Algunas reflexiones sobre el rechazo a la nueva constitución en Chile

El mecanismo y la tibieza de los cambios en areas clave. Según el autor estos son los principales factores que explican el resultado del 4/09 en Chile. Sobre los plebiscitos Si/No, la columna plantea que son situaciones de “extorsión electoral” en las que los electores usan el voto “normalmente para premiar o castigar al gobierno de turno”.


En las siguientes líneas quiero reflexionar sobre lo ocurrido en Chile el domingo 4 de septiembre, tras la derrota del plebiscito constitucional. Mis reflexiones son optimistas, a pesar de los numerosos análisis -la mayoría de ellos abrumadoramente negativos- que han surgido en los últimos días para explicar la derrota.

Muchos comentaristas sostienen que la Constitución fue rechazada porque el texto era demasiado progresista y que sus autores fueron demasiado lejos en sus propuestas de reforma. Otros sugieren que la derrota demostró que la mayoría de los chilenos son muy conservadores. Y aún otros sostienen que los constituyentes no lograron construir el consenso político que necesitaban para aprobar su Constitución. Por último, algunos analistas afirman que la derrota fue producto de las campañas mediáticas de la derecha y de las «fake news«. Todas estas explicaciones pueden haber influido de alguna manera en la votación del plebiscito. Sin embargo, muchas de estas explicaciones no son convincentes. El texto constitucional propuesto era mucho más convencional que revolucionario. El gobierno de Chile, recientemente elegido, es de izquierdas. Y, la Asamblea Constituyente hizo un extraordinario trabajo de construcción de consensos a pesar de que la mayoría de los candidatos eran independientes, de manera que los votos se distribuyeron ampliamente entre diferentes grupos, lo que dificultó la construcción de acuerdos rápidos y estables. Por último, las afirmaciones de que las noticias falsas y las campañas de los medios de comunicación de la derecha desempeñaron un papel importante en la votación suponen una ciudadanía ingenua, lo cual discuto.

En mi opinión, la derrota en el plebiscito tuvo que ver, en cambio, con el mal funcionamiento inherente a este tipo de plebiscito. Pienso en los plebiscitos o consultas populares que se refieren a cuestiones múltiples y complejas (expresadas, por ejemplo, en este caso, en un texto constitucional de 388 artículos), sobre las que los ciudadanos tienen un solo voto (un voto para expresar todas sus opiniones y matices respecto a, digamos, 388 artículos). En tales situaciones, el ciudadano de a pie tiene enormes dificultades para decir algo sensato sobre tantas cuestiones difíciles. Peor aún: los ciudadanos se ven obligados habitualmente a votar por lo que repudian -por ejemplo, las reelecciones presidenciales o un sistema de poder concentrado- para apoyar lo que más desean -por ejemplo, más derechos fundamentales-. En mi libro El derecho como conversación entre iguales, llamé a estas situaciones «extorsión electoral». Como resultado, los votantes utilizan ese único voto para expresar su opinión sobre otra cosa: normalmente, para premiar o castigar al gobierno de turno.

Nótese que lo anterior es lo que ocurrió en Gran Bretaña, con la consulta popular sobre el Brexit (en la que la gente votó contra Cameron), así como en Colombia durante el plebiscito por el Acuerdo de Paz (en el que la gente votó contra un impopular Santos). Y es lo mismo que ocurrió, previsiblemente, en Chile, con el plebiscito de septiembre: la mayoría de la gente votó contra un Boric cada vez más impopular (es interesante comparar las encuestas de popularidad del gobierno, viendo al mismo tiempo la evolución de las encuestas relacionadas con el proyecto de Constitución). En definitiva, creo que el voto negativo se debió a la voluntad de una gran mayoría de chilenos que decidieron castigar (o no premiar) al actual gobierno, un factor ajeno al contenido de la propuesta de Constitución.

Decir lo anterior, sin embargo, no es negar cuestiones que también son importantes. En primer lugar, en mi opinión la Constitución, tal y como se redactó, se equivocó por no ir lo suficientemente lejos y por ser conservadora en lugar de desafiante. La Constitución debería haber sido más radical y ambiciosa, especialmente en lo que respecta a la renovación institucional y la revitalización democrática. Según la propuesta de Constitución, la antigua organización del poder permanecía completamente intacta; no se cambiaba casi nada en lo que yo llamo la sala de máquinas de la Constitución (la organización del Poder Judicial variaba poco, y de forma poco atractiva; el Senado, que parecía apunto de ser eliminado, terminó permaneciendo casi idéntico a sí mismo; el poder político seguía concentrado en manos del Ejecutivo; etc.). La propuesta repitió así el «viejo error latinoamericano» en materia de cambios constitucionales: la Constitución propuesta ofrece una notable ampliación de la lista de derechos mientras deja intacta una organización del poder de dos siglos de antigüedad. En segundo lugar, es cierto que la Convención podría haber hecho mucho más para conectar con los amplios movimientos sociales de los que surgió. La Convención contaba con excelentes y cercanos precedentes para guiar estos esfuerzos (pienso, en particular, en el ejemplo ofrecido por las Asambleas de Ciudadanos en Irlanda). En resumen, creo que los debates constitucionales en Chile se habrían beneficiado de puentes más sólidos entre la Convención y la ciudadanía.

Como nota final y optimista, me gustaría sugerir que los chilenos comprometidos con el cambio constitucional no deberían desesperarse por el resultado del domingo. ¿Por qué? Porque lo más importante ya ha ocurrido. Que la Constitución incluya los derechos sociales, promueva la igualdad de género y reconozca los derechos de los grupos indígenas se ha convertido en un acuerdo generalizado en Chile. Por lo tanto -porque el cambio más importante ya ha ocurrido- lo que falta -la reforma constitucional definitiva- ocurrirá muy pronto.

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