actitud y observaciones de esta mujer de 32 años, educadora de párvulos, muy “movida”, no surgen en oposición a su madre. De hecho, fue ella quien, en algún sentido, la orquestó. Marta, de 55 años, es dirigenta vecinal y trabaja hace algunos años en el CESFAM. Fue ella quien la incentivó a estudiar y promovió, desde siempre, su independencia económica: “hija, tú siempre tienes que andar con plata”.

Los dichos recientes de Alejandra nos recordaron cómo hace seis años Marta disfrutó mostrándonos el segundo piso que habían construido ella y su marido para Alejandra con plata de los retiros: una habitación independiente con un refrigerador moderno, rojo, mucha luz nororiente (la casa es de orientación sur) proyectándose hacia los barrios buenos, con paredes blancas y muebles funcionales y minimalistas tipo Ikea que contrastaban con el barroco y el olor a cera, lustra muebles y estufa a parafina del primer piso. Ese segundo piso no era sólo una mejora habitacional. Era una pedagogía material de la independencia; una forma concreta de decirle a Alejandra que podía tener un espacio propio, una estética propia y una vida menos absorbida por las obligaciones domésticas que habían marcado la generación de su madre, sin tener que salir a vivir a un departamento mariposa. Luego, ese espacio encontraría cierta continuidad en la casa que Marta compró a media cuadra de la suya —a precio de zona roja— desde donde Alejandra hoy reflexiona en torno a su independencia.

A través de consejos, apoyos materiales, advertencias y pequeños gestos cotidianos, muchas mujeres mayores parecen transmitir una lectura crítica de sus propias trayectorias. Llamamos susurros intergeneracionales a estas formas de transmisión mediante las cuales madres, abuelas, tías e hijas elaboran una crítica práctica al sacrificio femenino. Más que instrucciones precisas sobre cómo vivir, transmiten sensibilidades morales y formas de evaluar el mundo. Tal como muestra el caso de Alejandra y Marta, los susurros se expresan en acciones concretas mediante las cuales las mujeres mayores intentan ampliar los horizontes disponibles para las generaciones más jóvenes: apoyar estudios, ofrecer cuidado infantil, sostener momentos de transición o mantener abierta la posibilidad del retorno. Entre esos aprendizajes aparece reiteradamente una advertencia respecto de la dependencia económica y afectiva. No observamos un rechazo a la vida en pareja ni a los vínculos amorosos. Más bien, madres y abuelas parecen transmitir una evaluación cautelosa de las promesas de estabilidad asociadas a ellos, insistiendo en la importancia de mantener recursos, redes y espacios propios.


“La estabilidad suele imaginarse a través de la autonomía económica, las redes familiares, la amistad o la vivienda propia más que mediante la expectativa de construir un futuro sostenido por una relación de a dos.”


Varias de las mujeres de la generación de Marta reflexionan acerca del propio desgaste que se lleva en el cuerpo. Han dedicado gran parte de sus vidas al cuidado de hijos, parejas y otros familiares en contextos marcados por restricciones económicas, sobrecarga doméstica y relaciones afectivas difíciles. Al mirar hacia atrás, expresan cierto lamento por no haber estudiado, no haber tenido tiempo para sí mismas o no haber podido construir mayor estabilidad. No hablan necesariamente desde el arrepentimiento. Hablan desde una conciencia acumulada de los costos que tuvieron ciertas decisiones, dependencias y responsabilidades.

Cuando Fernanda (31) quedó embarazada a los 20 años, se fue a vivir a casa de sus suegros. Su mamá, Carmen (65), más de alguna vez deslizó que no iba a “cuidar guaguas”, dejando entrever una súplica que ambas sabían no implicaba que Fernanda quedaría realmente sola. Cuando la relación con su pareja comenzó a deteriorarse, Carmen le propuso volver a casa y le ofreció apoyo para criar a Nicolás. Gracias a ello, Fernanda pudo continuar sus estudios de kinesiología. Hasta hoy, Carmen colabora en el cuidado de su nieto mientras impulsa a Fernanda y a Pía, su hermana menor, a que “aprovechen más la vida” y les insiste: “ustedes tienen que tener más parejas”, haciendo esa libertad posible al asumir parte de las responsabilidades cotidianas. Al mismo tiempo, Carmen también ha ido cambiando. Sale con sus hijas, critica abiertamente a su marido y libera a Fernanda y Pía de muchas tareas domésticas que marcaron su propia vida.

Algo similar aparece en la historia de Maite (24), criada por su abuela Mónica. Desde pequeña fue incentivada a estudiar, trabajar y “ser independiente”, aunque hoy se distancia de la idea de “sacarse la cresta” como principio organizador de la existencia. Tras algunos meses viviendo con amigas, tuvo dificultades económicas y personales, por lo que Mónica le pidió que regresara a casa. Ahora Maite proyecta volver a independizarse, pero imagina una casa propia donde ambas puedan vivir juntas, sin las incertidumbres del arriendo ni la presión constante de “salir adelante”. Más que un proyecto de ascenso, esa casa representa tranquilidad y seguridad compartida.

Nicole (26), que trabaja en un hospital y vive con sus padres, su hermano y su hijo, expresa aspiraciones similares. Cuando habla de una vivienda propia, tampoco la imagina como símbolo de movilidad social o requisito para un mejor futuro para su hijo, sino como una fuente de estabilidad y calma. Mientras tanto, valora poder salir a comer, ir a conciertos o bailar con amigas. “La plata se disfruta”, dice, mientras intenta convencer a su madre de acompañarla a recitales o dejarse invitar a un restaurante.


“Los susurros se expresan en acciones concretas mediante las cuales las mujeres mayores intentan ampliar los horizontes disponibles para las generaciones más jóvenes”


Entre Alejandra, Fernanda, Maite y Nicole aparece una conversación sostenida sobre cómo vivir de otra manera. Las más jóvenes escuchan esas historias, pero también observan. Ven las vidas de madres, abuelas, tías y vecinas y evalúan sus sacrificios, frustraciones y logros, construyendo sus propios horizontes. Los proyectos de vida que encontramos rara vez se organizan en torno a grandes promesas de transformación o cambio. Sus aspiraciones suelen concentrarse en objetivos más concretos: disponer de tiempo propio, construir relaciones respetuosas, contar con una vivienda estable o vivir con menos angustia. Cuando hablan de una casa propia, pocas veces lo hacen proyectando un futuro de familia diferente, menos aún de movilidad social, restando fuerza al eslogan del sueño de la casa propia. Más bien la imaginan como una fuente de tranquilidad, autonomía y estabilidad. Esto contrasta con lo que escuchábamos hace una década en estos mismos barrios, cuando muchas madres insistían en que todos sus sacrificios se justificaban para que sus hijos “fueran más que uno”. Mientras, las relaciones de pareja rara vez aparecen como el principal vehículo para alcanzar esos proyectos. La estabilidad suele imaginarse a través de la autonomía económica, las redes familiares, la amistad o la vivienda propia más que mediante la expectativa de construir un futuro sostenido por una relación de a dos. Esto no implica ausencia de sueños o de proyectos a largo plazo. Varias imaginan vidas distintas para sí mismas. Sin embargo, esos horizontes suelen estar acompañados de suficiente incertidumbre como para no apostar todo a ellos, por lo que se aferran a construir un presente habitable, donde la tranquilidad sea protegida y donde exista espacio para sí mismas.

Chile atraviesa una caída histórica de la natalidad. Diversos estudios han mostrado cómo la precariedad económica, los costos de la crianza, la inseguridad laboral, la dificultad de acceder a la vivienda y la persistente desigualdad en la distribución de los cuidados afectan las decisiones reproductivas. Este fenómeno ha sido denominado infertilidad estructural, entendiéndose como la falta de condiciones sociales, económicas y políticas necesarias para tener y criar hijos. Estas explicaciones fundamentales requieren ser analizadas también bajo las dimensiones aquí presentadas. ¿Cómo llegan ciertas formas de imaginar la maternidad, el cuidado y la autonomía a convertirse en parte de la experiencia de las mujeres jóvenes? ¿Qué aprenden de las trayectorias de otras mujeres y cómo esos aprendizajes se incorporan a sus propios proyectos de futuro?

Los cálculos económicos, institucionales y laborales están imbricados en observaciones y conclusiones de fondo insertas en las vidas cotidianas y la densidad de la propia historia. Los susurros intergeneracionales en los territorios estudiados hacen circular evaluaciones sobre el desgaste, la sobrecarga doméstica, las relaciones de pareja desiguales, los proyectos familiares frustrados o la postergación sistemática de proyectos personales. Pero nada de ello implica un rechazo a la maternidad ni al cuidado. Lo que aparece con fuerza es una evaluación crítica de aquellas formas de maternidad basadas en el sacrificio total de sí mismas que muchas jóvenes no están dispuestas a encarnar. Desde esta perspectiva, la baja natalidad puede entenderse también como parte de una transformación más amplia en las formas de imaginar una vida buena. Si durante décadas la maternidad “a secas” funcionó como un horizonte relativamente incuestionado, hoy aparece como una posibilidad que debe convivir o articularse con otros proyectos o requisitos igualmente valorados en el presente de estas mujeres: la autonomía económica, el bienestar cotidiano, la estabilidad emocional, las amistades o la posibilidad de disponer de tiempo propio. Lo que parece deseable, tolerable o posible circula en consejos, apoyos concretos y pequeños gestos cotidianos entre mujeres de distintas generaciones. Las políticas que busquen abordar la crisis de natalidad sin considerar estos aprendizajes seguirán respondiendo sólo a una parte de la historia.


Imagen que muestra a una mujer mayor susurrando al oído de una joven, con el texto 'Susurros Intergeneracionales' y una descripción sobre la crisis de natalidad en Chile.

Un comentario de “Una dimensión poco explorada de la crisis de natalidad en Chile: Susurros Intergeneracionales

  1. Francisca Varas Rojas dice:

    Excelente artículo. Pone en palabras claras lo que estamos escuchando y reflexionando hace mucho tiempo como nietas, hijas, sobrinas y madres. ¡Muchas gracias por generar y publicar!

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