Por qué la política monetaria no controlará la inflación. Examinando las «causas estructurales»

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El costo de la vida está aumentando constantemente debido al incremento en los precios mundiales del trigo, petróleo y aceite. Chile importa estos productos, por lo que estos cambios afectan fuertemente la economía de país. A ello se suma el transporte: trasladar mercancías es mucho más caro que hace dos años. Todo ello genera inflación. Pero se trata de una inflación que no se controla exclusivamente subiendo las tasas de interés, como han propiciado los Bancos Centrales alrededor del mundo. Al revés, ese “endurecimiento monetario” tiende a “empeorar las condiciones” de hogares y empresas, sostiene esta columna. ¿Qué hacer? Primero, los economistas tienen que dejar de usar una herramienta que causa daño y no sirve para combatir los “aspectos estructurales” de la inflación. Segundo, tanto los gobiernos como los bancos centrales deben poner en marcha nuevas políticas, de corto y largo plazo. Entre ellas, control de precios estratégicos, préstamos para fomentar la producción interna, aumentar la inversión en transporte y distribución de alimentos; y aumentar la regulación a los mercados financieros, los cuales han transformado al sector alimentario en una fuente de nuevos negocios que también influyen en la oscilación de los precios, sugiere esta columna.


Como consecuencia de la pandemia, se han ejecutado diversas políticas económicas y sociales a nivel mundial, algunas sin precedentes y relativamente inesperadas: apoyos a la renta universal, trabajo a distancia, condonación de la deuda soberana y de otros tipos, así como ampliación de las ayudas para el cuidado de los niños, por nombrar sólo algunas. Incluso las instituciones más conservadoras, los bancos centrales, se mostraron mucho más cautelosas con las presiones inflacionarias que en el pasado, permitiendo que sus economías se “sobrecalentaran” en apoyo al gasto de los hogares y el sostenimiento del empleo. Recién luego de dos años del comienzo de la pandemia, algunos de los principales bancos centrales empezaron a discutir la reversión de su política de expansión monetaria.

Sin embargo, los bancos centrales de muchos países en desarrollo no pudieron permitirse ese lujo. Para este tipo de economías resultó imposible bajar las tasas de interés tanto como hubieran querido para mitigar el colapso de la demanda causado por la pandemia y, dados los mandatos de “objetivos de inflación”, sus bancos centrales tuvieron que subir las tasas de interés mucho antes que sus homólogos de los países más ricos. El Banco Central do Brasil, por ejemplo, incrementó su tasa de interés de referencia de 2% en 7 veces desde enero de 2021, llegando hasta el 9,25%. El Banco de la Reserva de Sudáfrica subió su tasa de referencia en 25 puntos base en noviembre de 2021 a pesar de la «escasa presión de la demanda» ya identificada. Se espera que el Banco de la Reserva de la India mantenga estable su tasa de referencia, a pesar de que las tasas de desempleo son las más altas de los últimos 45 años. Asimismo, es probable que los bancos centrales de Nigeria, Ghana, Kenia, Egipto, Zambia, Angola y Mozambique mantengan estables sus tasas de política monetaria. En paralelo, se espera que el Banco Central de Rusia aumente su tasa de referencia en 100 puntos base.

CUANDO TODO LO QUE TIENES ES UN MARTILLO

En cierto sentido, las respuestas de los bancos centrales de los países en desarrollo son coherentes con la sabiduría política ortodoxa: cuando la inflación sube, también deberían hacerlo las tasas de interés para “enfriar” la economía. Sin embargo, la pandemia y sus efectos recesivos están lejos de haber terminado, y el apoyo fiscal ha sido mucho menor en los países en desarrollo que en el mundo industrializado de los países más ricos. Entonces, ¿de dónde provienen las presiones inflacionarias que estamos observando? En la mayoría de los países en desarrollo sabemos que ello se debe en gran proporción al aumento mundial de los precios de los alimentos y la energía, como también a los cuellos de botella que enfrentan las cadenas de suministro que conectan el nivel nacional con el global. Esto no es sorprendente: desde hace tiempo se sabe que gran parte de la inflación en estas economías es estructural. Es decir, es resultado de problemas de base tales como cuellos de botella en las cadenas de suministro que conectan a cada país con la economía mundial,[1] infraestructuras públicas insuficientes (como vías de transporte eficientes) y mercados escasamente desarrollados. Ello se agrava en contextos como el actual, donde las malas cosechas, los ciclos mundiales de alza en el valor de los commodities, así como los movimientos del tipo de cambio han provocado aumento de precios debido a restricciones en la oferta productiva; dicho de otro modo, se trata de un aumento de los precios no relacionado con las condiciones de la demanda. [2]

“Debería haber tantas herramientas para enfrentar la inflación como fuentes de la misma”

La idea de que existen diversas fuentes de inflación -algunas de las cuales no están relacionadas con las presiones que puede ejercer el consumo o la demanda- se reconoce cada vez más en el discurso en torno a la política monetaria en las naciones industrializadas avanzadas. Especialmente en el caso de Estados Unidos, muchos han argumentado que la inflación está impulsada principalmente por la escasez de bienes clave, como los semiconductores[3] y el colapso de ciertas cadenas de suministro. Ello se agrava por el deterioro de la infraestructura, especialmente para el movimiento y transporte de mercancías. De hecho, el Presidente Biden ha afirmado que sólo una mayor inversión pública va a aliviar las presiones inflacionarias.

LAS DISTINTAS CAUSAS DE LA INFLACIÓN

En términos generales, la inflación puede ser resultado de distintos factores: un exceso de demanda en relación con la producción total de la economía; un aumento repentino de los precios de los productos básicos clave; o de las variaciones del tipo de cambio, especialmente si una economía importa una gran parte de los productos básicos con los que funciona, como los alimentos y la energía. Considerando esta diversidad, debería haber tantas herramientas para enfrentar la inflación como fuentes de la misma. Encarecer el crédito para los bancos y el sistema financiero en general no va a resolver los problemas de las cadenas de suministro, ni revertir las pérdidas de cosechas, ni reducir el precio de la energía cuando ésta se importa en gran medida. Es absurdo, pues, que siga existiendo el consenso de que sólo debe utilizarse un tipo de política (la monetaria) para controlar la inflación. Como orientación genérica, la regla de Tinbergen para la política económica dice que los responsables políticos deben tener tantas herramientas a su alcance como objetivos políticos independientes. De lo contrario, una palanca utilizada para lograr un objetivo podría alejarnos de otro. Por lo tanto, aunque el aumento de las tasas de interés y el “endurecimiento cuantitativo” aliviarían las presiones de demanda derivadas del estímulo fiscal dado a las economías durante la pandemia de COVID-19, también encarecerían las inversiones en infraestructuras, puertos y cadenas de suministro.

“Encarecer el crédito para los bancos y el sistema financiero en general no va a resolver los problemas de las cadenas de suministro, ni revertir las pérdidas de cosechas, ni reducir el precio de la energía”

Especialmente en los países en desarrollo, la inflación tiene una importante causa estructural, como ya se dijo. Aunque los economistas son muy conscientes de ello (considérense, por ejemplo, los recientes estudios sobre la inflación en Etiopía, en los países africanos en general y en la India), no parecen considerar como adecuadas otras políticas distintas de la monetaria para responder a la inflación. La opinión generalizada es que los bancos centrales en estos países deben ser «independientes», tener como objetivo único el control de la inflación y responder mediante políticas monetarias ante las subidas de la inflación subyacente (el índice de precios que no incluye los precios volátiles de productos básicos como los alimentos y la energía). Sin embargo, este consenso está cambiando: algunos economistas comienzan a plantear que, dado que los alimentos representan una gran parte de las cestas de consumo, los bancos centrales deberían responder a la inflación general (y no sólo a la subyacente). Este argumento se ha visto reforzado por periodos relativamente más largos (y no sólo transitorios) de aumento en el precio de los alimentos. Además, incluso si los bancos centrales respondieran a la inflación de los precios de los alimentos con un endurecimiento monetario, éste sólo reducirá los impactos de «segunda ronda» de la inflación por precios de los alimentos[4].

De hecho, si la inflación es en gran parte resultado de un aumento de los precios de los alimentos, y las políticas de los bancos centrales tienen poco efecto sobre tal variable, la aplicación de este tipo de políticas puede terminar perjudicando la credibilidad de un banco central que se fije objetivos de inflación estrechos. Además, utilizar la misma herramienta -la contracción monetaria-, para luchar contra la inflación causada por un aumento en los precios de los alimentos puede ser contraproducente: la inflación de estos productos ya está presionando los presupuestos de los hogares y las empresas, y un endurecimiento monetario no hará más que empeorar sus condiciones materiales.

¿CÓMO CONSTRUIR UNA ALTERNATIVA? AMPLIAR LA CAJA DE HERRAMIENTAS

La inversión en cambios estructurales es lo que puede aliviar estas presiones. Resulta por lo menos sorprendente, pues, que las inversiones públicas de envergadura en infraestructuras agrícolas no formen parte del discurso sobre la inflación. La construcción de sistemas de riego e infraestructuras de almacenamiento deberían figurar entre las estrategias para reducir la inflación estructural a largo plazo, al igual que la inversión en carreteras, líneas ferroviarias de carga y una cadena de frío fiable y sustantiva, entre otras cosas. Normalmente, cualquier inversión pública se evalúa en términos de costes y beneficios definidos de manera muy estrecha, principalmente desde el punto de vista del balance a corto plazo de las finanzas públicas: ¿va a generar la inversión pública suficientes retornos para el gobierno de modo que no sea un esfuerzo deficitario?  A la  luz de lo argumentado, deberíamos preguntarnos si un criterio de este tipo es suficiente.

“Es absurdo que siga existiendo el consenso de que sólo debe utilizarse un tipo de política (la monetaria) para controlar la inflación”

Especialmente a la luz de las importantes restricciones fiscales a las que se enfrentan los gobiernos de los países en desarrollo y el continuo asesoramiento de las instituciones internacionales en torno a la vuelta a la austeridad fiscal, no parece que haya un especial enfoque en reducir las presiones inflacionarias estructurales a largo plazo. Por otro lado, los acuerdos comerciales que hacen que una economía sea más dependiente de la importación de alimentos o energía también deberían re-evaluarse. Las inversiones nacionales en energía sostenible que reduzcan el precio de ésta a largo plazo y aumenten su estabilidad también deberían considerarse. A corto plazo, los gobiernos deberían estar abiertos a utilizar controles de precios estratégicos e implementar programas de subsidio para alimentos. Los bancos centrales también pueden desempeñar un papel mediante políticas crediticias específicas para fomentar los préstamos y la inversión en infraestructuras que puedan aliviar las presiones inflacionarias a largo plazo. Asimismo, como parte de herramientas más amplias para el control de la inflación, se debería hacer un esfuerzo por aumentar la regulación en los mercados financieros: específicamente sobre el intercambio de contratos de futuros y mercados a futuro sobre productos alimentarios, para así evitar grandes oscilaciones en los precios de los alimentos.

“A corto plazo, los gobiernos deberían estar abiertos a utilizar controles de precios estratégicos e implementar programas de subsidio para alimentos”

Aunque la doctrina monetarista de Milton Friedman, según la cual la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario, ha sido ampliamente desacreditada, el enfoque político global dominante sobre la inflación parece seguir basándose en esa noción. Responder a la inflación se ha convertido en el ámbito exclusivo de los Bancos Centrales a través de la política monetaria. Y según este tipo de pensamiento, no hay nada más que un gobierno pueda o deba hacer que mantener un presupuesto equilibrado y dejar que el Banco Central haga su trabajo sin interferencias. Esta es una visión demasiado estrecha y debe ser descartada. Una política monetaria no puede por sí sola gestionar la inflación ni mejorar la credibilidad de los Bancos Centrales para hacerlo. Se requiere algo más.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Piénsese, por ejemplo, en la crisis mundial que atravesó la industria naviera, con la paralización de puertos por la pandemia, y el consiguiente encarecimiento del precio del transporte por cada unidad de contenedor (nota de la traducción).

[2] El caso de Chile es paradigmático. La mayoría de los productos consumidos por los hogares y las industrias son importados. En ese sentido, el impacto en términos del costo de la vida de subidas de precios de productos básicos como el petróleo (hemos visto cómo ha aumentado el valor de la bencina y la parafina), el trigo (con el consecuente impacto en el precio de la harina y del pan) y el aceite (insumo fundamental para la industria alimentaria), es considerable para la vida cotidiana (nota de la traducción).

[3] Coloquialmente se habla de semiconductores (materiales que permiten un control fino de los flujos eléctricos, habilitándolos o impidiéndolos) cuando se habla de componentes fundamentales para la construcción de “chips” computacionales. Materiales como el silicio son un buen ejemplo. Desde hace algunos años se arrastra una escasez en la oferta de “chips”, que se vio acentuada por los quiebres productivos que produjo la pandemia: ello provoca un efecto en cadena. De ahí la escasez y encarecimiento de cualquier producto que incorpore chips o microprocesadores: automóviles, computadores, electrodomésticos, entre otros (nota de la traducción).

[4] Se usa la idea de una segunda ronda pues hay un efecto de “primera ronda” que es el encarecimiento de la producción y traslado de mercancías, que no es abordado por la política económica de corte monetarista. Restringir la capacidad de consumo no aborda las causas primarias del fenómeno, y tiende más bien a contener sus efectos (nota de la traducción).

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