Ilustración: Leo Camus

Cuando una crisis se vuelve la normalidad

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¿Y si algunas crisis no terminan nunca? Desde el valle de Aconcagua, una reflexión sobre la sequía crónica y la tarea, cada vez más difícil, de leer una naturaleza que se volvió impredecible.


Las profundas transformaciones que conlleva una crisis suelen ser muy distintas. Por un lado, pueden reforzar respuestas autoritarias enmarcadas en el lenguaje del manejo de crisis o de la urgencia. Pensamos en un terremoto que puede ser el causante de una suspensión de los derechos civiles y así favorecer procesos de ayuda y reconstrucción centralizados, justificados por conocimientos expertos que cesan de ser objeto de escrutinio público. Por otro lado, las crisis pueden liberar un potencial crítico necesario para repensar las condiciones, tanto sociales como ambientales, en las cuales se desenvuelven. Pensemos en una guerra de larga escala cuyo término coincide con un proceso de reformas institucionales en miras al fortalecimiento de gobiernos democráticos.

A pesar de su incompatibilidad, ambos escenarios comparten la premisa de que hay un antes y un después en cada crisis. Sin embargo, hay crisis que son disruptivas y a la vez se mantienen a lo largo del tiempo. Seguimos llamándolas crisis porque tienen todas las características de este fenómeno, pero son latentes y crónicas. Como propone el antropólogo Vigh en el análisis de procesos bélicos prolongados, una vez que la crisis se vuelve crónica no estamos frente a un simple momento de ruptura, sino en un estado de incoherencia somática, social y hasta existencial que se prolonga sin un comienzo y un fin claros. Aun cuando una crisis crónica implica una pérdida de coherencia, esta experiencia está lejos de ser un motivo de pasividad. Actuar en una crisis crónica significa desarrollar maneras de vivir con esta condición que sean aptas para cultivar aspiraciones éticas y materiales en constante transformación. Cuando una crisis se vuelve la normalidad, el desafío común no es solo superarla, sino encontrar las formas en que podamos hallar nuestro lugar en un mundo cada vez más incierto.


El Rio Acongagua en abril 2026, cuando alcanzo’ una de sus mediciones de caudal mas bajas de su historia (foto del autor)

A lo largo de Chile estamos viviendo múltiples crisis: políticas, económicas, sociales y ambientales. Hay algunas de estas crisis que gradualmente se han transformado en una nueva normalidad. Este es el caso de las sequías que han socavado el país durante las últimas dos décadas, uno de los desastres socionaturales más conocidos en Chile. Aun cuando no tengan la espectacularidad de otros desastres, sus efectos son profundos en la economía y en los fundamentos institucionales del país. La sequía de 1967-1969, descrita por el presidente Eduardo Frei Montalva como un «terremoto silencioso», fue la razón por la cual el Estado chileno, por primera vez en su historia, tomó el compromiso de desarrollar infraestructuras hídricas en preparación para un próximo fenómeno de este tipo. Las últimas sequías siguen dependiendo de la oscilación de El Niño y La Niña, responsables del aumento y la disminución de la temperatura de las aguas del océano Pacífico respectivamente. Sin embargo, se han transformado en una nueva normalidad. La última megasequía, que tuvo comienzo en 2010, no encuentra un consenso sobre su fin en la propia comunidad científica, tanto así que este largo periodo debería considerarse de crisis hídrica, como ha propuesto el Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia. La megasequía es un caso emblemático de desastre lento, definido por el historiador Knowles no como un evento discreto, sino como «procesos de largo plazo conectados en el tiempo».

La asociación entre crisis climática e hidráulica parece ser cada vez más evidente y, sin embargo, la experiencia de esta policrisis sigue siendo abrumadora. Muchas de las formas en que conocemos diariamente la naturaleza parecen perder gran parte de su sentido. Gracias a un trabajo en equipo desarrollado al alero del proyecto ANILLO «Cultura y Crisis Climática» y en el Centro de Investigación para la Gestión Integrada del Riesgo de Desastres (CIGIDEN), he podido conocer las experiencias y comprensiones de esta crisis de pequeños productores agrícolas del valle de Aconcagua. Los efectos de estas crisis no pueden ser reducidos a un único factor. Aun cuando sean poco frecuentes las afirmaciones tajantes de negacionismo climático entre los productores de esta importante área productiva, existe un claro cuestionamiento hacia reducir cualquier manifestación de la presente crisis al calentamiento global. El agua, como bien cada vez más escaso, es también objeto de aprovechamiento y concentración. Las infraestructuras hídricas son clave para permitir una distribución más ecuánime de este bien, pero frecuentemente contribuyen a una percibida desigualdad en el acceso a él. Para muchos productores del valle de Aconcagua, la manifestación más visible de la crisis climática es la desorientadora combinación entre una gradual disminución de las aguas y una disrupción de los eventos climáticos cíclicos, como en el caso de heladas u olas de calor que cada vez más ocurren en periodos del año inesperados. «Ya se ha vuelto imposible leer la naturaleza», me han repetido varios al relatar los efectos de la nueva impredecibilidad climática, que ocurren en un contexto de creciente escasez de agua.

Sin un horizonte claro para el término de esta crisis, y con una dificultad cada vez más creciente de programar y anticipar el futuro, parece primar el pesimismo. Entre muchos productores del valle de Aconcagua existe una clara percepción sobre una gradual disminución de la productividad agrícola y de su rentabilidad, afectada además por cambios recientes en el mercado global de fruta y verdura. Muchos están convencidos de que las nuevas generaciones están destinadas a abandonar el trabajo agrícola, que tal vez seguirá en el futuro solo gracias a algunas grandes empresas con medios capaces de contrarrestar los efectos de la crisis climática. Sin embargo, hay más que pesimismo. A pesar de las crecientes dificultades, muchos pequeños productores ven la agricultura como un modo de vida cada vez más relevante e inspirador en estos tiempos de crisis. Para ellos, seguir con esta actividad significa aprender de nuevo cómo leer la naturaleza y el lugar mismo de los seres humanos en un mundo cada vez más frágil. A la vez, reducir la producción es esencial para estar preparados frente a nuevos e impredecibles obstáculos.

Puede ser que haya un poco de derrotismo en plantear la idea de que adaptarnos a la nueva crisis climática e hidráulica significa aprender a vivir con ella. Sin embargo, la enseñanza tras esta posibilidad puede ser inspiradora. Reconocer que esta crisis requiere no solo nuevas soluciones, sino nuevas maneras de vivirlas, nos invita a considerar la importancia de preguntarnos cómo podemos encontrar nuestros lugares en un mundo en crisis, a pesar de las desigualdades que enmarcan nuestras búsquedas. Intentar abandonar una cierta arrogancia en planificar el futuro a toda costa puede ayudarnos a ser más atentos hacia un presente precario y sorpresivo. Aprender a vivir con esta crisis también nos puede brindar la oportunidad de pensar nuevas políticas de adaptación que no sean simples mecanismos para nuevas inversiones destinadas a replicar los errores de los pasados y efímeros booms agrícolas, sino estrategias válidas para asegurar la continuidad de la pequeña agricultura. No estamos simplemente destinados a vivir una crisis que ya es normal, sino a aprender de ella para poder reimaginar el presente.


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