La primera vuelta presidencial mostró dos fracturas que atraviesan al electorado: el eje izquierda/derecha y el eje élite/antiélite. Tras una elección donde la izquierda obtuvo los resultados más bajos de su historia, ¿puede Jara capturar a votantes que no creen en la política como los seguidores de Parisi? ¿O la posición de Kast como derechista tradicional, y con su ambigüedad característica en el eje anti-elite ya le aseguró la presidencia?
Entre el 7 y el 14 de noviembre, en la fase final de la campaña presidencial, implementamos un estudio cuantitativo para entender cómo pensaban los votantes de cada uno de los 8 candidatos/as. Los resultados que presentaremos corresponden a la cuarta ola de un estudio que venimos realizando desde las presidenciales de 2021 y cuyos primeros resultados fueron publicados en Tercera Dosis (¿Es Kast el candidato de los “sectores populares”?, ¿Quiénes son y qué piensan los nuevos votantes de Boric? y Entendiendo al votante de Parisi). En las siguientes columnas usaremos estos datos para entender las diferencias entre los votantes en esta primera vuelta presidencial y cómo cambiaron sus preferencias y actitudes políticas desde 2021. En la actual columna presentaremos una revisión general de los principales resultados de esta elección.
eje izquierda y derecha
El electorado chileno postestallido social sigue estructurado en torno a dos grandes ejes, como planteamos en el artículo La ideología importa. El primero —y más persistente— es la tradicional división entre izquierda y derecha, una línea que atraviesa la historia política reciente del país: desde el plebiscito del Sí y el No en 1988 hasta la segunda vuelta entre Jeannette Jara y José Antonio Kast en 2025.
“Que Jara gane la segunda vuelta parece casi imposible. Su resultado muestra la capacidad de resistencia del mundo progresista, pero también sus límites. Simboliza la supervivencia de una izquierda que parecía arrinconada, pero ahora su desafío será evitar que ese logro se transforme en una derrota amplia y aplastante”
Pese a los cambios sociales y generacionales, esta frontera ideológica se mantiene estable. Al menos la mitad del electorado chileno se identifica de manera clara con uno de estos polos y vota de forma consistente por el mismo bloque. La política chilena, en ese sentido, sigue siendo una de las más ideologizadas de la región.
Esa continuidad también se observa en los resultados de concejales de 2024 y de diputados en 2025. En la Cámara, dos grandes bloques —uno de izquierda y otro de derecha (aunque fragmentada)— concentran las preferencias. Hasta el lunes 17 en la mañana, Republicanos más Chile Vamos tenían 76 parlamentarios, mientras que el oficialismo quedó con 64 (si se suma al FRVS), y el Partido de la Gente quedó con 14. Las fuerzas de centro, que en los años 90 y 2000 jugaron un papel de bisagra, hoy simplemente no existen. Chile sigue teniendo un eje izquierda-derecha fuerte, pero ya no es el único que ordena las preferencias ciudadanas. Desde hace al menos una década, un nuevo clivaje ha comenzado a marcar la conversación pública y las decisiones electorales.
EL VOTO ANTI-ÉLITE
El nuevo eje que organiza la política chilena es la tensión entre élite y antiélite. Un sector amplio de la ciudadanía expresa actitudes profundamente críticas hacia el establishment político y hacia las instituciones tradicionales del país. La desconfianza en los partidos, el Congreso y el poder judicial ha ido en aumento, y con ella también la demanda por liderazgos “de afuera”, capaces de desafiar el sistema desde los márgenes.
Este voto anti-élite no pertenece necesariamente a una ideología: puede encontrarse tanto en la izquierda como en la derecha y se expresa en el apoyo a figuras percibidas como independientes, disruptivas o anti-políticas. Es, en muchos sentidos, una reacción al desencanto, a los escándalos de corrupción y a la creciente distancia entre la ciudadanía y sus representantes, pero también un reflejo del cambio cultural y generacional que vive el país.
La coexistencia de estos dos ejes —izquierda/derecha y élite/antiélite— ayuda a entender el panorama electoral de 2025. Explica por qué en la segunda vuelta compiten una candidata claramente de izquierda y un candidato claramente de derecha, y por qué los terceros y cuartos lugares fueron ocupados por postulantes con discursos abiertamente anti-establishment y perfiles de outsiders.
Estos dos ejes, que combinan continuidad y ruptura, orden y desconfianza, los analizamos con más detalle en nuestra columna La ideología importa, publicada en octubre de este año.
Ahora bien, este sentimiento no es nuevo. Recordemos a Fra-Fra en 1990, MEO en 2009 y Parisi en 2013 y 2021. Todos estos candidatos fueron, en su momento, desafiantes del establishment, provenientes de partidos chicos o de independientes, con discursos fuertemente antiélite. Es decir, es un eje que existe desde hace al menos un par de décadas, cuyos liderazgos no necesariamente se han logrado consolidar.
sorpresas
Las verdaderas sorpresas estuvieron en los detalles, no en la historia principal. Según los dos ejes mencionados, era esperable que pasaran a segunda vuelta un candidato de derecha y uno de izquierda, y que los postulantes anti-establishment obtuvieran buenos resultados. Lo incierto eran los matices: ¿Superaría Jeannette Jara los treinta puntos? ¿Quién representaría finalmente a la derecha en la segunda vuelta? ¿Cómo le iría a Parisi, un candidato ideológicamente ambiguo pero abiertamente antiélite?
La gran sorpresa fue precisamente Parisi. Las encuestas que sobrestimaron a Kaiser también fallaron en captar adecuadamente el voto del candidato del PDG. El éxito de Parisi no es un fenómeno nuevo: ya en 2013 y 2021 había logrado buenos resultados entre votantes desideologizados, con escaso interés en la política y con fuertes actitudes antiélite. En ese sentido, no resulta tan sorprendente que, con la incorporación de millones de nuevos votantes gracias al voto obligatorio, Parisi haya alcanzado cerca del 20% de los sufragios.
¿Por qué las encuestas no pudieron medir a ese electorado? Los paneles online, por ejemplo, tienden a requerir un cierto nivel de interés político para participar, lo que deja fuera justamente a los votantes más desconectados del sistema, el segmento donde Parisi suele tener mejor desempeño. Estos electores constituyen un desafío metodológico de difícil abordaje, porque ni siquiera encuestas largas como la CEP aseguran poder capturar su opinión.
La primaria de la derecha
La primaria presidencial de la derecha en 2025 no enfrenta simplemente a tres nombres, sino a dos almas dentro de un mismo campo político. Más que hablar de tres derechas, lo que vemos son dos corrientes distintas. Por un lado, una derecha pro-establishment, representada por Evelyn Matthei, que buscaba proyectar estabilidad, gobernabilidad y experiencia institucional. Por otro lado, una derecha crítica del sistema político tradicional, encarnada sobre todo en Kaiser y en parte por Kast, con una visión ideológica más allá de la derecha tradicional, punitiva en lo penal y desconfiada de la diversidad y la inmigración, y que confronta a las élites que han dominado a la derecha.
Es importante recalcar que Kast y Kaiser presentan diferencias. Mientras el segundo encarna una postura abiertamente anti-establishment, Kast combina rasgos de esa derecha contestataria con un esfuerzo por tender puentes hacia la derecha tradicional. En ese sentido, Kast se ubica en una posición intermedia: desafía parcialmente al orden político existente, sin romper con él. Lo cual no es tan sorprendente al tener en cuenta su pasado UDI y, a la vez, podría ser parte clave de su éxito, su capacidad de transitar entre las diferentes almas de las derechas. La expansión electoral de la derecha, o la existencia de tres candidatos, no implica la existencia de tres derechas con proyectos claramente separados. Más bien, refleja una competencia interna entre quienes quieren renovar desde dentro del sistema y quienes buscan romper con él. Asimismo, refleja cómo coexiste el eje ideológico tradicional con el eje pro vs anti-establishment dentro del sector. Tanto Kast como Kaiser son muy conservadores en la dimensión izquierda-derecha, pero el primero es más pro-establishment que el segundo. En este sentido, ambas discuten votos con gente de “derecha dura”, pero de distintas formas. Kast y Matthei, en tanto, también disputan un electorado derechista pero pro-establishment, es decir, gente conservadora, institucional, y amantes de la gobernabilidad. La siguiente figura muestra cómo se desarrollaría esta disputa electoral con fines ilustrativos.

Cómo entender a Jara
El resultado de Jeannette Jara puede mirarse desde dos perspectivas. La primera, más optimista, es que su desempeño representa un logro político importante. Hace apenas seis meses, la conversación pública giraba en torno a una eventual segunda vuelta entre Kast y Matthei. En ese contexto, Jara logró algo que parecía improbable: consolidar el voto de izquierda, ordenar a un electorado fragmentado y devolverle al progresismo una presencia competitiva en la arena presidencial. Su candidatura consiguió articular distintos sectores de la izquierda bajo una narrativa coherente de protección social y justicia económica. En un escenario de desafección política y cansancio con la élite, ese resultado no es menor.
Sin embargo, la otra lectura es menos alentadora. Si bien Jara logró llegar a la segunda vuelta, sacó bastante menos que la suma de sus partidos en diputados —26% versus 31% de la lista Unidad por Chile. Kast, en tanto, sacó dos puntos más que su lista parlamentaria. Asimismo, que Jara gane la segunda vuelta parece casi imposible. En un contexto donde el crimen y la migración son temas claves, en donde ser gobierno es más una carga que una ventaja, y en donde los tres candidatos de derecha llegan a la mitad de los votos, ganar la elección para Jara es más una hazaña que una realidad.
En síntesis, el avance de Jara muestra la resistencia del mundo progresista, pero también sus límites. Su paso a la segunda vuelta simboliza la supervivencia de una izquierda que parecía arrinconada, pero su desafío ahora será evitar que ese logro se transforme en una derrota amplia y aplastante en la segunda vuelta.
¿Dónde se sitúa Jara en este eje élite/anti-élite? A diferencia de 2021, cuando la izquierda y la centroizquierda se presentaron divididas, con Gabriel Boric y Yasna Provoste, esta vez ambos sectores presentaron una sola candidatura que debía unirlos. Jara apeló directamente al voto antiélite al comienzo de su campaña, al hablar de la cuna de mimbre y de sus orígenes. Sin embargo, al acercarse la segunda vuelta, comenzó un viraje hacia el mundo de la Concertación y probablemente la veremos intentando construir puentes con el sector de izquierda más pro-establishment. Sin esos votos, resulta difícil imaginar una segunda vuelta verdaderamente competitiva.
La muerte del centro
Desde el estallido social de 2019, el centro político en Chile ha perdido relevancia electoral, aunque la ha mantenido dentro de las élites. Tal como advertimos en la columna anterior, aunque los chilenos desconfían de los partidos, no han abandonado la brújula izquierda-derecha; lo que se desploma es el espacio de moderación donde antes vivían los partidos intermedios.
En ese escenario, movimientos y partidos centristas como Amarillos por Chile, Demócratas o la candidatura de Evelyn Matthei pretendían ser un punto de equilibrio. Sin embargo, sus desempeños electorales revelan más bien su agonía. La ciudadanía hoy vota por proyectos que se definen claramente como de izquierda o de derecha, o bien por opciones con un marcado carácter antiélite. La candidatura de Matthei carecía de ambas cosas.
En nuestro próximo artículo analizaremos la derechización del electorado.



Pablo Argote
Giancarlo Visconti
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