Un nuevo delincuente juvenil se abre paso en las calles chilenas. No se crio en la pobreza ni se socializó en la calle. Sus padres pueden ser profesionales, su droga preferida es el tusi y su aparición se asocia con nuevos códigos de conducta y maneras de delinquir. Por ejemplo, roba y vende porque tiene espíritu emprendedor; y expone sus tours delictuales en las redes sociales. Se lo conoce como el “anti-choro” y es parte de una generación de jóvenes frustrados, ansiosos y con problemas emocionales severos.
Desde hace unos años Chile se ha obsesionado con el crimen organizado y el “narco”. Pero mientras fenómenos más visibles y espectaculares como la llegada del Tren de Aragua, de los Trinitarios o del PCC nos ponen en alerta, otros aspectos como la infiltración progresiva de la institucionalidad política, la cooptación de fuerzas de orden y la pérdida de centralidad del Estado y los mercados formales en la vida cotidiana de los jóvenes causan menos impacto en la discusión pública.
En esta serie de columnas haremos foco en otros fenómenos hasta ahora ausentes en el debate sobre la seguridad pública y que son relevantes para entender lo que enfrentamos como sociedad. Los hallazgos que describiremos se basan en un conjunto de entrevistas realizadas con jóvenes y educadores de Chile, en el contexto de una investigación comparativa con foco en el Cono Sur. A lo largo de estos textos reproduciremos algunas citas textuales de este trabajo de campo, aunque sin identificadores, para proteger la confidencialidad e integridad de nuestras fuentes. Estos fenómenos se originan en la intersección de tres vectores que están transformando, desde abajo, a la sociedad chilena contemporánea: la expansión de múltiples mercados ilegales, la creciente disrupción tecnológica apalancada por las redes sociales (y, cada vez más, por la inteligencia artificial), y la transformación de las culturas juveniles. Los tres vectores, como expondremos en esta serie, se potencian.
“Los educadores nos hablan, casi con desesperación, de una generación de jóvenes frustrados, ansiosos, con problemas emocionales severos. Los colegios se han vuelto espacios en que no se va a aprender, sino a emprender (ya no son espacios de enseñanza, sino espacios de socialización que abren oportunidades para hacer negocios)”.
En esta primera columna abordamos la figura del “anti-choro”, un delincuente juvenil no tradicional. El joven “choro” que empieza su carrera delictual en la calle desde temprano ha existido siempre. Para el caso chileno la literatura lo ilustra bien en libros como El río, de Gómez Morel, o Hijo de ladrón, de Rojas. En estos casos los protagonistas son el abandono, las instituciones de paso y la calle (o el río) como refugio. Las carencias de todo tipo llevan a iniciarse en el robo precoz, para desarrollar luego carreras delictuales en grupos que reconocen sus hazañas y glorifican su pertenencia.
Pero en Chile, y no solo aquí, ha emergido “una nueva figura delictual, de mucha más estabilidad económica”, nos cuenta un profesional que trabaja hace años con jóvenes que están fuera del sistema escolar. En el ambiente se lo conoce como el “anti-choro”. Este tipo nuevo de “joven delictual” no tiene, como lo tenía un “choro” o el hijo de ladrón antiguo, un historial familiar con que iniciarse en ese mundo. El que se socializó en la calle “respeta la figura del choro antiguo”, pero el anti-choro no conoce esa historia, “y no tiene por qué conocerla tampoco, porque nunca ha pertenecido a ese mundo”. En jerga, el anti-choro no viene “de menor”, como quienes se inician de niños y, al pasar a ser “de mayor”, los pares reconocen en él la típica transición de una niñez pautada por el paso por diversos centros juveniles en que se socializa un choro tradicional. El anti-choro entra al mundo delictual “de mayor”.
Los padres y madres de los anti-choros trabajan, a veces son profesionales, algunos cuentan con buenos empleos. El anti-choro no tiene, en general, necesidades materiales. No roba para comer ni enfrenta necesidades básicas en cuanto a vestimenta, educación o salud. Al igual que otros jóvenes de su edad, los anti-choros buscan validación en los espacios de pares, no en sus casas; sin embargo, ese espacio de pares está mediado hoy por la centralidad de las plataformas digitales. En ellas, el estatus se consigue con las marcas de lujo que uno logra ostentar, en un contexto en que el consumo y un fuerte individualismo forjan la identidad de cada uno. El ascenso del anti-choro está generando (y al mismo tiempo es producto de) nuevos códigos de conducta y nuevas maneras de delinquir. Según uno de los educadores que entrevistamos, se roba “para ser parte de algo, pero algo que está globalmente vendible, en redes sociales”.
“Nuestros niños y niñas están buscando distintas formas de ser millonarios mediante emprendimientos ilegales, informales y en redes sociales. Lo hacen desde mucho antes de conocer a una organización criminal como las que atemorizan a sus padres”.
No roban, entonces, por necesidad, sino para pertenecer a ese nuevo estatus de redes sociales. La plata que ganan por robar un auto la gastan en nuevas zapatillas, y suben un post con las nuevas adquisiciones. Otro auto robado sirve para “subirlo a redes sociales, vacilarlo, y dejarlo tirado ahí”, como señala otro entrevistado. A veces van de a cuatro, para volver al barrio cada uno manejando un auto robado. “La técnica es: dejarlo en la calle durante un día aproximadamente, para ver si el auto tenía GPS o alguna herramienta de rastreo. Si no lo reclaman o encuentran, ahí se lo llevan [para venderlo]. Al día siguiente llegan con zapatillas nuevas y ropa de marca”. Tarde o temprano, el impulso por consumir llega antes que la plata y le terminan debiendo algún favor a alguien, con el que quedan “enganchados” a una estructura criminal de la que ya es más difícil salir. Según relata el encargado de un programa de reinserción educativa:
Llegan los chicos con sus motos y las muestran a las muchachas. Y a las chicas les gustan mucho. [El prestamismo] se da harto en extranjeros, se da lo de prestar cierta cantidad y ‘me devuelves a fin de mes, y cada vez que te retrases vas a perder una parte de tu cuerpo’. ‘Cuidado que puedes perder un dedo, puedes perder un ojo’. […] Tenemos el caso de un chico que no quiere venir al colegio porque no puede pagar su deuda, y le dijeron ‘donde te vemos, te mato’. […] El perfil de quienes piden prestado no es porque quiere ayudar a la abuelita, o no puede llegar a fin de mes; es el que quiere comprarse algo de marca, que hay mucho, mucha marca. Antes era raro, ahora es la tendencia. En hombres la marca y en mujeres el maquillaje. El que hace uso de préstamo lo hace por razones más superfluas, un polerón, un jockey… no para ayudar en la casa. […] El que ingresa, ya es difícil que se pueda salir.
A diferencia de los ladrones profesionales, el anti-choro expone sus tours delictuales en redes sociales de forma constante. Es así como muchos terminan siendo detectados por la PDI. Mientras la suerte les dura, lo muestran todo. Cuando caen, usualmente terminan mal. Si mueren luego de haberse hecho de una identidad respetada por su grupo, tal vez puedan aspirar a un “narcofuneral” (los que hoy se realizan, también, en formato online). Mientras tanto, quienes sobreviven pueden pasar rápidamente de ser “perro” a ser “perkin”; es decir, de ser un soldado que recibe dinero fijo por parte de un líder de una organización a protagonizar videos virales en el rol de “perkin”, en los cada vez más populares feeds “tumberos” en que los internos se exhiben con billetes, aparatos tecnológicos de última generación, armas, etc.
Antes del desenlace fatal, o infernal, el anti-choro es un niño que adquiere teléfonos caros, mientras se pasea por el barrio y las redes sociales con billetes en el bolsillo y zapatillas nuevas. Las marcas que hoy otorgan estatus no son ya Nike o Adidas, sino Gucci o Louis Vuitton. Portando esos bienes logran “ser flaites, y eso es ese algo”, nos cuenta un entrevistado. Ese algo también tiene que ver con el consumo de sustancias. Ya no consumen marihuana, y menos alcohol; consumen tusi, ketamina, y en grandes cantidades, desde los doce o trece años. “A veces los niños simulan tener droga […] Juegan a traficar […], y cada día hay al menos tres niños esperando a ser ingresados para ser desintoxicados”, como muestra un reportaje de hace un año en La Tercera. A los dieciséis, algunos ya sufren de pancreatitis, y muchos problemas emocionales. Son también más violentos, más valientes y tienen más acceso a armas.
“La adicción a las apuestas es un fenómeno transversal a la juventud chilena. En una entrevista que realizamos en un colegio de elite un educador nos cuenta: ‘no te imaginas cuánto reciben de mesada… pueden ser fácilmente 500 o 600 lucas’, por lo que pueden hacer apuestas de 100 mil pesos sin ningún problema”
Las zapatillas, las armas y la cocaína rosada van acompañadas de la tecnología y de maneras de ostentar lo que se tiene. “La nueva figura delictual es la que adquiere a la chiquilla más guapa, la mejor casa, el auto de alta gama. Y ellos hoy atraen a niñitas del barrio alto que vienen a buscarlos a la población”. Como nos cuenta un profesor, a ellos les preguntan “¿y usted cuánto gana?”, y ante la respuesta se burlan: “Ch, eso yo me lo hago en dos días”. Si la figura delictual antigua respetaba y protegía al educador, ahora le sacan en cara su viveza: “yo me robo cinco celulares en una semana y gano más que usted po’ profe”.
También les gusta mucho vender en redes sociales. El anti-choro es un choro vendedor, un choro emprendedor, uno que tiene grandes aspiraciones. La ropa robada la venden por TikTok, o alguna otra plataforma, y se validan vendiendo en las redes. “El discurso es ese, delinquir y vender. La figura del comerciante”. El sueño es tener Lamborghini, BMW, viajar a Europa. Prefieren esa vida, aunque el horizonte sea corto y la cárcel o un ajuste de cuentas entre grupos rivales no estén muy lejos. Además, idealizan la cárcel: “Incluso como que les gustaría vivir la experiencia [de caer preso]”. Es parte del proceso para ganar estatus; lo ven como algo positivo para su carrera delictual.
Más allá de vender y conseguir esos lujos, no tienen ninguna otra aspiración. Otra de nuestras fuentes los describe como “negacionistas”, en tanto no creen en el relato de la educación como palanca de movilidad social ascendente: “Son negacionistas, ‘pa’ qué… si estudiar es de giles’. […] Es raro, no sé… igual tienen razón. Al final, las aspiraciones profesionales…”. Tras dudar, el educador terminaría coincidiendo con la percepción de los jóvenes.
Esas aspiraciones profesionales, que en muchos casos intentaron inculcarles sus familias, son reemplazadas por actividades a la mano, en los celulares. Consideran plataformas como Uber o Rappi, o la venta de contenido en redes sociales, maneras mucho más efectivas para ganar plata. Los y las influencers, en ese sentido, son el modelo a seguir, y Naya Fácil se ve como un ejemplo de alguien “que fue pobre y ahora es rica”. Ya no quieren ser futbolistas, nos dicen, sino que quieren ser influencers. Esas figuras venden “una imagen de seguidores, de plata… los chicos ven que ellos no pueden, y se frustran, [aparece la] rabia con su entorno […] Figuras como El Tío René, que son de acá mismo del territorio […] con mujeres guapas, prostitutas, que hacen videos pornográficos, y están ahí po’, en la red, y es súper fácil conseguirlo”. Viven soñando “que la van a hacer”, siempre están buscando alguna alternativa de hacer plata; pero ahí viene el tema de la frustración, y comienzan “los problemas de salud mental, se decaen, no quieren participar, no sienten rumbos en la vida”.
Una de las formas más comunes para conseguir “emprender” es apostar o invertir en criptomonedas (otra forma de apuesta). Para eso, piden prestado al compañero con recursos (usualmente alguien vinculado a una red criminal familiar o a un piño de barristas de fútbol), generando también así una relación de dependencia.
La adicción a las apuestas es un fenómeno transversal a la juventud chilena y aparece, centralmente, en una serie de entrevistas que también realizamos en colegios de elite, con el objetivo de calibrar el alcance de estos nuevos fenómenos en el sector ABC1. Sin embargo, si en algunas comunas la manera de comenzar a apostar es con préstamo y deuda, en otras es con la mesada. En estos colegios, otro educador nos cuenta: “no te imaginas cuánto reciben de mesada, pueden ser fácilmente 500 o 600 lucas”. Así, estos apostadores lo hacen de a 100 mil pesos, sin ningún problema. En cuanto a las apuestas, los medios son parecidos, pero los fines lo son aún más: hacer plata, cuanto antes, evitando la pérdida de tiempo que ven en el camino tradicional.
Aunque unos y otros se aproximan de diferente manera a los referentes de las redes sociales, los espacios virtuales han comenzado a romper la tradicional segregación socioeconómica y territorial. En sectores opuestos hoy se miran con admiración las mismas actividades y figuras. Los jóvenes sueñan con la vida de influencers como “El Tío René”, un hombre mayor que se viralizó en redes al ser grabado y difundido por sus amigos mientras habla notoriamente drogado, mostrando lujos, con mujeres y fiestas apoteósicas. Los del barrio alto, además, contratan a este influencer para que anime sus cumpleaños y eventos de fin de semana, tornando la vulnerabilidad y el vicio en un espectáculo recreativo. Mientras tanto, las mujeres del barrio alto, nos dicen, aspiran a tener parejas “choros”. “A las mujeres del sector oriente les gustan los cabros de acá. El intercambio es: le mando foto con pistola, y ella me manda pack [fotos eróticas desnuda]”.
La segregación que las redes sociales no han logrado romper es la de las consecuencias, cuyo efecto es bien diferente para jóvenes de distintos estratos sociales. A ese nivel, se mantiene la tradicional desigualdad de qué y a quién se persigue y se percibe como delincuente (por ejemplo, nuestras cárceles están repletas de madres y abuelas que microtrafican como último recurso, al tiempo que quienes lavan miles de millones de pesos en la economía local no son perseguidos).
En nuestro caso, mientras unos tienen una gran mesada para apostar y “emprender”, otros solo pueden recurrir al reclutador que ofrece todo lo que a un niño abandonado le falta. Mientras los jóvenes de clase alta tienen acceso a transformar el capital generado en actividades ilegales o informales en emprendimientos formales (ver investigación sobre “narcozorrones”) sin temor a la persecución penal, los pobres terminan entrampados en una organización criminal, institucionalizados o bajo tierra.
Sin embargo, aunque los desenlaces son diferentes, los motivos de la búsqueda que hoy empuja a los jóvenes chilenos hacia el emprendedurismo (a veces ilegal, otras muchas informal) de plataformas son similares. Para comprender esos motivos hay que poner el foco en fenómenos estructurales que van mucho más allá de la consabida “crisis de la educación”. Los educadores nos hablan, casi con desesperación, de una generación de jóvenes frustrados, ansiosos, con problemas emocionales severos. Los colegios se han vuelto espacios en que no se va a aprender, sino a emprender (ya no son espacios de enseñanza, sino espacios de socialización que abren oportunidades para hacer negocios).
Nuestros niños y niñas están buscando distintas formas de ser millonarios mediante emprendimientos ilegales, informales y en redes sociales. Lo hacen desde mucho antes de conocer a una organización criminal como las que atemorizan a sus padres.
“Lo que subyace en unos y otros es la sensación de que estudiar y trabajar ya no deriva en una vida que merezca la pena ser vivida”
Podría pensarse que el anti-choro es la expresión más extrema de un fenómeno bastante más extendido, del que hoy se habla en buena parte de Europa y de América Latina. Se trata de jóvenes de sectores medios precarizados, muchos de ellos de origen popular, que hasta hace una década apostaban a ascender y que hoy constatan que el trabajo estable y los títulos universitarios ya no parecen garantizar una vida digna. Para esos jóvenes, las vías legales de integración y movilidad social se han ido estrechando, mientras que la transformación tecnológica multiplica las aspiraciones al tiempo que diversifica y facilita el acceso a vías alternativas en los mercados ilegales e informales.
Desde esta nueva cultura juvenil, los padres son “perkins” que los abandonan buena parte del día para obtener un salario que ellos multiplicarían generosamente mediante unas pocas transacciones online. Esto ayuda a entender por qué hoy entran al mundo delictual los anti-choros, hijos de padres que apostaron en el pasado a la movilidad social mediante el logro educativo y el esfuerzo.
No obstante, la precarización de las clases medias no lo explica todo. Según los educadores de colegios de elite que entrevistamos, sus estudiantes tampoco ven sentido en el camino tradicional, aunque no enfrentan ninguna de esas restricciones. Lo que subyace en unos y otros es la sensación de que estudiar y trabajar ya no deriva en una vida que merezca la pena ser vivida.
Mientras tanto, como el borracho que busca las llaves donde hay luz y no donde se le cayeron, los mayores tendemos a sublimar lo que no queremos ver, recurriendo a las figuras atemorizantes del “narco” y del “crimen organizado transnacional”. También pensamos que la crisis educativa es meramente un problema de oferta (por ejemplo, la calidad de los colegios o del currículum escolar) y que se encuentra concentrada, como el “narco”, en los sectores pobres. Aunque nos preocupan sus otras facetas problemáticas, también tendemos a ignorar el rol de las redes sociales y, crecientemente, de la inteligencia artificial en multiplicar las oportunidades para desarrollar emprendimientos ilegales e informales, con los que nuestros hijos aspiran a satisfacer las ansias de consumo que las propias redes difunden y estimulan. Aunque no tenemos soluciones que ofrecer a los desafíos que intentaremos describir en esta serie, esperamos sí contribuir a afinar la mirada sobre una realidad que, sentimos, nos está estallando en la cara (aunque esta vez el estallido suceda puertas adentro y en sordina).



Juan Pablo Luna
Pedro Carvallo
Muy bien trabajo, saludos
Muy bueno, aunque terrible. ¿Qué podemos hacer?
IQue respiro leer artículos tan buenos