Ilustración: Leo Camus

COP 27

El giro definitivo de la política climática global

La meta que se fijó en París en 2015 fue impedir que la temperatura del planeta subiera 1,5 grados. Este análisis sostiene que en la reciente cumbre climática realizada en Egipto hubo “una suerte de golpe de estado contra ese paradigma de cuño científico” y los países parecen haber aceptado que la meta no se cumplirá. El autor explica que la mirada científica falló porque entendió solo la mitad del problema: que el calentamiento global es resultado de la emisión humana de CO2. No entendió, sin embargo, que ese contaminante no lo generan actores específicos y controlables sino una “compleja sociedad ingobernable, incluso para la política climática”. La columna propone que el paradigma científico no puede fijar una estrategia para cambiar la sociedad porque eso es esencialmente tarea de la política.


Es probable que la COP27 (realizada en Egipto en noviembre de 2022) sea recordada como el momento en que la política climática global dio un giro estructural definitivo y dejó de tener como meta la mitigación para enfocarse en cómo nos adaptaremos a un cambio que se asume inevitable. De hecho, el único acuerdo relevante de esa reunión fue la creación de un fondo global para compensar pérdidas y daños derivados del cambio climático en los países más vulnerables. Esta decisión encubre la incapacidad para evitar que crucemos la línea roja establecida en la cumbre de Paris (2015) cuando los países se comprometieron a reducir sus emisiones de CO2 para impedir que la temperatura media global se incrementara en 1,5 grados.

En un extenso artículo previo a la cumbe en Egipto The Economist  había advertido sobre la inviabilidad material de alcanzar ese objetivo y también sobre el surgimiento de voces que movían la línea roja más allá, argumentando que era igualmente digna una la lucha por limitar el incremento sobre los 2,2 grados[1].

En la propia COP se vivieron momentos tensos cuando algunos países trataron de eliminar el objetivo de los 1,5 grados. Pero, lo que muestra más claramente la compleja situación actual es que, a pesar de la evidencia científica de que con los actuales compromisos sobre el CO2 no será posible alcanzar la meta de París, la COP27 no pudo exigir esfuerzos mayores en mitigación a los 197 países miembros. Es decir, se trata de la aceptación informal de que la barrera de 1,5 grados se superará, aunque por razones políticas no se haya abdicado formalmente de ella. Esto hace aún más significativo lo acordado en materia de apoyo a los países más vulnerables al cambio climático.

Este escenario sugiere un giro de 360 grados en el diseño de la política climática global. Hasta ahora el discurso científico había tenido un rol predominante en ese diseño pero es posible que las consideraciones políticas comiencen a imponerse. A lo largo de la existencia de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) la mirada política ha estado indudablemente presente: basta ver los vaivenes a que ha estado sometida la Convención. No obstante, hasta ahora la política había protegido al discurso científico, pues si no fuese así, no habría Convención. Eso ha permitido que la política climática haya tenido como eje la definición de un nivel de temperatura, que por definición solo podía emerger como discurso científico.


¿Qué viene ahora? Una vez que la sociedad entra en la ecuación política es difícil encontrar una solución única: la pregunta sobre cómo se tiene que organizar la sociedad para enfrentar el cambio climático tiene diversas respuestas.


El rol predominante de este discurso es la razón de que el debate político climático haya sido tan ácido: quien no estaba de acuerdo con las decisiones tomadas sobre bases científicas solo podía intentar desprestigiar ese discurso. No había espacio para un debate político propiamente tal, pues nadie en su sano juicio se hubiese atrevido a rebatir el objetivo de 1,5 grados, y proponer 2,2, menos aún después del último informe del IPCC .[2]

En ese sentido la COP 27 ha supuesto atravesar el Rubicón. Hoy no sólo los fanáticos negacionistas cierran los ojos al discurso científico, sino que los gobiernos del planeta de facto se abren a una relativización de las metas en un momento tan crítico como para para que el Secretario de la ONU dijese: “Nos acercamos al infierno climático, aún con el pie en el acelerador». Ha sido una suerte de golpe de Estado al paradigma de la política climática global de cuño científico.

Una vez que de facto se relativizan las metas de mitigación derivadas del discurso científico, es esperable que adquiera preponderancia el discurso político, pues ¿quién va a definir el siguiente límite, sino las condiciones socio político económica reinantes en cada momento y las negociaciones y el regateo del caso? Eso ha sido justamente lo que ha hecho que el límite de los 1,5 grados esté siendo dejado de lado.

El rol de la política se hará cada vez más importante en la medida que los inevitables efectos del cambio climático se acentúen: ¿quién debe pagar los costes del cambio climático?, ¿existe un sujeto histórico común que debe hacerse cargo de esos efectos?, y si es así ¿hasta dónde debe sacrificarse cada uno? Hay un amplio abanico de cuestiones que son en esencia, problemas políticos.

Es decir, la política climática se tornará una política pública como tantas otras, con sus altas y sus bajas, con paradigmas encontrados y aceptables de lado y lado, y sobre todo con un objetivo final abierto y deslizante en el tiempo. No es para asustarse, pues una vez que la ciencia ha construido un sólido piso de realidad en torno al cambio climático, es momento de que la política haga su trabajo.

Ilustración: Leo Camus

La dificultad con que ha topado el discurso científicamente fundado es que lo que aborda es lo que puede explicar científicamente: que el incremento de la temperatura media global tiene su origen en la emisión de origen antrópico de CO2. Desde esa perspectiva resulta obvio que la política pública debe centrarse en disminuir las emisiones, por ejemplo, cerrar el grifo de quienes consumen combustible fósiles. Sin embargo, lo que la ciencia no podía abordar, porque no puede explicarlo de forma científicamente rigurosa, es que quien abre o cierra esos grifos es la sociedad y no unos meros operadores a los que se puede ordenar/incentivar. Las fuerzas motrices que hacen que esos grifos se cierren o se abran están muy lejos de sus operadores fácticos: están en otro lado y muy difusamente distribuidos, parapetados en estructuras de poder complejas.

La COP27 ha terminado por toparse con la compleja sociedad, que es la que emite el CO2 que calienta el planeta. Es una sociedad ingobernable, incluso para la política climática, pues no hay que olvidar que esa política la hace también esa sociedad a la que se quiere dirigir hacia otro destino climático.


La COP 27 ha supuesto atravesar el Rubicón. Hoy no sólo los fanáticos negacionistas cierran los ojos al discurso científico, sino que los gobiernos del planeta se abren a una relativización de las metas en un momento crítico.


Era muy improbable que la aproximación científica al cambio climático hubiese podido adoptar, por sí misma, una visión holística y percatarse de que había explicado solo la mitad del fenómeno. Es improbable también que el paradigma científico, aún comprendiendo que la producción de CO2 no se debe a entidades triviales sino a una sociedad compleja, hubiese llegado a la conclusión de que una política climática lineal como la actual, con una línea roja de 1,5 grados, simplemente no era factible. No, ha sido la política, de mala manera, como hace siempre la política, la que ha introducido por la ventana lo que se había sacado elegantemente por la puerta.

¿Qué viene ahora? Una vez que la sociedad entra en la ecuación política es difícil encontrar una solución única, pues la pregunta sobre cómo se tiene que organizar la sociedad para enfrentar el cambio climático tiene diversas respuestas. Por otra parte, aunque se pueda concordar en que la causa última de un fenómeno de esta envergadura es el tipo de sociedad en que se vive, no es posible recomendar un cambio de la sociedad desde la política climática. Ese cambio solo puede surgir a partir de un debate político propiamente tal. Aún más, no es posible sostener que existe UNA “solución” al cambio climático, pues esto sólo es factible eliminando el factor “sociedad” de la ecuación; y la sociedad emergerá más temprano que tarde, como este giro en la COP27 ha demostrado. Más bien la ciencia debiera señalar que, en primera instancia, incluso para un problema de esta gravedad, no existe UNA “solución” y que es la propia sociedad quien tiene que construirla. Si la ciencia da ese paso sería una forma de reconocimiento de que la sociedad es parte de la ecuación. Implicaría devolverle el liderazgo y la preminencia a la sociedad y conciliar el discurso de la política climática con la realidad social, sin lo cual es imposible saber dónde se está en cada momento o saber qué es un avance y qué es un retroceso.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] The Economist cita a Daniel Schrag, de Harvard, quien argumenta que el sistema climático funciona sobre una escala móvil, en la que las temperaturas globales más altas conllevan mayores impactos y riesgos. «1,5 °C no es seguro y 2,2 °C no es el fin del mundo».

[2] El Sexto Informe de Evaluación del IPCC no hace sino que confirmar con abrumadora evidencia científica la necesidad de mantener el incremento de la temperatura media global en 1,5 grados, tal como ya lo había señalado detalladamente el informe previo del IPCC Calentamiento Global de 1,5 grados. Ver informe aquí.

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