Las derechas extremas que hoy triunfan comparten un nacionalismo estrecho y excluyente. Esta columna propone como antídoto el despliegue de un nacionalismo cívico e integrador que refuerce y sea reforzado por las instituciones de la democracia liberal. La nación, escribe el autor, “es un bien demasiado valioso e importante para regalárselo a los etno-nacionalistas.”

