Cincuentonas en fila para entrar al baño

“Salí un poco antes de que los premiados terminaran de tomarse la foto oficial y usé todo lo que he aprendido sobre periodismo de investigación para identificar en el plazo más breve y sin desvíos el lugar en que se encontraban los baños”, escribe Alejandra Matus en este post personal a propósito de su participación en el Festival Gabo de periodismo latinoamericano.

Gabriel García Márquez espió a Bill Clinton por una puerta entreabierta y así obtuvo respuesta a una pregunta que le atormentaba desde hacía momentos antes: ¿Por qué el Presidente del país más poderoso del mundo podía hablar ininterrumpidamente, sin probar bocado, mientras sus contertulios en aquella cena lo oían comiendo sin vergüenza, para satisfacer una necesidad tan básica? García Márquez vio que Clinton engullía un pedazo de pan escondido en la cocina y entendió algunas cosas sobre el poder. La anécdota la contó el periodista y escritor mexicano Juan Villoro, al aceptar el Reconocimiento a la Excelencia, que le otorgó la Fundación Gabo, con una charla magistral titulada “las formas del fuego”.

La ceremonia partió con la presentación de los trabajos galardonados este año con el premio que otorga la Fundación Gabo en diferentes categorías y que a todos nos dejaron boquiabiertos -lo supongo, por cierto, pero es una suposición razonable que usted juzgar por sí mismo visitando esta página: ganadores premio gabo 2022-.

Por supuesto, la charla de lujo de Villoro trató de asuntos mucho más trascendentes que éste (y pueden verla aquí), pero para mí la anécdota sobre la necesidad de comer se me conectó mentalmente con la necesidad de orinar. Llevábamos ya dos horas sentadas allí -me refiero a las mujeres presentes- sin siquiera una pausa como la que hacen las obras de teatro para levantarse. La ceremonia y su contenido eran cautivantes y no había nada de qué aburrirse, pero hay necesidades que se apoderan de los pensamientos cuando se ven insatisfechas.

Salí un poco antes de que los premiados terminaran de tomarse la foto oficial y usé todo lo que he aprendido sobre periodismo de investigación para identificar en el plazo más breve y sin desvíos el lugar en que se encontraban los baños. Mi pequeño logro fue opacado de inmediato por la fila que ya se había formado para entrar a los “servicios”, como les decimos en Chile. A las cuatro o cinco que esperábamos se nos hizo evidente que no había fila en el baño de los hombres, que ellos entraban y salían con bastante fluidez. Y entonces ocurrió el siguiente conversatorio entre las cincuentonas que esperábamos juntas nuestro turno.

-Ya sería hora de que los edificios reconozcan que se necesitan más baños para mujeres que para hombres -, dijo una.

-Es que deberían estar pensados así ya desde el diseño arquitectónico-, replicó otra.

-Y en razón de 1 es a 2 o a 3-, expuse yo, como si el argumento lo hubiera tomado de algún estudio y no de la experiencia personal.

-Es que nosotras nos tardamos más, porque tenemos que quitarnos más ropa-, reflexionó la mujer que estaba enfrente mío y con quien ya, en ese breve intercambio de opiniones, nos habíamos hecho mejores amigas.

-Y porque nosotras nos lavamos las manos-, dije yo y otra apoyó comentando: -hay algunos que solo se lo sacuden- y la carcajada consecuente dio por cerrado el conversatorio.

Mientras pasaba por el mesón de venta de libros por un par de textos escogidos al azar de Villoro -su charla motivó mi curiosidad lectora-, pensaba en las veces que el tema sobre los baños de mujeres ha aparecido en mis escritos. En El Libro negro de la justicia chilena mencioné, como ejemplo de cuan retrógrado era el poder judicial en mi país, que el edificio de la Corte Suprema no tenía baño de mujeres a comienzos de los 90, cuando yo reporteaba tribunales.

En la carpa central del recinto donde se desarrolla el Festival Gabo, encontré una mesa vacía con una sola silla, donde me senté café en mano, con el firme propósito de ojear uno de los libros de Villoro, pero me quedé atascada en la entrevista imaginaria a Kim Kardashian que hizo Laura Galindo (usando afirmaciones reales, que recopiló en distintos medios) y que forma parte de otro libro que tenía en la cartera: Periodismo cool.

Mi amiga del baño apareció sorpresivamente buscando mesa en ese mismo rincón y, sin más, tomó una silla disponible en otra mesa y se sentó a conversar. Así supe que se llamaba Gilma Úsuga, que era periodista y que si bien trabaja en comunicaciones corporativas, escribe crónicas de cuando en vez y que es algo que enorgullece a su hijo antropólogo.

Seguimos hablando del tema de los baños por un rato -le conté que, por ejemplo, en la universidad en la que trabajo hubo un período en donde tener la llave de acceso a un baño unipersonal era un indicador de jerarquía para las académicas y funcionarias de nuestro piso – y a propósito de periodismo cool, constatamos que ambas discrepábamos un tantito -un tantito no más, no offense– del maestro Villoro, quien en una viñeta de su charla criticó a los periodistas ególatras -“selfies”, los llamó-, quienes no entienden que se escribe sobre los otros y no sobre sí mismos.

Ay sí, cómo no. Acaso no hay periodistas/escritores que han usado sus humildes textos para ligar, comentamos. A través de la exploración de las experiencias personales también se llega a la universalidad, dije, sino pregúntenle a Annie Ernaux, quien acaba de ganar el Premio Nobel de Literatura con una obra fundamentalmente autobiográfica.

En fin, que tampoco es justo criticar al maestro sin que pueda defenderse y porque seguramente su propósito fue solo quejarse contra el exceso de frivolidad en las redes sociales. Además, sí reconoció el papel que han jugado las periodistas de su país en el ejercicio de la habilidad de escuchar más que de hablar. Y mal que mal, Gilma y yo tenemos que agradecerle que nos haya permitido observar que poner igual número de baños para hombres y mujeres no es suficiente para emparejar la cancha.

Crédito de la Foto: Gentileza @FestivalGabo

2 comentarios de “Cincuentonas en fila para entrar al baño

  1. Felipe dice:

    Baños mixtos es la tendencia (dato freak: en el Pentágono se hizo el doble de baños necesarios por la segregación racial, negros y blancos no podían «excretar» en el mismo lugar)

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