Fundador de PayPal y Palantir, y mentor del vicepresidente de EE.UU. JD Vance, Peter Thiel sostiene que la democracia y la libertad se han convertido en incompatibles. El autor recorre su pensamiento, desde la crítica al multiculturalismo hasta la profecía del Anticristo, y su visión de un Estado gestionado como una empresa.
Como resultado repentino de la estrecha relación que Peter Thiel había venido desarrollando con el presidente de Argentina Javier Milei y de su fugaz visita y conversación con el presidente José Antonio Kast, el nombre del multimillonario estadounidense pobló las páginas de los medios informativos de nuestro país. Con rapidez los lectores informados se enteraron de que Thiel había fundado PayPal (1998), Palantir (2003) entre otras empresas y que había sido el primer inversionista externo de Facebook. Tan importante como todo lo anterior fue la fundación del fondo de capital de riesgo Founders Fund que ha invertido en la fase inicial de numerosas startups entre las que destacan Airbnb, LinkedIn, Spotify, SpaceX, DeepMind y ResearchGate. Estas actividades empresariales le han permitido acumular una fortuna que se estima en más de 25 mil millones de dólares. No obstante, estos antecedentes no son suficientes para entender el rol que juega Peter Thiel en la política y en los debates que se han desarrollado en la sociedad estadounidense en los últimos 30 años, su rol articulador de buena parte de los líderes de las 10 mayores fortunas de los Estados Unidos que buscan incidir crecientemente en la vida política de ese país y del mundo, en la estructuración del discurso que subyace a las dos administraciones de Trump y el papel que ha ejercido en las administraciones del actual presidente y el rol de mentor de JD Vance, actual vicepresidente de los EE. UU., y quien tiene hoy la mayor intención de voto de los republicanos para las próximas elecciones presidenciales.
“Thiel, a lo largo del tiempo, mantiene una línea coherente: la convicción de que la libertad no es compatible con la democracia”
Aunque la trayectoria intelectual y política de Peter Thiel muestra cambios relevantes, en lo fundamental deja en evidencia una línea coherente a lo largo del tiempo: la convicción de que la libertad no es compatible con la democracia. El objetivo del presente artículo es analizar la visión de Thiel respecto de la amenazas que enfrenta Estados Unidos y el mundo occidental, su propuesta política, tecnológica, económica y de seguridad para salir del estancamiento que afecta al mundo y también para enfrentar el apocalipsis que espera al mundo, en caso de que el estancamiento no se revierta. Al mismo tiempo, Thiel concluye que la democracia y la libertad son incompatibles con el progreso. En ese marco se entiende la radicalidad del posliberalismo en la construcción de un nuevo orden postdemocrático.
Peter Thiel, a quien el New York Times describió como el intelectual de la derecha más influyente de los últimos 20 años es miembro del Partido Republicano; apoyó la candidatura presidencial de Ron Paul el 2007, se ha definido como libertario, fue el primer tecnocapitalista en apoyar a Donald Trump en 2016. JD Vance trabajó en la empresa de Thiel Fund Mithril Capital. Thiel lo apoyó financieramente en su campaña a senador por Ohio y fue crucial, también, en que Trump designara a Vance como su candidato a vicepresidente. Pero ¿cabe sumar a Peter Thiel al posliberalismo? Thiel no se ha definido explícitamente como posliberal pero en la versión de Laura Field (2025), hay al menos tres elementos que permiten caracterizarlo como tal: su reiterada afirmación de que la democracia y la libertad se han convertido en incompatibles (Thiel 2009), su crítica al liberalismo basado en el pensamiento de Leo Strauss y Carl Schmitt, sus estrechas relaciones con Patrick Deneen y Curtis Yarvin y la idea de construir un gobierno a partir de la forma en que se estructura el poder en las grandes empresas tecnológicas. Para un desarrollo de la discusión en torno a la caracterización de posliberalismo, remitimos a Laura Field (2025) y a Adrian Pabst (2024).
multiculturalismo y corrección política
En el libro escrito en 1995 por Peter Thiel y David O. Sacks The Diversity Myth: Multiculturalism and Political Intolerance on Campus los autores analizan las consecuencias de que la Universidad de Stanford se haya propuesto, en su interpretación, transformarse en la primera academia multicultural del país. Ello se habría justificado, con el argumento de que el multiculturalismo ayudaría a mitigar las numerosas tensiones que afectaban a los Estados Unidos en particular los conflictos entre “blancos y negros, ricos y pobres, religiosos y laicos, heterosexuales y homosexuales, hombres y mujeres” (Sacks y Thiel, 1998, 24) sobre la base del activo que representaba su diversidad. Los resultados de este experimento, según Thiel y Sacks fueron radicalmente distintos a los esperados y dramáticamente nefastos: “los miembros del consejo directivo, los representantes del Congreso, los exalumnos y el público en general habían comenzado a percibir que el gran experimento multicultural había traído consigo todo lo contrario a la educación superior. Había traído restricciones a la libertad de expresión, un nuevo tipo de intolerancia conocida como «corrección política», un currículo histéricamente antioccidental, la creciente politización de la vida estudiantil y la polarización del campus según líneas raciales y étnicas” (Sacks y Thiel 1998, 25). Pero sería Elizabeth Fox-Genovese, de la Emory University quien en el prólogo sintetizaría las implicancias políticas del libro al considerar que la iniciativa de Stanford constituía una declaración de guerra a la civilización” (Fox-Genovese 1998, 13).
Una visión apocalíptica del mundo
Crucial en el desarrollo político de Peter Thiel fue el ataque terrorista de Al Qaeda del 11 de septiembre del 2001 y la creciente percepción de que la economía global sufría un grave estancamiento desde los 70. Desde su punto de vista se empezaba a configurar una amenaza de naturaleza apocalíptica sobre la sociedad occidental, en particular sobre los EE. UU. En este contexto, Thiel y Robert Hamerton-Kelly organizaron, en Stanford, un seminario que se propuso diagnosticar las amenazas que a juicio de los participantes se cernían sobre el Occidente como efecto de los acontecimientos indicados. De este seminario saldría el libro Politics & Apocalypse editado por Hamerton-Kelly en el que Thiel publica un artículo con el críptico nombre de “The Straussian Moment” donde caracteriza las consecuencias del 11 de septiembre:
En aquellas horas impactantes, todo el marco político y militar de los siglos XIX y XX, e incluso de la era moderna, con su énfasis en ejércitos disuasorios, estados-nación racionales, debates públicos y diplomacia internacional, quedó en entredicho. ¿Cómo podían la mera conversación o incluso la fuerza bruta disuadir a un puñado de personas desquiciadas, decididas y suicidas que operaban al margen de todas las normas del Occidente liberal? ¿Y qué se debía hacer ahora, dado que la tecnología había avanzado hasta un punto en el que un número ínfimo de personas podía infligir niveles de daño y muerte sin precedentes? La conciencia de la vulnerabilidad de Occidente exigía un nuevo compromiso, y este nuevo compromiso, inexorablemente, demandaba más seguridad a costa de menos libertad … De la noche a la mañana, la manía fundamentalista por los derechos civiles de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU), que hablaba en el lenguaje de los derechos individuales inviolables, se convirtió en un anacronismo inviable (Thiel 2007, 190. Traducción propia).
Las preocupaciones de Thiel iban más allá:
“El ataque de Bin Laden evidenciaba los límites del pensamiento político estructurado en torno a un economicismo dominante: “desde La riqueza de las naciones, en la derecha, hasta El capital, en la izquierda, pasando por Hegel y Kant y sus numerosos seguidores. Los hechos brutales del 11 de septiembre exigen una revisión de los fundamentos de la política moderna. El objetivo abiertamente intelectual de este ensayo es sugerir en qué consiste dicha revisión” (Thiel 2007, 191)
Leo Strauss, Pierre Manent y Carl Schmitt
La dramática situación descrita, deriva según Thiel de que la política moderna ha dejado de plantearse preguntas fundamentales: ¿Qué es una vida plena?; ¿Qué significa ser humano?; ¿Cuál es la naturaleza de la ciudad y la humanidad?; ¿Cómo encajan la cultura y la religión en todo esto? Para el mundo moderno, la muerte de Dios fue seguida por la desaparición de la cuestión de la naturaleza humana. (Thiel 2007, 191). Esta desaparición tuvo como consecuencia el tratamiento de los humanos como actores económicos y racionales (en lo que coinciden tanto Smith y Marx) lo que significa según Thiel: “entonces, aquellos que buscan la gloria en nombre de Dios o de la patria parecen extraños; pero si tales personas extrañas son comunes y capaces de imponerse con una fuerza explosiva, entonces la concepción de la política, que pretende que no existen, necesita ser reexaminada” (Thiel 2007, 192). Para Thiel, la noción del ser humano como homo economicus rompe con las tradiciones antiguas, lo que es resultado de que dichas tradiciones consistían en dos corrientes incompatibles: la de Atenas y Jerusalén que Pierre Manent sintetiza en The City of Man:
A ojos del ciudadano, ¿qué valor tiene la mortificación del cristiano, cuando lo que importa no es arrodillarse sino montar a caballo, y los pecados que uno debe expiar o, mejor dicho, corregir no son los que se cometen contra la castidad y la verdad, sino los errores militares y políticos? A ojos del cristiano, ¿qué valor tienen los esfuerzos políticos y militares del ciudadano, cuando cree que, victoria o derrota, sea cual sea el régimen, este mundo es un valle de lágrimas asolado por el pecado y que los estados no son más que vastas bandas de ladrones? Para cada uno de los dos protagonistas, los sacrificios que el otro exige son vanos (Manent 1998, 27, citado por Thiel 2007, 192).
Al abandonarse la reflexión sobre estas preguntas, surgen “desviaciones” de las prescripciones del derecho natural: las enseñanzas de Locke respecto del mandato de honrar a los padres no se aplica si estos han sido descuidados; la libertad de la mujer para separarse del marido; que lo importante no es el amor a Dios ni a los demás, sino la preocupación por la propia supervivencia, la idea de que la avaricia no es un pecado mortal y no hay nada malo en la acumulación sin límites de la riqueza y “por lo tanto, es natural que la ley de Dios y de la naturaleza diga que el gobierno no debe aumentar los impuestos sobre la propiedad del pueblo sin el consentimiento del pueblo, otorgado por sí mismo o por sus representantes” (Thiel 2007, 194-195). Siguiendo a Pierre Manent, Thiel critica a Locke por desconocer la naturaleza humana afirmando su carácter incognoscible lo que conduce al liberalismo clásico a afirmar la libertad de religión y expresión pues no es posible criticar irrefutablemente ninguna de ellas (Thiel 2007, 196-197).
Contra Locke, Thiel rescata a Carl Schmitt cuando afirma la inevitabilidad de la guerra y de que forma parte de la condición humana estar dividido por las cuestiones de la naturaleza y de la humanidad y tomar partido. Para Thiel, Schmitt capta claramente la naturaleza del enfrentamiento entre el Occidente y el Islam. Mientras que el “bando islámico” conserva una fuerte concepción religiosa y política de la realidad; considera su lucha contra Occidente como un asunto más importante que la vida o la muerte, porque Alá juzgará a sus seguidores en el más allá por su desempeño en esa lucha” en el “bando occidental” “existe una gran confusión sobre el propósito de la lucha y la razón de ser de una guerra civilizatoria” para agregar que “incluso los partidarios occidentales más acérrimos de la guerra saben que ya no creemos en la existencia de un Dios con nosotros en el cielo. (Thiel 2007, 200-201). Central es la referencia a René Girard, pero que por razones de espacio no podemos desarrollar.
La teoría del estancamiento global
Durante la década del 2010, Thiel incorpora en su pensamiento la idea de que el progreso tecnológico, al menos comparado con las expectativas de los años sesenta y setenta del siglo pasado, se ha quedado corto en muchos ámbitos. Un ejemplo es el fin del aumento de velocidad aérea cuya principal expresión es el desmantelamiento del Concorde en 2003 y los retrasos causados por los sistemas aeroportuarios. Más en general, las ideas, de ese entonces, sobre vacaciones lunares y la exploración tripulada del sistema solar parecen simples historias de ficción. La explicación oficial, según Thiel, de que ello se debe al alto costo del combustible, invisibiliza el grave fracaso de la innovación energética efecto de la victoria del ecologismo y las preocupaciones por la proliferación nuclear. Para Thiel, la “tecnología limpia” se ha convertido en un eufemismo para “energía demasiado cara para costearla” (Thiel 2011). Aun cuando Thiel reconoce que la medicina no se ha estancado por completo, abundan los indicios de un progreso más lento y de expectativas reducidas como evidencia que en 1970 se prometió la victoria sobre el cáncer en 6 años, lo cual no ha sucedido. Para Thiel, en el 2011 las computadoras se habían convertido en la única esperanza para el futuro tecnológico. En el mismo año, el autor consideraba que el acontecimiento más importante de los últimos años había sido el estancamiento generalizado de los salarios e ingresos reales desde 1973.
Para Thiel, la desaceleración tecnológica constituye una grave amenaza no solo para los mercados financieros como quedó demostrado en la crisis del 2007-2008, sino que también para el “orden político moderno, basado en un crecimiento fácil e implacable. El equilibrio de poder en las democracias occidentales se fundamenta en la idea de que podemos diseñar soluciones políticas que permitan a la mayoría ganar la mayor parte del tiempo. Pero en un mundo sin crecimiento, cabe esperar un perdedor por cada ganador. Muchos sospecharán que los ganadores están involucrados en algún tipo de corrupción, por lo que podemos prever una política cada vez más hostil. Es posible que estemos presenciando los inicios de un sistema de suma cero en la política de Estados Unidos y Europa Occidental, a medida que los riesgos se desplazan de ganar menos a perder más, y mientras nuestros líderes buscan desesperadamente soluciones macroeconómicas a problemas que, desde hace mucho tiempo, no se centran principalmente en la economía…. (El gran impulso científico y tecnológico del siglo XX propició muchas ideas económicamente ilusorias” (Thiel 2011).
“Hoy una carta de Einstein se perdería en la sala de correo de la Casa Blanca, y el Proyecto Manhattan ni siquiera se iniciaría”
En este contexto, quien se definía como nacional libertario, da un giro radical. Reconoce el rol estratégico central que jugó el Estado en el impulso de la ciencia y el desarrollo tecnológico, como fueron el invento de la tecnología nuclear o el proyecto al que convocó John Kennedy en 1963 para llegar a la Luna. No obstante, sostiene Thiel: “en la práctica, todos intuimos que ello pertenece a una época muy distinta. La mayoría de nuestros líderes políticos no son ingenieros ni científicos, y no escuchan a ingenieros ni científicos. Hoy en día, una carta de Einstein se perdería en la sala de correo de la Casa Blanca, y el Proyecto Manhattan ni siquiera se iniciaría; sin duda, jamás podría completarse en tres años. No conozco a un solo líder político en Estados Unidos, ni demócrata ni republicano, que recortaría el gasto en sanidad para liberar fondos para la investigación biotecnológica, o, en general, que recortaría drásticamente el estado del bienestar para liberar fondos importantes para grandes proyectos de ingeniería” (Thiel 2011).
Sobre la base de este diagnóstico Thiel sostiene que el Estado debe desarrollar una activa política industrial. Esta es una expresión del distanciamiento de los posliberales respecto del neoliberalismo reaganiano que sirvió de base al consenso conservador del partido Republicano desde Reagan y que fue puesto en cuestión por Trump. Titus Techera de Law & Liberty, organismo que incluye entre otros intelectuales a Daniel J. Mahoney, señalaba respecto de la intervención de Peter Thiel en la “National Conservatism Conference” de 2019, que éste había ofrecido una visión populista respecto de la grandeza de los Estados Unidos, donde el gobierno federal desarrolla una visión política que enfatiza la centralidad del progreso tecnológico. Constataba en él un giro desde un libertarianismo dogmático hacia una visión en que el gobierno federal desarrollaba una política industrial y apoyaba la investigación científica básica y, al mismo tiempo revivía “la seriedad conservadora de la era de la Guerra Fría con respecto de la seguridad nacional” (Techera 2019).
“Un fundador singular puede tomar decisiones autoritarias, inspirar una fuerte lealtad personal y planificar a largo plazo”
Es en su libro “Zero to One” Thiel desarrolla su visión respecto del crecimiento económico. Su afirmación central es que la innovación y el desarrollo de nuevas tecnologías son esenciales para el progreso de la sociedad. Pone en cuestión que la libre competencia sea superior al monopolio en la promoción del crecimiento ya que “en competencia perfecta, a largo plazo ninguna empresa obtiene beneficios económicos. Lo opuesto a la competencia perfecta es el monopolio. Mientras que una empresa competitiva debe vender al precio de mercado, un monopolio es dueño de su mercado, por lo que puede fijar sus propios precios. Al no tener competencia, produce en la cantidad y al precio que maximizan sus beneficios” (Thiel 2014, 20). Estos beneficios permiten financiar las grandes inversiones que deben realizar las empresas tecnológicas que están creando las bases para el futuro posible que visualiza Thiel. Pero la experiencia de las startups no es relevante solo para generar las condiciones para el progreso tecnológico que se necesita; son relevantes también para imaginar la gobernanza que requieren las sociedades modernas. En la sección que lleva como título “El retorno del rey” del capítulo 14, Thiel concluye que sus estructuras de gobernanza sugieren “que las empresas que crean nuevas tecnologías a menudo se asemejan más a monarquías feudales que a organizaciones supuestamente más «modernas». Un fundador singular puede tomar decisiones autoritarias, inspirar una fuerte lealtad personal y planificar a largo plazo. Paradójicamente, las burocracias impersonales, integradas por profesionales capacitados, pueden perdurar más que cualquier generación, pero suelen operar con horizontes temporales cortos” (2014, 143).
el gobierno de los tecnocapitalistas y Palantir
El discurso apocalíptico que, como vimos, Thiel viene desarrollando, desde la publicación de su libro sobre la universidad de Stanford adquiere, crecientemente, una dimensión religiosa que ha llevado al Vaticano a involucrarse en el debate. Thiel reitera que el mundo actual sufre la amenaza de su destrucción total como efecto de una posible guerra nuclear. Frente a ello, sostiene Thiel, algunos proponen un Estado mundial que regule el desarrollo tecnológico, en particular, la IA. Para Thiel ello sería peor que la enfermedad. Se trata de una amenaza no solo antidemocrática sino que además, por ser ultra regulador, pondría fin al desarrollo de las nuevas tecnologías, y con ello la sociedad de la abundancia que a su juicio ellas generan. El rechazo de Thiel a toda regulación de la IA lo justifica con base a la idea de que a su juicio, la regulación ha sido la causante del estancamiento que viene experimentando el mundo. Un ejemplo es la regulación de los medicamentos. Desde su punto de vista ello deriva del predominio de la percepción de que la ciencia y la tecnología constituyen una trampa y, por tanto, dado que existen riesgos apocalípticos, se considera mejor enlentecer la innovación para evitar “Armagedón”, esto es el fin del mundo provocado por una liberación incontrolada de las nuevas tecnologías.
“Thiel recupera la profecía del Anticristo. Se trata de una figura que puede ser conceptualizada ‘como un sistema o una ideología, un poco como el comunismo, como un sistema mundial único‘”
En este contexto, Thiel recupera la profecía del Anticristo. Se trata de una figura que puede ser conceptualizada “como un sistema o una ideología, un poco como el comunismo, como un sistema mundial único” (Thiel 2025 B). “Se puede pensar, como lo hace Newman, como el dictador definitivo de un Estado mundial único, poniendo más énfasis en la personalidad. El Anticristo puede ser, por tanto, un sistema o un arquetipo” (Thiel 2025 B).
Ello no implica, dice Thiel, desconocer que la IA, pese todos los beneficios que genera, trae consigo amenazas. Pero es posible enfrentarlas con la autorregulación de las propias empresas y políticas específicas. Es así como propone enfrentar la amenaza de la desaparición del trabajo, con lo que llama el “altruismo efectivo”, entendido como una nueva forma de beneficencia estatal generalizada.
En el contexto apocalíptico del Anticristo o del Armagedón, esto es “un solo mundo o ninguno”, tampoco comparte la visión del constitucionalista católico Adrian Vermeule quien ha propuesto un gobierno ampliado, a nivel continental, lo que representaría un paso hacia la gobernanza mundial que basado en la ética cristiana y velando por el principio de subsidiariedad puede hacer posible una coordinación internacional. Para Thiel, un gobierno ampliado sería un poder sin control, sin oposición externa. Se distancia también de la subsidiariedad que a su juicio puede ser una buena teoría pero en la práctica todo ello se controlará en la cima de la jerarquía. (Thiel 2025 B).
Frente a estas posiciones, Thiel retoma la visión de Nick Land que en su libro “La ilustración oscura” parte calificando de mito la idea de que el Estado pertenece a la ciudadanía.
“Para un neocameralista, el Estado es una empresa propietaria de un país”
De lo que se trata, según Land, “es reconocer la instancia verdaderamente dominante del llamado sistema democrático. Si el Estado no puede ser eliminado (al contrario de lo que plantean las utopías anarcocapitalistas), pues para los que lo manejan “tiene un valor demasiado grande como para renunciar a él y, dado que constituye la encarnación concentrada de la soberanía en la sociedad, nadie puede obligarlo a hacer nada; no obstante, es posible curarlo de la democracia (o del mal gobierno sistemático y degenerativo), y la forma de lograrlo es mediante la formalización de ese poder. A este enfoque él (se refiere a Mencius Moldbug) lo denomina «neocameralismo». Para definir esta noción Land cita a Moldbug: Para un neocameralista, el Estado es una empresa propietaria de un país. El Estado debe gestionarse como cualquier otra gran empresa, dividiendo la propiedad lógica en acciones negociables, cada una de las cuales otorga derecho a una fracción precisa de los beneficios estatales. (Un Estado bien gestionado resulta muy rentable). Cada acción conlleva un voto, y los accionistas eligen un consejo de administración que se encarga de contratar y despedir a los directivos” (Moldbug …citado por Land 2022, 9)
Para luego agregar:
“… si bien el enfoque neocameralista en su totalidad nunca se ha puesto a prueba, sus equivalentes históricos más cercanos son la tradición del absolutismo ilustrado del siglo XVIII, representada por Federico el Grande, y la tradición no democrática del siglo XXI, presente en fragmentos perdidos del Imperio Británico como Hong Kong, Singapur y Dubái. Estos estados parecen ofrecer servicios de muy alta calidad a sus ciudadanos, sin una democracia significativa. Presentan una delincuencia mínima y altos niveles de libertad personal y económica. Suelen ser bastante prósperos. Suelen ser débiles en cuanto a libertad política, y esta, por definición, carece de importancia cuando el gobierno es estable y eficaz” (Land 2022, 10-11).
De lo que se trata, en definitiva, de un Estado orientado por la razón técnica definida por los propietarios de las 10 empresas más grandes del mundo, que concentran aproximadamente el 22% de la capitalización bursátil total de los mercados de acciones globales y por tanto tendrían el control de este Estado.
“Tras el vocabulario republicano, se despliega una estrategia que puede resumirse en una fórmula: transformar el Estado en una filial de su propia infraestructura digital, vaciando así la soberanía de su dimensión democrática”
Peter Thiel tiene muy claro que esta distopía no es fácil de imponer, que enfrentan múltiples y diversos adversarios. En este contexto, el libro de Alexander Karp, CEO y cofundador de Palantir, “The Technological Republic”, coescrito con Nicholas Zamiska, actualiza y desarrolla la visión de Thiel sobre lo que es necesario hacer para superar el dilema entre Armagedón y el Anticristo y avanzar hacia el Estado propuesto por Land. En el resumen, que los propios autores del libro publicaron, sostienen que Silicon Valley tiene una deuda moral con el país que hizo posible su ascenso. Por tanto, la élite de la ingeniería de Silicon Valley tiene la obligación positiva de participar en la defensa de la nación. Como venía planteando Thiel desde el 2004, los límites del soft power, de la retórica brillante son hoy evidentes. La capacidad de las sociedades libres y democráticas para imponerse exige algo más que un llamado moral. Adelantándose a la política desarrollada en la segunda administración de Trump sostenían que es necesario el “hard power”, que en el presente siglo se basará en el software. Para los autores y Thiel, la cuestión no es si se fabricarán armas basadas en la IA, sino quién las fabricará y con qué fin. A su juicio, los adversarios no se detendrán en debates sobre las ventajas del desarrollo de tecnologías con aplicaciones críticas para la seguridad nacional y militar. Derrotar a un adversario es un momento para hacer una pausa, no para regocijarse. Para Karp y Zamiska, la era atómica llega a su fin y una nueva era de disuasión, basada en la IA, está a punto de comenzar. Corresponde al Silicon Valley un papel central en la lucha contra la delincuencia violenta, respecto de los cuales muchos políticos, en Estados Unidos, se han limitado básicamente a encogerse de hombros. Llama la atención que algunas culturas han producido avances vitales; otras siguen siendo disfuncionales y regresivas. Pero para la relatividad liberal, en que la crítica y los juicios de valor están prohibidos, todas las culturas son ahora iguales. Debemos resistir la tentación superficial de un pluralismo vacío y sin sentido. Nosotros, en Estados Unidos, y más ampliamente en Occidente, hemos resistido durante el último medio siglo la definición de culturas nacionales en nombre de la inclusión. Pero ¿la inclusión en qué?
Tras el vocabulario republicano, se despliega una estrategia que puede resumirse en una fórmula: transformar el Estado en una filial de su propia infraestructura digital, vaciando así la soberanía de su dimensión democrática. (Miranda y Gressani 2026). El eslogan interno de Palantir, «tu software es el sistema de armas», pone de manifiesto la disolución de la frontera entre lo civil y lo militar, y se entiende a partir de la fórmula que resume la propuesta de valor de Palantir: «el hard power de este siglo se basará en el software». Las plataformas Gotham, Foundry y AIP se presentan como la infraestructura de un nuevo tipo de poder cinético. En concreto, esto significa la fusión, en tiempo real, de datos satelitales, datos procedentes de drones, inteligencia humana y logística, al servicio de un ciclo de selección de objetivos acelerado. (Miranda y Gressani 2026). En suma, lo que es bueno para Palantir es bueno para EE. UU.

NOTAS Y REFERENCIAS
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Eugenio Rivera Urrutia