Claves para leer a Chile después del plebiscito (1)

Los partidos no funcionan distinto a los independientes

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Algunos creen que el problema de la constituyente fue la falta de especialistas; otros mencionan el exceso de independientes o la polarización de la sociedad chilena como causas de que no se alcanzaran acuerdos sustantivos. El politólogo Juan Pablo Luna cree que esas ideas se basan en confusiones conceptuales que, lamentablemente, perdurarán más allá del plebiscito y que no permiten ver que “vivimos en una sociedad estallada, con una economía estancada y un estado crecientemente incapaz y desafiado por actores de facto”, explica. En esta columna aborda la obsesión de la elite chilena por crear modelos que sean un ejemplo para otros países; y el mito de que los partidos funcionan distinto a los independientes. El próximo domingo iremos a las urnas pensando que se nos ofrecen dos caminos muy diferentes. Este texto nos recuerda que, a pesar de las diferencias, en las dos alternativas hay similares problemas estructurales que limitarán las opciones de los que ganen.


Chile tiene una curiosa obsesión: constituirse en un modelo para otros (vaya a saber qué trauma de la infancia nacional late bajo ese impulso recurrente). Un día sí y otro también alguien me pregunta ¿cómo nos ven desde fuera? Otros sacan a relucir rankings favorables (aunque cada vez menos) o me hablan con desdén, tal vez engrupidos por mi acento, de la deriva de Argentina. La obsesión con ser un país modelo es tal que los períodos democráticos de los últimos setenta años pueden pensarse como una sucesión de modelos imaginados desde arriba (“la revolución en libertad”, “la vía chilena al socialismo”, “la transición ejemplar”, “la democracia de los consensos”, el “oasis latinoamericano”).

Como toda abstracción analítica los modelos simplifican necesariamente la realidad. A diferencia del mítico Funes de Borges, quien al no poder olvidar detalles era incapaz de abstraer y teorizar, los pensadores de modelos deben estar equipados para olvidar detalles. La trampa de Chile es que los detalles que nuestros pensadores de modelos eligen olvidar y soslayar vuelven recurrentemente por sus fueros. Y así, sin excepción los modelos terminan dándose de frente contra sus contracaras olvidadas.

En ese movimiento, a lo largo de toda la historia independiente de Chile, los modelos del arriba han sido impugnados desde abajo vía revueltas o breves experiencias de gobierno popular, desatando crisis que eventualmente terminaron con la imposición, otra vez desde arriba, de un nuevo modelo. El ciclo se ha repetido desde la Independencia, cada 40 o 50 años. Lamentablemente, el tránsito entre crisis y modelos ha sido regularmente violento. Obnubilados por la promesa fulgurante del nuevo ciclo, los pensadores de modelos parecen olvidar una y otra vez ese detalle, mientras celebran las virtudes del gradualismo y de un consenso socialmente excluyente.


“Soñar con que tras el horizonte habrá “una que nos una” o una “constitución modelo para el mundo” parece hoy tan infantil como suicida”


En virtud de esa trayectoria se pensó que en la canalización institucional del estallido de 2019 y en la construcción de “la casa de todos” estaban los cimientos fundamentales de una ruptura histórica: era la posibilidad de construir un nuevo modelo, tramitándolo por primera vez “desde abajo” y con niveles históricamente inauditos de legitimidad democrática y representación descriptiva (en función de la paridad, los cupos reservados, y la heterogeneidad en términos de origen socioeconómico de los constituyentes). Cualquiera sea el resultado del plebiscito hoy está claro que esa ruptura histórica está en cuestión.

Existen múltiples razones tras esa frustración. Una de esas razones está en la tramposa obsesión constituyente, sobre la que ya he escrito en estas páginas (ver “Nuestra obsesión constituyente y el país real”). Pero otra es la búsqueda de una constitución que sea un modelo para el mundo. Así, quienes protagonizaron el proceso nos repetían cada cinco minutos que “estábamos haciendo historia”. En la vereda de en frente, los de siempre, esta vez desde el resentimiento de no ser ellos quienes estaban modelando la nueva sociedad contrapusieron la realidad del debate constitucional a lo que creían debía ser un debate modelo.

Pocos parecen haber entendido que vivimos en una sociedad estallada, con una economía estancada y con un estado crecientemente incapaz y desafiado por actores de facto. En esa sociedad, cada vez más, el derecho a la vivienda o el derecho de propiedad depende menos de la minucia constitucional (como asumen unos y otros) y más de la inoperancia estatal que se registra a pocas cuadras del país imaginado, en el país real. Esas situaciones de facto no solo deterioran las condiciones de inversión, también limitan decisivamente el acceso de los menos privilegiados a derechos de ciudadanía civil, política y social. No parece casual, en virtud de ello, que el debate constituyente haya frustrado más rápidamente las expectativas de las dos puntas de la distribución del ingreso. Como documentamos en Plataforma Telar, el panel empresarial (siempre refractario al proceso constituyente) y el panel territorial (en principio esperanzado, progresivamente menos optimista) son los que registran una evaluación más negativa de la constituyente (ver Evolución temporal de las percepciones sobre la Convención Constituyente y Paneles UP Plataforma Telar).

La dimensión y el calado de los problemas cotidianos de las personas y la atomización y desarraigo social de nuestra política deberían haber dotado ya de un poco de realismo a nuestros pensadores de modelos. Soñar con que tras el horizonte habrá “una que nos una” o una “constitución modelo para el mundo” parece hoy tan infantil como suicida. Lo imprescindible y lo que puede lograrse en este trance es dar con una fórmula mínimamente consensuada para tramitar democráticamente nuestras diferencias (en lugar de cristalizar consensos imaginarios que desde uno y otro lado se plantean como hegemónicos). Esa fórmula, tal vez, se podrá ir perfeccionando (y legitimando) en el camino, si es que logra progresivamente vertebrar y canalizar institucionalmente conflictos y demandas que hoy escaparon a la arena institucional y a la gestión política.

Así, en la confrontación de estos meses, el debate sobre la Convención Constitucional y su propuesta de nueva constitución ha estado jalonado por el choque entre dos idealizaciones contrapuestas y la realidad, que obviamente es mucho más limitada y problemática que ambos imaginarios. Junto al malentendido mayor (dos visiones idealizadas del proceso y una obsesión constituyente), en la narrativa sobre la Convención han emergido también una serie de malentendidos complementarios. Me temo que esos malentendidos seguirán pesando negativamente en el proceso político que se abre post-plebiscito, porque se trata de malentendidos que son genuinos y también relevantes.


“Piense por un minuto en Rojas Vade, o en los convencionales más estridentes que recuerde. ¿Son esas figuras tan diferentes a “el Sheriff”, “la Abuela”, “Florcita”, Kaiser, o de la Carrera?”


No me refiero por supuesto a los argumentos del trumpismo criollo, claramente decidido a boicotear lo poco que todavía funciona bien de la institucionalidad democrática. Asimismo, no me interesa referirme a los argumentos más burdos que solo la ictericia aguda puede causar. Tampoco me referiré a las visiones más apasionadas sobre el proceso que han hecho de esta campaña una insufrible letanía.

Me interesa referirme a lo que considero son genuinos errores de interpretación. Además de genuinos, esos malentendidos son relevantes porque tienen su origen en la crítica que nuestros más tradicionales y reputados pensadores de modelos han formulado al proceso. Casi todos esos críticos pertenecen a una ciencia social con vocación imperial (creen que su método y teoría sirve para entender y explicar casi todo). Son muy relevantes porque esos pensadores de modelos influyen mucho entre quienes hoy apuestan, con tanta miopía como ilusión, a volver a controlar el proceso desde arriba. Dada la centralidad que ganarán por defecto los actores tradicionales en ambos escenarios (Apruebo o Rechazo), esos malentendidos pueden seguir jugándonos en contra en el debate que se abrirá una vez conocido el resultado del plebiscito.

En esta columna y en la siguiente quiero problematizar tres de esos malentendidos: el rol de los independientes; el rol de los expertos y los técnicos en el proceso; y los efectos de una presunta polarización ideológica. El resto de este texto discute el primer malentendido. La próxima entrega analiza la ausencia de técnica que se le imputa al proceso constituyente, así como la presunta polarización de la sociedad chilena.

LA CULPA ES DE LOS INDEPENDIENTES

Se ha argumentado que el problema de la Convención ha sido la elección masiva de independientes. Quienes esgrimen este argumento establecen una comparación con el sistema de partidos cuyas virtudes contraponen, al menos de forma implícita, a la de los independientes. En la vertiente “noeslaformista” de este argumento, la figura de los independientes suele asociarse también a las salidas de tono de los convencionales y de la Convención. En función de este malentendido asumimos también que en el Congreso domina la lógica de los partidos políticos y que en la Constituyente dominaron los independientes.

Todos sabemos que la democracia liberal no funciona bien sin partidos políticos. El problema es que los que hay en Chile son partidos disminuidos (ver Diminished Parties Democratic Representation in Contemporary Latin America), cuyo funcionamiento real no es muy diferente al de los independientes. Se trata de organizaciones débiles, internamente fragmentadas, crecientemente dependientes de liderazgos individuales (muchos de ellos son caudillos territoriales) que compiten bajo un sello oficial que funciona más como paraguas que como organización colectiva. Para prosperar, esos liderazgos deben diferenciarse y llamar la atención, y lo hacen marcando diferencias no solo con miembros de otros partidos sino con sus propios correligionarios. Se gana adhesión impugnando, rompiendo filas, explotando el sentimiento anti-partido y anti-política.

Piense por un minuto en Rojas Vade, o en los convencionales más estridentes que recuerde. ¿Son esas figuras tan diferentes a “el Sheriff”, “la Abuela”, “Florcita”, Kaiser, o de la Carrera? ¿Es más grave lo de Rojas Vade que lo de figuras otrora influyentes en la interna de partidos históricos como el alcalde PS Aguilera? ¿Cómo evaluar el caso de la “Robotina” elegida en su momento como independiente pro UDI y con el apoyo de Chile Vamos? ¿En definitiva, existen tantas diferencias entre el sistema de partidos y su lógica de funcionamiento actual y lo que vimos en la Convención Constituyente? ¿Es la proporción entre gente seria y este tipo de personajes tan diferente entre uno y otro ámbito institucional? ¿Cuánto vale ser partido, si el partido con más militantes inscritos al 31 de Julio de 2022 en el SERVEL (el Partido de la Gente) logró ese resultado montando un esquema bastante similar al de una estafa piramidal para inscribirse en 2021?

Con buenas razones, la crítica a los independientes se ha centrado en el chascarro de la Lista del Pueblo. Sin embargo, esa crítica soslaya hechos relevantes. En un clima destituyente en que los votantes optaron en muchos casos por aquellas figuras que menos conocían por oposición a las caras de siempre, los partidos amortiguaron su derrota abriendo cupos a los independientes. Por esa razón, si consideramos independientes puros, su peso en la Convención fue de aproximadamente un tercio. Otro tercio fue ocupado por figuras de partido, mientras el tercio restante, de nuevo en términos aproximados, corresponde a independientes que compitieron en cupos de partido.

Ante una elección que acertadamente previeron como difícil para sus figuras tradicionales, los partidos que hoy vemos como antídoto a los independientes les abrieron espacio en sus listas. Solo a modo de ejemplo, dos de los constituyentes más criticados por estos días (Jorge Baradit y Daniel Stingo) fueron electos como independientes en cupos del Partido Socialista y de Revolución Democrática.

Al comparar los dos 4 de Julio (el de la instalación caótica de la Convención en 2021 y el ordenado y patriótico de 2022) es posible concluir que cuando la sombra del rechazo finalmente se volvió más tangible al interior de la Convención, el órgano constituyente asumió un carácter más abiertamente institucional y republicano. La Convención “entro en caja” y se institucionalizó. No obstante, el déficit era otro. Al consultar a la ciudadanía al inicio y al final del proceso constituyente respecto a sus expectativas sobre la Convención encontramos lo siguiente: mientras al inicio se esperaba que los constituyentes actuaran de modo diferente a los políticos tradicionales (ver Resultados Focus Group – Panel “Fundación Recrea”) , al final del proceso, esa expectativa se encontraba largamente frustrada (ver Paneles: Proceso Constituyente y plebiscito de salida).

En ese sentido, aunque el sistema político tradicional ve en los constituyentes algo muy diferente a sí mismo (y viceversa), en la opinión pública, ambos elencos hoy aparecen fusionados en su desgaste. El “payaseo” en torno al escándalo del día en los medios y en las redes solo profundiza dicho desgaste. En suma, el hastío ciudadano con el proceso político de estos años se traduce en una impugnación paralela de ambos grupos: tanto el sistema político tradicional como el emergente generan hastío y rechazo. Esto último obviamente limita la capacidad del sistema político tradicional de conducir desde arriba el proceso post-plebiscito y de lograr, con dicha conducción, mínimos razonables de legitimidad.

La fragmentación del sistema de partidos es también paralela a la experiencia de la Convención, donde la falta de articulación política pasó la cuenta. En el Congreso, un sistema de partidos cada vez más fragmentado y en que las lógicas de carrera individual pesan más que la articulación colectiva también dificulta cada vez más la negociación parlamentaria. Se puede negociar con las directivas de los partidos, pero eso no garantiza mucho respecto al alineamiento de las bancadas parlamentarias. La incapacidad de avanzar en reformas largamente postergadas y sobre las que existe un consenso amplio (por ej., la reforma de pensiones) tiene mucho que ver con esa incapacidad de negociar la tramitación legislativa. 


“Un sistema de partidos profundamente fragmentado y en que las lógicas de carrera individual pesan más que la articulación colectiva” puede dificultar “el avance en reformas largamente postergadas y sobre las que existe un consenso amplio, como las pensiones”


Los conflictos latentes en cada bloque y en la interna de varios partidos también prometen complicar el panorama. La derecha ha logrado niveles de disciplina sin precedentes en esta campaña electoral. Delegando habilmente la campaña del Rechazo en figuras de la “centro-izquierda” y de la sociedad civil, no solo han escondido a sus figuras más resistidas (la gran mayoría), sino que también han logrado mantener a raya una posible disputa entre liderazgos emergentes. No obstante, el quiebre entre la derecha democrática y la trumpista parece inminente. A ninguna de las dos le conviene, a mediano plazo, esa alianza. A excepción de la UDI, la interna de los partidos de centro-derecha se ve compleja. Mientras el quiebre entre la vertiente popular y oligárquica de RN es evidente, EVOPOLI permanece entrampada entre el discurso liberal de varios de sus personeros, y la deriva hacia el trumpismo criollo de su lider histórico y más visible. El PDG es una incógnita, así como el alcance del control remoto con que lo lidera Franco Parisi desde Alabama.

La situación no es mejor en la vereda del frente. La tensión entre Apruebo Dignidad y el socialismo democrático no parece estar bien resuelta. Si bien los miembros del socialismo democrático que hoy participan del gobierno han logrado buena evaluación, no todos sus liderazgos parecen convencidos de incorporarse decididamente a un oficialismo que recurrentemente ha cuestionado su trayectoria e integridad. Mientras tanto, varios de quienes nominalmente han declarado apoyar al Apruebo en las filas del socialismo democrático, parecen haber medido sus esfuerzos (y en algunos casos, han “atornillado al revés”) en sus actividades de campaña. Esto último responde, probablemente, a un cálculo simplista: de ganar el Rechazo, las posibilidades de desembarcar masivamente en el gobierno crecen.

La tensión entre el PC y el socialismo democrático podría crecer, además, ante la eventualidad de una incorporación de la DC a la coalición gobernante tras el plebiscito. La interna de estos dos últimos partidos también se ve compleja. Mientras en la DC conviven hoy dos almas aparentemente irreconciliables, en el PC, su consabida verticalidad parece haber dado lugar a tres corrientes representadas por los liderazgos jóvenes y femeninos hoy en el oficialismo, una línea más crítica pero leal representada por Tellier, y la resentida disidencia liderada por el alcalde Jadue.  

En definitiva, cuesta ver cómo un sistema de partidos fragmentado, débil, y poco legítimo socialmente, puede encabezar con eficacia el post-plebiscito. Tal vez un resultado ajustado (o algún otro indicio que señale la magnitud del desfonde y el desafío colectivo), la lejanía de las próximas elecciones y un liderazgo presidencial especialmente inspirado logren delinear un boceto rústico sobre el que seguir trabajando. Al menos por un buen tiempo, eso es lo más cercano a un modelo que podremos ver.

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