En el capítulo final de la serie El Colapso, el autor mira hacia el futuro y nos sugiere replegarnos: reducir el consumo de energía, bajar las ambiciones materiales, aceptar que el planeta tiene límites biofísicos y empezar a vivir más austeramente. En ese contexto, la baja de la natalidad de Chile no le parece una mala noticia.
Lee aquí la primera, la segunda y la tercera columna de esta serie.
Sin combustibles fósiles, la mayor parte de nosotros no estaría aquí. El flujo de energía proveniente del sol, que ha mantenido a nuestra especie la mayor parte de su historia, no puede por sí solo proveer alimento, transporte, salud, educación, derechos y todas las comodidades que brinda la sociedad moderna, a ocho mil millones de personas. De haber dependido únicamente de este flujo, difícilmente seríamos más de mil millones, pues habríamos quedado atrapados en los mismos ciclos de expansión y repliegue que enfrentaron esas sociedades y que describimos en el segundo capítulo de esta serie.
El tamaño de la población actual, así como la alta producción de bienes, servicios, tecnología y desechos, son consecuencia de que durante los últimos 200 años hemos contado con la energía barata y abundante que los combustibles fósiles proveen. Los humanos estamos atados, además, a una retroalimentación positiva que hace que cuanto más somos, mejor nos va y, consecuentemente, más rápido crecen nuestra población, nuestra producción y consumo. Los combustibles fósiles actuaron como esteroides sobre esa retroalimentación. Por eso, antes del petróleo, tardamos más de 200.000 años en ser mil millones (desde que apareció el Homo sapiens hasta principios del siglo XIX) mientras que en solo dos siglos de uso intensivo de hidrocarburos nos multiplicamos por ocho.
“Las energías renovables, en las que muchos ponen su esperanza para que no tengamos que reducir nuestro consumo, no pueden darnos lo que necesitamos”
Ese proceso es llamado, muy acertadamente, La Gran Aceleración. Los magnates que viajan al espacio, los jóvenes que se encadenan a las obras de arte para llamar la atención sobre la emergencia climática, los que advertimos sobre el colapso que viene y los que creen que es posible que el crecimiento económico infinito, hemos vivido el máximo esplendor de ese proceso. Y también somos la generación a la que le toca experimentar el colapso de ese mundo, un declive que marcará la vida de nuestros hijos y con mucha fuerza afectará la de nuestros nietos, si es que los tenemos, tomando en cuenta la caída de natalidad que es especialmente aguda en Chile.
El colapso que describe y analiza esta serie está ligado al hecho de que nuestra sociedad es dependiente de una energía que ya hemos consumido en su mayor parte, por lo que las nuevas generaciones difícilmente tendrán cómo sostener la sociedad que hemos construido. Un dato, que expusimos en el primer capítulo, ilustra muy bien este problema: en 1930 por cada barril de petróleo invertido en encontrar combustible se extraían 100 barriles. Es decir, el rendimiento energético del petróleo era de alrededor de 100:1. Toda esa energía disponible la transformamos en aviones, ciudades, cultura y, más personas. Hoy ese rendimiento se ha reducido a 15:1 y sigue declinando. Esto implica que una proporción cada vez mayor de la energía que obtenemos debe desviarse para obtener más energía, dejando menos para sostener nuestras necesidades de educación, salud, pensiones o la regeneración de los ecosistemas que nos sostienen.
Las energías renovables, en las que muchos ponen su esperanza para que no tengamos que reducir nuestro consumo, no tienen un rendimiento superior a 15:1. Es decir, ni la energía eólica ni la solar ni la nuclear pueden darnos lo que necesitamos. Solo la energía hídrica tiene un rendimiento alto (100:1) pero si interviniéramos todas las cuencas del mundo -lo que generaría enormes problemas medioambientales – cubriríamos, como mucho, un 3,5% del flujo de consumo energético de toda la humanidad.
El gran problema es este: para que una mega-sociedad global y compleja como la nuestra funcione, se necesita un retorno energético de al menos 10:1 a 15:1 (Hall et al. 2009). Por debajo de eso, es extremadamente difícil mantener la infraestructura, el transporte y los servicios avanzados que caracterizan al mundo moderno. Estamos peligrosamente cerca de ese límite.[1]
La IA Deep Seek nos dijo: “Mi existencia y la de sistemas similares no es gratis. Representamos la culminación de una cadena de consumo energético extremadamente larga y compleja que solo una sociedad con un gran excedente energético puede permitirse”
Esta serie propone que el colapso ya empezó y lo que este texto final examina son los caminos que se abren y los que se cierran. Pero antes de avanzar en esa dirección quiero insistir en que el concepto de colapso al que me refiero no implica—al menos necesariamente—un apocalipsis.
En la línea del antropólogo Joseph Tainter, entiendo colapso como una pérdida relativamente rápida y sustancial de complejidad social, política, económica y poblacional que ocurre cuando las sociedades llegan a un punto donde los costos de la complejidad superan sus beneficios. En el colapso, el deterioro de las estructuras sociales e instituciones se puede manifestar como una pérdida del orden social y una menor capacidad para afrontar los desafíos. En última instancia, el colapso implica una simplificación de la estructura social.
Esto no es un fenómeno nuevo para nuestra especie. Durante los últimos diez mil años, todas las sociedades agrícolas —que vivían del flujo de energía extraído de los cultivos y no de las reservas de hidrocarburos— experimentaron el ciclo de expansión, estancamiento y colapso. Nuestra civilización industrial está recorriendo ese mismo sendero. La novedad y el desafío son que los anteriores colapsos sociales ocurrieron en regiones determinadas y afectaron a unos pocos millones de personas. Hoy, en cambio, somos ocho mil millones enfrentando un deterioro ecológico y energético global.
Dicho esto, aunque pueden surgir vías intermedias para enfrentar ese mundo con menos energía, estamos ante dos senderos que divergen y que no son placenteros.
“Olvidamos lo que es buscar alimento como un asunto prioritario y diario”
El primero es seguir como si nada; desconocer los límites biofísicos del planeta e insistir en el camino del crecimiento económico y el aumento del consumo de energía, pensando en que los datos de la crisis climática o del agotamiento de los combustibles baratos son mentiras con finalidades políticas. No es tan fácil, como se cree, darle la espalda a estos problemas, pues la crisis climática, el agotamiento de los acuíferos y el encarecimiento de los combustibles se nos meten por la ventana de nuestros departamentos, en los jardines secos, en las cuentas de agua y luz, en el desierto que avanza como una marea sobre Chile central. Pero hacer como si nada parece una alternativa dominante, como lo sugiere el reporte anual de la International Energy Agency, según el cual, en 2025 “el apetito mundial por la energía aumentó a un ritmo más rápido que el promedio en 2024, lo que resultó en una mayor demanda de todas las fuentes de energía, incluidos el petróleo, el gas natural, el carbón, las energías renovables y la energía nuclear”.
En esa posición se unen quienes no creen en el cambio climático y quienes se aferran a la idea de que la ciencia nos proveerá de energías limpias y baratas y que, por lo tanto, no tendremos que reducir nuestro consumo. Ambas miradas se parecen en que ven a la naturaleza como un almacén de recursos y energía de libre disposición y de algún modo, infinita.
La consecuencia de esta vía es previsible. No porque decidamos ignorar que caminamos sobre las vías de un tren, este dejará de pasarnos por encima cuando llegue el momento. Mantener el ritmo de consumo energético actual agotará más rápido las fuentes de combustible y anticipará —y probablemente agravará— el colapso, sin que nos hayamos preparado.
La segunda alternativa es comenzar a replegarnos. Y eso es extremadamente difícil en una sociedad cuya medida de éxito es el crecimiento económico. Replegarse implica entender que la Tierra es un mundo compartido con otros seres y entidades no humanas y que nuestra propia existencia depende de que empecemos a negociar las condiciones de habitabilidad y de que iniciemos la conversación sobre cómo nos vamos a adaptar a los límites biofísicos planetarios.
En lo que sigue, abordaremos alguna idea sobre cómo nos podríamos organizar si se impone la segunda vía o un camino en esa dirección. Pero más que ideas, plantearemos preguntas. En esta coyuntura histórica hacia una transformación inevitable, el tipo de preguntas que nos hagamos quizás sea más importante que las respuestas que elaboremos. Tendremos que examinar seriamente con qué herramientas contamos y qué queremos lograr al utilizarlas. Es precisamente con esas interrogantes que aprenderemos a vivir en un mundo exhausto.
LO QUE VIENE
Una manera de abordar los desafíos de la transición hacia un mundo ecológicamente exhausto y con menos energía es preguntarse cuáles son las condiciones materiales que consideramos necesarias para tener una vida digna; y, al mismo tiempo, entender de qué dependen esas condiciones. Es probable que todos valoremos algunos aspectos de la vida sobre otros. Eso es parte de la complejidad del mundo moderno. Si entendemos el colapso como sinónimo de reducción de la complejidad, entonces podemos presumir que un primer efecto será hacernos pensar, crecientemente, en lo básico, por ejemplo, el alimento.
“En un mundo con flujos bajos de energía también será necesario saber reparar artefactos y maquinaria y terminar con la producción en masa de productos con obsolescencia programada”
Como explicamos en la primera columna, hoy nuestra comida recorre en promedio más de 2.400 kilómetros hasta llegar a nuestra mesa. Por eso el desayuno típico chileno (marraqueta, café mantequilla o plata), requiere casi medio litro de petróleo para estar en su mesa. En un mundo con restricciones de energía, eso no es sostenible y permite intuir algo sobre el futuro.
Como dijimos en la tercera columna, la energía barata de los combustibles fósiles nos hizo olvidar que el costo de tener sociedades complejas con innovaciones, artes y ciencias significaba que gran parte de las personas tenían que trabajar duramente para sostenerlas. Hace 100 años, y en algunos países de Latinoamérica hace bastante menos, las duras condiciones de vida de los campesinos alimentaron revueltas por todo el continente. Y si vamos más atrás, veremos que el esplendor de las sociedades agrícolas -por ejemplo, la democracia ateniense- era pagado con el sudor, la salud y la calidad de vida de campesinos y esclavos, y con las mujeres en la casa. El espacio público, el debate elevado y profundo era sostenido sobre esas espaldas. Olvidamos lo que es buscar alimento como un asunto prioritario y diario.
Pensemos ahora en otra condición básica de lo que consideramos una vida humana digna: la educación. Hoy la formación en las distintas etapas de la vida es provista por una cadena de instituciones públicas y privadas que, en gran medida, están alineadas con el mercado del trabajo. Ese sistema tiene decenas de etapas y muchos finales posibles y es relativamente funcional a una sociedad donde cada uno busca su camino y donde se incentivan los aspectos competitivos e individualistas.
En el segundo artículo de esta serie planteamos que los ciclos de expansión y colapso que caracterizan a la sociedad humana están relacionados con que nunca hemos sido sostenibles, salvo, probablemente en los doscientos mil años en que los humanos nos organizamos como bandas de cazadores y recolectores. Esos grupos se sostenían por la confianza mutua, el capital individual (saberes y habilidades) y el capital social (compromiso con el grupo). Los individuos se conocían, estaban en permanente contacto y se ayudaban para resolver los problemas diarios de la búsqueda de alimento y cuidado de las crías.
No sugiero que el futuro deba contemplar un regreso a ese tipo de organización; solo destaco que durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva, tendimos a poner en el centro a la comunidad[2]. En ese sentido, tiendo a pensar que la educación deberá dar un giro que permita a los jóvenes entender de manera prioritaria las conexiones entre sociedad, energía y naturaleza; y les permita también reconstruir lo que se pueda de la biosfera, para habilitar otros futuros posibles. Eso implicará preparar a las nuevas generaciones sobre conceptos de termodinámica y funciones ecosistémicas.
En un mundo con flujos bajos de energía también será necesario saber reparar artefactos y maquinaria y terminar con la producción en masa de productos con obsolescencia programada. Y habrá que acostumbrarse a un mundo con menos viajes y con vidas en comunidades locales de menor tamaño. Esto no solo implicará reducir las aspiraciones materiales, sino desarrollar la voluntad de compartir recursos escasos, para tener, de vuelta, la ayuda de los otros, cuando los necesitemos.
Resulta evidente es que nuestros Estados-nación del siglo XXI están desprovistos de las herramientas para impulsar cambios como los que se sugieren y afrontar la crisis de energía y sus implicancias sociales. Su única respuesta ante los conflictos crecientes —como se observa en la crisis norteamericana o en la elección de Chile— es seguir buscando el crecimiento económico a toda costa, de manera irresponsable e irreflexiva.
Las instituciones políticas que necesitamos están por inventarse todavía. La construcción de esas estructuras requerirá hacernos preguntas diferentes a las que están disponibles en el discurso habitual y poder desarrollar una capacidad distinta para experimentar y habitar el mundo.
Pensar en una retirada energética, en vidas más austeras, además de nuevas instituciones públicas, es un proceso de transición cultural, social, económica y política de enorme complejidad.
Una pregunta inquietante, en ese contexto, es ¿qué papel tiene la democracia en un futuro habitable y más equitativo? La democracia para buena parte de las generaciones mayores latinoamericanas representa el fin de dictaduras horribles; pero para los más jóvenes parece ser un sistema que entrega resultados económicos decepcionantes. Tal vez eso explica por qué la democracia parece retroceder ya en muchos lugares del mundo ante la emergencia de gobiernos autócratas.
La democracia es una construcción política compleja y jerárquica donde una élite política (oligarquía) toma decisiones para el bien común con el supuesto consentimiento de la población. Con la excepción de las democracias escandinavas, el resto ha ido perdiendo fuerza como un sistema capaz de generar condiciones de vida digna para toda la población. En Latinoamérica se han vuelto Democracias Violentas, como lo han mostrado varios investigadores: un sistema que falla en dar solución a problemas cruciales como seguridad, salud, educación, pensiones y ni hablar de la depredación ecológica.
Es posible que sociedades que no tienen energía para sostener esa complejidad terminen prescindiendo de la democracia jerárquica actual para optar por estructuras políticas más brutales, pero más simples y eficientes en términos de uso de la energía, como las autocracias o las dictaduras, cuya combustible básico es el miedo. Pero quizás haya una oportunidad para construir democracias civilizadas donde los ciudadanos recuperemos el poder de decidir cómo vivir, qué producir, qué consumir, qué cosas construir, y en qué tipo de ecosistemas y con qué otras especies queremos vivir.

Timothy Mitchell (2014, 2020a, 2020b), hace una década, propuso que el surgimiento de las democracias modernas no puede entenderse sin la capacidad de coerción y presión de los trabajadores de las minas de carbón. La manera de explotar esta nueva fuente de energía les permitió a los mineros, a los empleados ferroviarios y los obreros portuarios controlar, reducir e incluso detener el flujo de carbón desde las minas hacia la cadena de producción. Este poder pareciera haber sido clave para el nacimiento de sociedades más equitativas. Un poder que las sociedades del siglo XX y XXI alimentadas a base de petróleo y gas natural han ido perdiendo. Esto no solo indica un borde para la democracia (difícilmente sobrevive a sistemas donde el poder está concentrado), sino que es una lección para tener en cuenta para el futuro: si queremos construir sociedades democráticas civilizadas y equitativas, nuestra relación con los procesos de transformación de energía tiene que cambiar completamente. Debemos pensar en democracias donde exista un control y poder público sobre los procesos de transformación de energía.
Para vivir en un mundo sobrepoblado, con menos energía y ecológicamente en ruinas, será necesario —pero no suficiente— priorizar la salud del sistema terrestre y desarrollar una identidad global común para después tratar de encontrar una escala adecuada de organización social, probablemente más pequeña que los actuales países, mercados locales, donde las personas puedan encontrar formas innovadoras de relacionarse, producir y negociar. Y de nuevo, tener control sobre la energía.
Hace al menos cinco décadas hemos comenzado un camino de regreso hacia la dependencia de los flujos de energía (solar, eólica, hidroeléctrica, de la leña y de los cultivos). Pero si vamos a depender de esa energía, tendremos que dejar espacio libre para que la vida no humana mantenga un clima regulado, agua limpia, nutrientes en los suelos y océanos. ¿Cómo hacemos eso?
Quizás podamos organizarnos de otra manera y gestionar de manera local y democrática las represas hidroeléctricas, los paneles solares y las turbinas eólicas. Quizás logremos instaurar la idea de que los ecosistemas son los verdaderos propietarios de los territorios y repensar completamente el concepto de propiedad privada de la tierra.
Será necesario también discutir y desarrollar una visión conceptual teórica de la propiedad, un elemento clave de las economías y sociedades modernas. El punto central sería pensar en los ecosistemas como los propietarios de los bienes comunes universales (Herrmann-Pillath, 2023). Por ejemplo, aquí en Chile central, el ecosistema del matorral o bosque esclerófilo sería el propietario de la tierra, los humanos, los cultivos de frutas, la minería, los algarrobos, los ríos y acuíferos serían todos miembros con derechos de uso negociado de dicho bien.
Este tipo de mirada desafía las nociones actuales sobre propiedad y libertad individual. Nos lleva hacia un mundo de relaciones e interdependencias que todavía está en proceso de ser configurado y diseñado, incrustado en la idea de patrones compartidos. Un lugar donde la libertad individual no puede ser entendida como dada en sí misma, sino que es una propiedad que emerge en la interacción dentro de una comunidad. En el caso de bienes comunes universales, además, una comunidad que incluye a entidades no humanas.
PALABRAS AL CIERRE
En estas columnas he tratado de abrir un espacio para reflexionar sobre nuestros problemas comunes y poder vislumbrar juntos los futuros posibles para reagruparnos, resistir y enfrentarnos a la fuerza formidable de este sistema expansivo que venimos alimentando desde hace mucho tiempo.
Una retirada que propongo no implica necesariamente un mal futuro, simplemente uno más austero. Recuerdo mi infancia en Montevideo durante los años 60s, un período donde el consumo por persona era un 30% del actual. Mis padres vivían en un apartamento de sesenta metros cuadrados, sin teléfono y muy pocos tenían auto. Las frutas y verduras que se consumían eran de la estación, el lechero pasaba todos los días y dejaba la botella de vidrio en la puerta y se llevaba los envases limpios que dejábamos en la noche. El pan, azúcar, yerba mate, harina y otros artículos los comprábamos en el almacén de la esquina, donde todo estaba envasado a granel y uno tenía que llevar su propia bolsa de género. La televisión se prendía a las seis de la tarde, y los niños veíamos una hora los dibujos animados. La ropa se usaba hasta que ya no te entraba, y era común heredar los pantalones de los primos mayores. Vivir con menos bienes materiales y consumir menos energía no implicaba necesariamente una mala calidad de vida. Al escribir esto no estoy proponiendo retornar al pasado. Es simplemente un recordatorio del tipo de vida que muchos experimentamos con menos acceso a bienes materiales y menor consumo de energía.
Una sociedad que enfrenta rendimientos energéticos decrecientes deberá asumir que el tamaño de nuestra sociedad global debe reducirse. Eso va a implicar una discusión democrática sobre preguntas clave, como: ¿Dado que ya somos tantas personas, qué modo de vida digna debiéramos inventar? En ese sentido, la caída en la natalidad no parece una mala noticia.
Los colapsos, la posibilidad de un fracaso y una derrota son eventos que les suceden a todos los seres vivos que habitan este planeta. Puestos en ese trance , tal vez nos ayudará a pensar con más claridad si perdemos la esperanza de que vamos a superar la crisis con nuevas tecnologías y una economía verde y circular. Primero porque la historia nos enseña que la tecnología se tiene que evaluar en relación con el sistema dentro del cual funciona. Y segundo, porque tal como está presentada, la nueva economía verde y circular no es un intento de enfrentar la necesidad de límites planetarios, sino que representa una promesa tecnológica que nos dice que podemos evitar la conversación sobre los límites. En muchos aspectos es el mago capitalista disfrazado de verde.
Las innovaciones que necesitamos no son tecnológicas, sino de modos de subsistencia y convivencia con otros humanos y, sobre todo, con el mundo no humano. Es una tarea enorme. Implica ponernos otro traje, otro disfraz, y convertirnos en algo muy diferente y, al mismo tiempo, volver a transformar el mundo que nos rodea hacia una nueva trayectoria. La primera gran tarea, la más difícil, es dejar de crecer demográfica y económicamente, y disminuir el consumo de energía y materiales. Soy de una generación nacida y criada durante La Gran Aceleración y no voy a estar presente para ver cómo las futuras generaciones enfrentan y superan el Colapso. Probablemente sí me tocará enfrentar un mundo de depresión y austeridad. Ojalá no nos encuentre con la vieja caja de herramientas conceptuales del crecimiento y la innovación.

NOTAS Y REFERENCIAS
[1] Este límite lo conoce hasta la IA. A Deep Seek le preguntamos: ¿Con un retorno energético menora a 10:1 tendríamos energía para sostener la IA, como tú? Su respuesta fue. “Un EROI por debajo de 10:1 amenazaría directa y severamente el desarrollo y sostenimiento de sistemas de inteligencia artificial avanzada como yo.” Y agregó: “Mi existencia, y la de sistemas similares, no es gratis. Representamos la culminación de una cadena de consumo energético extremadamente larga y compleja que solo una sociedad con un gran excedente energético puede permitirse”.
[2] Un ejemplo extremo lo constituye el relato que hace el historiador Plutarco y que luego Jaques Rousseau recoge como actitud que ejemplifica a un buen ciudadano: «Una mujer espartana tenía cinco hijos en el ejército y aguardaba noticias de la batalla. Llega un ilota; temblorosa, le pregunta por el resultado de la contienda. “Tus cinco hijos han muerto”, le dice él. “Vil esclavo, ¿te he preguntado eso?”. “Hemos ganado la victoria.” La madre corre al templo y da gracias a los dioses. He ahí la ciudadana.»


Mauricio Lima 