Ilustración: Alen Lauzán

Cómo lo hacen los que salen adelante

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Al examinar las trayectorias de personas de sectores medios y bajos que logran ascender a través de la educación, el artículo destaca que nadie sube solo, como se pregona.


Las sociedades contemporáneas presentan cada vez más dificultades para brindarle a las nuevas generaciones las oportunidades y herramientas que necesitan para tener una movilidad social ascendente. La educación superior, promocionada como un motor esencial para dicho fin, parece estar alcanzando su límite en muchos lugares del mundo. En España, por ejemplo, se habla de la educación como un “ascensor roto”. En Reino Unido, Ingram et al. (2023)sostienen que las oportunidades y retornos de los graduados han disminuido considerablemente, sobre todo para los menos favorecidos. De manera similar, en Australia, los nacidos a partir de la década de 1980 – los millennials y centennials – se encuentran entre las primeras generaciones que enfrentan una situación peor que la de sus padres. ¿Qué ocurre en Chile?


“Yo creo que no me gustaría tampoco estar en una universidad. Para mí ahí están como los más cuiquitos y preferiría pasar desapercibida a que estén siempre mirándote como pobre.” (Silvia)


En las últimas décadas, el ascensor social a través de la educación tuvo resultados positivos (COES, Estudio de Movilidad Social). Sin embargo, para las generaciones más jóvenes el horizonte parece volverse sombrío. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Juventudes, en 2022 una mayoría consideraba que “más que los títulos, ahora se valoran técnicas específicas que se aprenden trabajando”, mientras que entre 2018 y 2022 ha crecido la percepción de que “da lo mismo lo que se estudie, luego se tiene que trabajar en lo que sea”. Además, desde 2012 la evaluación de las oportunidades para alcanzar un buen trabajo ha ido empeorando sostenidamente (Instituto Nacional de la Juventud, 2022).  Lo anterior podría estar alimentando una creciente sensación de malestar.

Pese a esas percepciones, para una parte importante de la población chilena la educación sigue representando la posibilidad de ascender socialmente. Los datos y análisis que presentamos aquí forman parte de una serie de investigaciones[1] que examinan las trayectorias de personas provenientes de los sectores socioeconómicos medios y bajo, y tratan de iluminar las estrategias que usan y sus maneras de encarar el ascenso. Les preguntamos por las dificultades que han encontrado, cómo las han resuelto y cómo evalúan el camino que les ha permitido ir más allá de su historia familiar. Este análisis se concentrará en tres momentos cruciales en la vida de nuestros entrevistados:

1) El paso de la educación escolar a la superior, periodo marcado por tensiones respecto a lo que la sociedad parece esperar de las nuevas generaciones y donde se fija la idea de que el esfuerzo individual es una estrategia clave para salir adelante.

2) La formación en universidades y carreras de elite, espacios que los jóvenes de sectores medios y bajos sienten muchas veces como un mundo ajeno y desafiante, en el que tienen que partir de cero.

y 3) las experiencias y percepciones que tienen personas con trayectorias de movilidad social ascendente sobre el camino recorrido.

La idea de que el mérito propio ha sido un elemento clave en estas historias aparece una y otra vez en los testimonios. Esto no es extraño pues se trata de trayectorias que han significado mucho esfuerzo personal. Además, a nivel social ocurre la paradoja de que mientras más desigual es una sociedad más fuerza toma la idea de que el que triunfa lo ha hecho por su propio mérito y trabajo duro (Mijs, 2021).

Sin embargo, como conclusión general, este artículo sugiere que quienes provienen de los sectores menos privilegiados y logran moverse socialmente, no lo consiguen sin el apoyo de otras personas. Surgen, justamente, porque no están tan solas. Incluso aquellos que relatan su ascenso principalmente como fruto de su propio esfuerzo han tenido también el apoyo de redes familiares y sociales que estuvieron ahí en momentos clave para sostenerlos y evitar su caída. Esto sugiere que la educación sigue funcionando como ascensor social en la medida en que el ascenso interesa y se sostiene en una red que brinda las herramientas y recursos apropiados para ello.

LA DIFÍCIL TRANSICIÓN

En sociedades como la chilena, la educación es vista principalmente como una vía para alcanzar un mayor bienestar y una mejor posición social. Especialmente en los sectores medios y bajos es frecuente encontrar testimonios de estudiantes que empujan sus trayectorias educativas argumentando que eso les permitirá “surgir”. Juan (18), un estudiante de cuarto medio cuyo padre llegó a tercero básico y la madre a octavo, afirma que le gustaría seguir estudiando porque quiere “ser más que ellos”, y también porque “quiero ser alguien y salir de ahí (de la pobreza).


“No trabajo y en mi casa todo lo que se hace es como pa pagar deudas. Entonces, ( la educación superior) igual sería un problema de lucas.” (Juan, 19)


Catalina (19), quien también atraviesa su último año escolar, posee una mirada similar. Su mamá llegó a cuarto medio, su papá a octavo, y su deseo es ir a la universidad e idealmente estudiar derecho. Al ser preguntada sobre el futuro, la idea de estudiar aparece como una demanda externa, un requerimiento que la sociedad les hace a los jóvenes para que puedan hacerse valer: “En la sociedad en que vivimos nos exigen tener una carrera para satisfacernos, para tener nuestra frente en alto.”

En los grupos de menos recursos las narrativas que elaboran los estudiantes se ven influidas por la incertidumbre respecto al futuro. Una barrera recurrente son las “lucas”, tanto las que cuesta estudiar como las que el grupo familiar deja de recibir cuando un joven no trabaja.

Julio (19), estudiante de cuarto medio en la educación técnico profesional, reflexiona sobre eso: “No trabajo y en mi casa todo lo que se hace es como pa pagar deudas. Entonces, (continuar en la educación superior) igual sería un problema de lucas.”

Ante esta realidad Julio también considera otras opciones, como la posibilidad de obtener una beca, aunque antes preferiría seguir el camino del esfuerzo y el sacrificio pues “voy a ponerle más empeño si me estoy sacando la cresta pa pagarme la carrera.”

El dinero no es el único factor que influye en lo que los jóvenes buscan para su futuro. Aunque una gran mayoría aspira a seguir estudiando una vez finalizado el liceo o el colegio, tales aspiraciones y posibilidades aparecen marcadamente influidas por la posición social y el tipo de establecimiento educacional al cual se asiste. Es decir, las aspiraciones estudiantiles están segmentadas socialmente, en sintonía con la posición social de cada estudiante; y responden a un sistema escolar altamente segregado (Palma-Amestoy, 2022).

De este modo, acceder a una universidad altamente selectiva o a una carrera tradicional o de élite, no solo está limitado por las capacidades económicas de las familias, sino también por una serie de elementos culturales, morales y emocionales que van moldeando los deseos, ambiciones y expectativas estudiantiles, y que pueden llegar a limitar de antemano los proyectos personales de cada estudiante. Es el caso de Silvia, quien está en su último año escolar en la educación técnico profesional. Su idea es seguir estudiando, pero prefiere descartar de antemano la universidad por razones que van más allá del costo económico: “Yo creo que no me gustaría tampoco estar en una universidad. Para mí ahí están como los más cuiquitos y preferiría pasar como desapercibida en una universidad a que estén siempre mirándote como pobre.”


 “En cuarto medio no pude tomar preuniversitario por temas económicos, pero ahí jugó un rol súper importante mi profe de matemáticas y mi profe jefe de historia (…) nos quedábamos todos los días después de clases haciendo ejercicios de repaso de la PSU.“ (Manuel) 


El origen social fija las posibilidades materiales, pero también moldea y limita los sueños y ambiciones de las personas. Un importante desafío que tensiona y pone en jaque el ideal meritocrático, por lo tanto, es la desigualdad de oportunidades y las disímiles experiencias en torno al proceso educativo. Ante esta situación hay quienes, de todos modos, salen adelante. Al respecto, las experiencias de nuestros entrevistados nos muestran que no hay una receta única, sino más bien múltiples factores de índole individual, colectivo y estructural que se entrelazan entre sí: la perseverancia, la familia, la visualización de un horizonte, un consejo u orientación adecuados o los apoyos institucionales, entre otros.

Desafíos en la educación superior

El sistema educacional chileno suele operar como un dispositivo que selecciona, descarta y distribuye al estudiantado en sintonía con su origen social. En parte por ello, quienes no provienen de los grupos más privilegiados, cuando logran entrar a universidades y carreras de elite están a medio camino de una trayectoria de movilidad social ascendente. En Estados Unidos, Morton (2021) ha llamado a estos individuos strivers o luchadores,es decir, personas que con el apoyo de sus padres pero con limitados recursos y conocimiento práctico, han conseguido transitar la universidad con esfuerzo, perseverancia y lucha.

¿Cuál es su experiencia en Chile? ¿Qué dificultades enfrentan en la universidad? ¿Qué facilita su camino? Esas son algunas de las preguntas que orientan una investigación aún en desarrollo.

Preliminarmente, hay varios aspectos que resaltar. Entrar a una universidad y carrera de élite es hacer frente a un camino lleno de obstáculos. Si bien todos quienes ingresan por primera vez a la educación superior afrontan un contexto nuevo, para este grupo la universidad se presenta como un espacio particularmente desafiante, generalmente ajeno y en donde al entrar hay pocos o ningún referente personal a quien anclarse o en quien apoyarse. Uno de los primeros desafíos, y muchas veces la fuente de ansiedad y angustia, es la diferencia en términos académicos o de capital cultural pues, en general, pasan de ser los mejores estudiantes en sus respectivas escuelas a tener la sensación de que comienzan desde cero, a diferencia de sus compañeros y compañeras de sectores más altos.

Andrea (26), en sus primeras clases de ingeniería civil en una institución de élite, experimentó esa brecha con una fuerte sensación de agobio y frustración: La verdad que el cambio del colegio a la universidad fue mucho para mí”. Vicente (18) vivó una experiencia similar: “Fue como partir con el pie izquierdo, porque nunca había visto algo tan distinto”.

El primer año es quizás el más duro. Sin embargo, varios logran seguir adelante, aunque sea “echándose” o “botando” cursos y asumiendo muchas veces que estarán uno o dos años más estudiando, a diferencia del promedio de sus compañeros y compañeras de sectores más privilegiados. Otros desertarán para buscar nuevos rumbos.

La forma de vivir y hacer frente a este proceso depende de varios factores contextuales y personales. Sin embargo, lo que es común, es la adquisición de un sentido de la desigualdad (Bottero, 2019), es decir, la comprensión de las múltiples restricciones y barreras que se enfrentan en un contexto dado, lo cual genera una respuesta práctica y reflexiva. Por ejemplo, hay quienes poco a poco aprenderán a organizar su tiempo y formas de estudio, mientras que otros buscarán apoyo entre sus compañeros y compañeras con quienes logran consolidar un vínculo más cercano.

El proceso de ajuste es paulatino y emerge nuevamente la idea del sacrificio, de la entrega, de que es necesario adaptarse y perseverar para no truncar los sueños que pertenecen no solo a quien estudia, sino que a toda una familia, lo cual es también una carga emocional extra. En varios momentos de sus trayectorias los que perduran evidencian que la educación no es un proyecto individual, es sobre todo un proyecto familiar y colectivo. No es casualidad que una gran mayoría de los participantes, al evaluar sus recorridos vitales y los factores que los han llevado a su situación actual, destacan el respaldo y confianza de la familia, el consejo y orientación de un profesor o profesora, o el apoyo de sus pares. Mariana, por ejemplo, se mudó a Santiago para estudiar ingeniería civil. Cuando aborda los factores más importantes que han sostenido su trayectoria, señala que fundamental fue el apoyo de mis papás, que me dijeran que confiara en mí, que podía más de lo que estaba aspirando”.

El testimonio de Manuel, estudiante de ingeniería comercial, es aún más ilustrativo:  “En cuarto medio no pude tomar preuniversitario, por temas económicos, pero ahí jugó un rol súper importante mi profe de matemáticas y mi profe jefe de historia (…) nos quedábamos todos los días después de clases haciendo ejercicios de repaso de la PSU de ese tiempo (…) estos dos profesores siempre nos inculcaron a seguir más allá, a esforzarnos más, a seguir. Y, sobre todo, a servir al otro. Eso era lo principal”.

En definitiva, mientras que las historias de éxito son presentadas comúnmente como el resultado del mérito y esfuerzo estrictamente individual, en la práctica son también consecuencia de estrategias y prácticas colectivas.

Meritocracia colectiva

En una investigación titulada “Trayectorias exitosas de movilidad social en el Chile contemporáneo” un grupo de investigadoras e investigadores del COES hemos profundizado en las experiencias y subjetividades de personas con movilidad social ascendente. El proyecto recogió más de 300 entrevistas, considerando hombres y mujeres profesionales, en cargos directivos, pertenecientes a pueblos originarios e identificados con comunidades migrantes. A primera vista, y con distintas intensidades y matices, las narrativas dan cuenta de personas con un cierto apego a los ideales meritocráticos. Son frecuentes los relatos que destacan el esfuerzo, el mérito, el talento y la constancia, así como habilidades específicas que les han permitido “surgir en la vida”. Visto así, pareciera ser que las trayectorias de movilidad social ascendente son resultado de un proceso puramente individual.

Sin embargo, en un ejercicio de análisis de mayor densidad, también hemos ido desentrañando que el cambio de posición social no es solo consecuencia del trabajo y esfuerzo personal. Igual de importante, o quizás más, son los esfuerzos colectivos que se entretejen a lo largo de toda la vida. La movilidad social, desde este ángulo, aparece como un proceso sobre todo colectivo en donde, habitualmente, es la familia el soporte inicial.

Manuel (40), quien se desempeña como académico en la universidad, es un ejemplo de lo anterior. Su padre manejaba un taxi y su madre fue principalmente dueña de casa. Al reflexionar sobre su trayectoria, señala que “al final la empresa de poder saltar la valla es bien familiar”. Sin una familia comprometida, reflexiona, “no está el soporte que yo creo que tuve, y que me permitió soñar un poquito”.

Junto con ese apoyo, hay otros que se reciben de distintas redes y personas clave: el consejo de un profesor o profesora durante la etapa escolar, una red de amigas o compañeros de curso que se apoyan y reconocen entre sí; una profesora o profesor universitario clave para conseguir el primer trabajo, o el apoyo de un mentor o mentora que orienta la carrera laboral de quienes están partiendo o no conocen los códigos del campo al que recién están llegando.

Sergio (32), por ejemplo, estudió derecho en una universidad de alto prestigio. Uno de los factores que señala como fundamentales en su trayectoria exitosa es que, hacia el final de sus estudios, tuvo “la suerte de encontrar dos buenos mentores”. Ambos profesores, señala, confiaron en él y lo orientaron para hacer frente a los desafíos del mundo laboral en cuestiones clave, como, por ejemplo, cómo afrontar las entrevistas de trabajo o preparar las reuniones laborales.   

Las distintas experiencias nos sugieren que, ante la falta de soportes institucionales más firmes, son los vínculos y redes los que allanan el camino de la movilidad social. Además, es evidente que es en aquellos vértices donde concurren un entramado institucional y los lazos solidarios en donde las experiencias exitosas de movilidad pueden mejor prosperar. Así, los discursos meritocráticos, basado en el esfuerzo y la responsabilidad individual, son tensionado por procesos que, en la práctica, requieren de la solidaridad y reconocimiento mutuo.  

Conclusión

En sociedades como la chilena, con importantes niveles de desigualdad, la idea del mérito ha servido para justificar las diferencias sociales. El esfuerzo, la responsabilidad, la perseverancia y el talento individual son parte esencial de una narrativa que busca explicar el “éxito” de unos y el “fracaso” de otros. Desde muy temprano, y a lo largo de toda la trayectoria de las personas, estas ideas se van incorporando como parte de un principio fundamental. En esta columna, hemos argumentado que hay al menos dos aspectos que ponen en tensión el alcance del mérito en su clave individual. Por un lado, quienes vienen de los sectores menos privilegiados de la sociedad, a pesar de sus esfuerzos, encuentran en distintas etapas de sus vidas diversos obstáculos que les dificulta, limita e impide ascender socialmente. Por otro lado, quienes surgen, lo logran no solo por el esfuerzo individual, sino sobre todo porque no están tan solos. Creemos entonces que es importante que la sociedad en su conjunto fomente distintas formas de solidaridad y apoyo colectivo que permitan que los sueños y deseos de surgir se vuelvan realidad.


NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Proyecto Fondecyt Postdoctorado 3240057 “Desigualdad, reproducción y movilidad social en la educación superior” / “Trayectorias exitosas de movilidad social en el Chile contemporáneo” https://coes.cl/estudio-movilidad-social

Referencias

Bottero, W. (2019). A Sense of Inequality. Rowman y Littlefield International.

Ingram, N., Bathmaker, A.-M., Abrahams, J., Bentley, L., Bradley, H., Tony, H., Papafilippou, V., y Waller, R. (2023). The Degree Generation: The Making of Unequal Graduate Lives. Bristol University Press.

Instituto Nacional de la Juventud (2022). 10ma Encuesta Nacional de Juventudes 2022. Ministerio de Desarrollo Social y Familia.

Mijs, J. J. B. (2021). The paradox of inequality: Income inequality and belief in meritocracy go hand in hand. Socio-Economic Review, 19(1), 7–35. https://doi.org/10.1093/ser/mwy051

Morton, J. M. (2021). Moving up without losing your way: The ethical costs of upward mobility. Princeton University Press.

Palma-Amestoy, C. (2022). Aspiring to higher education: Micro-practices, horizons and social class reproduction in Chile. British Journal of Sociology of Education, 43(7), 1135–1152. https://doi.org/10.1080/01425692.2022.2112657

2 comentarios de “Cómo lo hacen los que salen adelante

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