Dibujo: Alen Lauzán

Grandes Transformaciones

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Kafka lo sabía bien, pocas cosas afectan tanto a las familias como la amenaza del derrumbe económico. La mañana en que el joven Gregorio Samsa se despierta convertido en un horrible insecto, en La Metamorfosis, nos instala en ese duro momento en que uno descubre que el mercado lo considera demasiado viejo/vieja, o en el que finalmente se acepta que aquello que sabías hacer, lo hace mejor y más rápido una App. La transformación de Samsa es, en muchos aspectos, el sorpresivo e irreversible cambio del sostenedor de la familia en un ser improductivo. En La Metamorfosis no importa la causa específica por la que ya no se es útil, pues esta varía de persona en persona y de año en año; puede ser la depresión o el estrés; o puede ocurrir que solo consigues empleos agotadores que, sin embargo, no proveen lo mínimo para que la familia avance hacia alguna parte. También puedes ser un joven que se ha endeudado para estudiar, en quien su familia invirtió cada peso y cada sueño y que no encuentra el empleo que todos esperaban. Kafka no quiere distraerse con el aspecto individual del problema y esa multiplicidad de causas posibles -las de su época, las de nuestros años y las causas que vendrán- quedan englobadas en la alegoría de despertar transformado en algo que no puede producir: un insecto. Lo que le interesa es la experiencia general que viene luego; la degradación personal y familiar que sobreviene cuando no produces o cuando lo que produces “no alcanza”. En ese baile de recriminaciones Kafka nos trasmite una profunda intuición sobre la sociedad moderna: ella hará que nos culpemos individualmente por problemas que, en gran medida, son estructurales y producidos por ella misma.

El economista Ha-Joon Chang ha explicado por qué es tan importante para la estabilidad del sistema económico que la culpa se la eche uno. “Al hacer que las personas se culpen y se sientan avergonzadas de su situación, estas pierden fuerza y argumentos para cambiar el sistema”. Por el contrario, si tuvieran conciencia de que lo que les ocurre depende mucho de cómo está organizada la producción, “la gente se preguntaría ‘qué pasa, por qué trabajamos tan duro y no rinde’. Y empujarían a las autoridades a hacer cambios”[1].

Esta serie de columnas y entrevistas que han preparado académicos y académicas del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social, COES y TerceraDosis, aborda varias de las grandes transformaciones que ha vivido Chile en las últimas décadas en áreas como educación, empleo, inmigración y vivienda, entre otros aspectos; y analiza cómo los nuevos escenarios pueden determinar las posibilidades actuales y futuras de las personas.

Por supuesto, no todas las transformaciones han sido malas, como la de Samsa. Hay algunas socialmente beneficiosas, por ejemplo el avance en las oportunidades laborales de las mujeres y la entrada de algunas en la cima del poder social, lo que ha ido cambiando varios aspectos de nuestra sociedad.

Por otra parte, sería un error pensar que los cambios, incluso los más complejos, anulan las capacidades de reacción de las personas que los viven. Ellas no se rinden fácil y suelen pensar mucho sobre qué han hecho mal y cómo hacer las cosas mejor.

Por lo anterior, cuando esta serie pone la mirada en los aspectos estructurales, no busca negar las historias de esfuerzo individual, sino iluminar factores que son más borrosos para quienes tratan de salir adelante en los cambiantes contextos de hoy. Los aspectos estructurales, para usar una alegoría, nos dicen algo de lo inclinada que está la rampa que suben las familias con sus historias a cuesta.

Citemos el ejemplo de las transformaciones en educación y en la meritocracia, que recientemente han sido puestas en el tapete público por los 17 millones mensuales que recibía Marcela Cubillos, como profesora de la Universidad San Sebastián. Hace 20 años, tras el fuerte crecimiento económico que acompañó la recuperación de la democracia, una gran cantidad de familias de sectores medios y medios-bajos empezaron a aspirar a que sus hijxs llegaran a la educación superior, seducidas por el discurso político y académico de que más años de formación se correlacionaban con mayor salario. Muchas familias creyeron que la democracia ofrecería a todos las mismas oportunidades para transformarse en buenos profesionales: si los resultados dependían del mérito, las familias tenían confianza en que podrían dar el salto. Así, estuvieron dispuestas a endeudarse con el Crédito con Aval del Estado (CAE) y empezó a construirse un promisorio fenómeno, inédito en nuestra historia: la aparición del primer universitario/a en miles de familias que no habían terminado la educación media. Era un sueño individual pero también social, pues los países que dan saltos al desarrollo lo hacen porque su población aprende a hacer cosas más complejas.


“Hoy son menos los que creen que el mérito es el mecanismo a través del cual la sociedad chilena distribuye los premios. La intuición de “un futuro sin mérito” lleva a preguntarse cómo hará un país altamente desigual para justificar los privilegios de la elite sin que se desaten conflictos sociales graves”


Lo que en cambio terminó ocurriendo, ya se sabe. El CAE abrió las puertas a muchos jóvenes pero también transformó a miles de estudiantes pobres en deudores bancarios, problema que aún no termina de resolverse; y en un sistema educativo sin buena regulación, las familias con poco capital cultural fueron seducidas por planteles que tenían edificios imponentes y pésima educación, como varios de los que quebraron en la década pasada. Por último, una parte importante de los nuevos profesionales no encontró los empleos donde aplicar sus conocimientos, entre otras razones, porque la producción nacional siguió ligada a las materias primas: es decir, siguió siendo una economía que requería mano de obra barata y ofrecía pocos buenos empleos. Para una parte importante de las familias la apuesta por la educación superior fue frustrante.

Varios actores políticos y mediáticos trataron de «privatizar» estos pobres resultados instalando ideas como “nadie los obligó a endeudarse” o “es culpa suya haber estudiado en la Universidad del Mar” (una de las que quebró).

Una consecuencia de esta compleja experiencia social aparece en varias investigaciones del COES: es la erosión en la confianza en la meritocracia que parecía dominante hasta los 2000. En concreto, hoy son menos las personas que creen que el mérito es el mecanismo a través del cual la sociedad chilena distribuye los premios. La intuición de “un futuro sin mérito” lleva a preguntarse cómo hará un país altamente desigual como el nuestro, para justificar los privilegios que tiene la elite sin que se desaten conflictos sociales graves. Para las familias, ese futuro “sin mérito” también plantea la pregunta de si vale la pena seguir invirtiendo en educación. Si la formación ya no es una escalera válida de ascenso social, ¿hacia dónde dirigir los esfuerzos?

Otra área que afecta radicalmente a las familias es el de la vivienda. Pocas cosas angustian tanto como no tener un techo seguro, o tener que instalarse en un barrio que se siente peligroso. Los sectores medios, que durante la última década tuvieron un mayor acceso a créditos hipotecarios, ya no lo consiguen y se ven atrapados en un mercado de arriendo al alza, que consume un alto porcentaje de su ingreso; en los sectores populares, en tanto, se consolida el hacinamiento y los campamentos, mientras avanza un intenso proceso de financiarización, donde grandes y pequeños inversionistas acaparan propiedades para dedicarse al negocio de la renta, en una versión criolla de lo que Raquel Rolnik ha llamado la nueva “guerra urbana”. Las familias no propietarias suben esta empinada rampa culpándose de no tener ingresos suficientes o recriminando a los inmigrantes la presión alcista que ejercen en el mercado, mientras el aparato público carece de instrumentos para protegerlas de la especulación inmobiliaria.

Por último, está el problema de Gregorio Samsa: el trabajo. En un contexto de gran desigualdad económica, de irrupción tecnológica y con una meritocracia eclipsada, la idea de derechos laborales está siendo sometida a una enorme presión. En la primera entrega de esta serie, la investigadora Francisca Gutiérrez explica cómo la expansión del trabajo en plataformas, que sostiene la economía de miles de familias chilenas e inmigrantes, ha creado precariedades nuevas y poco discutidas, como el hecho de que algunas personas tengan que pagar para poder trabajar. Su investigación sugiere, además, que la precariedad de las plataformas es “fabricada” por las empresas y la falta de fiscalización pública, pero también es consentida por quienes laboran allí, entre otros motivos porque los empleos formales que podrían servirles de alternativa pagan poco y tratan peor.

Estos ejemplos nos sugieren que la rampa por la que suben las familias es más compleja de lo que hemos dicho. Enfrentan más bien un contexto de crisis simultáneas que se superponen y que conversan con las “multi-crisis sociales” que se observan a nivel internacional y donde coexisten problemas económicos, políticos, medioambientales, habitacionales, un vertiginoso panorama que recuerda la Relatividad de Encher.

Ante este complejo escenario un aporte que pueden hacer las ciencias sociales es proveer a la discusión pública de un marco interpretativo, descriptivo y explicativo que integre las dimensiones globales y locales de esta superposición de crisis. Para COES esta es una tarea central pues un escenario de “multi-crisis” obliga a preguntarse cuánto siguen aportando las nociones de cohesión social y conflicto -centrales en la perspectiva de este centro- y cuánto debe ampliar su horizonte conceptual hacia categorías adicionales como convivencia, solidaridad, confianza, coexistencia u otras como incertidumbre o inseguridad.

Para TerceraDosis esta serie se alinea con la tarea que inspira su trabajo: escapar de la cuña fácil, de las respuestas que simplifican los problemas y también examinar todas las perspectivas, por extrañas que parezcan. Si tenemos suerte, este esfuerzo permitirá elaborar mejores preguntas que condensen las disyuntivas a las que nos enfrentamos individual y colectivamente.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] “Si Chile quiere crecer tiene que superar las limitaciones del neoliberalismo”. Entrevista a Ha Joong Chang, publicada en CIPER en 2016.

Un comentario de “Grandes Transformaciones

  1. Pingback: Precariedad consentida. Las contradicciones del trabajo en las plataformas digitales – Tercera Dosis

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