¿Chile despertó?

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¿El estallido social de octubre fue una ilusión? ¿Chile realmente despertó? El autor sostiene que ni la sociedad chilena había despertado en Octubre, ni se durmió ahora. Apresurarse en sacar conclusiones puede llevarnos a equivocar los diagnósticos.


El resultado del plebiscito de salida ha hecho a varios preguntarse si acaso Chile realmente despertó en octubre de 2019. Aunque razonable, el tipo de respuesta que induce la pregunta tiende a mezclar distintos niveles de análisis -el nivel de los valores y actitudes de personas, el de la acción colectiva, y el de los cambios societales-. Sea cual sea el polo por el que se incline, asume una realidad estática, y en algunos casos, esencialismos; o al menos imágenes rígidas de lo que la sociedad es o no es, que no ayudan a esclarecer el panorama.

Valga repetir una suerte de cliché, pero las sociedades son dinámicas -de hecho, eso son: dinámicas estabilizadas por un tiempo a través de instituciones. Y la foto de un momento captura eso, un momento. Generalizar o totalizar a partir de ese momento implica el riesgo de perderse la complejidad de lo que cambia y no cambia en el trayecto de un estado a otro. El diagnóstico del Chile dormido se consolidó con el estallido social de octubre del 2019. ¿De qué había despertado supuestamente Chile? De un largo y doloroso sueño neoliberal, con altos niveles de desigualdad, una sociabilidad resquebrajada producto de un modelo que fuerza a comportarse en sociedad siguiendo las lógicas del mercado, y un sistema político desanclado de la sociedad que buscaba, en teoría, representar.

Pero antes del despertar del estallido, analistas ya habían constatado leves desvelos o sobresaltos en ese sueño: los pre-estallidos estudiantiles de 2006 y 2011, y el aumento de protestas y conflictividad en varios ámbitos de la vida colectiva. En la mayoría de estos episodios de movilización, sobre todo los que alcanzaron altos grados de masividad[1], se tendían a confrontar en el debate público dos tesis: o bien mostraban un rechazo de chilenas y chilenos a la modernización neoliberal, al “modelo”, o más bien eran demandas por una mejor integración a ese mismo modelo, sin cuestionar sus principios básicos[2]. Si hay una historia que se repite, a estas alturas como un esquematismo, y que ha vuelto a resurgir en estos días, es la del enfrentamiento entre estas dos tesis. ¿Cuál de ellas es más plausible? Ambas.

“Sobre el resultado del plebiscito (…) lo más sensato es partir por asumir que no sabemos, o que sabemos muy poco todavía. El 62% del rechazo encierra un mundo, mucho más abierto y misterioso que el del apruebo”

Los datos de la encuesta longitudinal ELSOC[3], de COES, muestran que si se consideran las actitudes y opiniones de distintas personas, y su variaciones antes y después del estallido social en temas tales como confianza en las personas, respeto a la diversidad, sentido de solidaridad, y participación cívica, no existen variaciones importantes. En este nivel de análisis la segunda tesis sería en principio más plausible que la primera. Si la unidad de análisis son, en cambio, procesos de movilización colectiva y protestas, ambas son plausibles, con el añadido que una de ellas se logra imponer durante y gracias a ese proceso de movilización; una de ellas se vuelve, para usar un concepto olvidado y útil para el momento actual, hegemónica.

Un caso paradigmático: las luchas estudiantiles por el derecho a la educación en 2011. Era usual ver a periodistas preguntar en manifestaciones a algun estudiante por qué marchaba, y recibir como respuestas «no sé», «para que hayan más recursos», «porque la educación tiene que ser  gratis» y solo de parte de alguna dirigente, «por el derecho a la educación». Pero la interpretación según la cual la educación debía ser gratuita porque era un derecho social terminó predominando durante las movilizaciones y permeó el discurso público.

La propia demanda por cambio constitucional en las movilizaciones de octubre de 2019 es un ejemplo de este proceso. Uno de los rasgos más significativos del estallido fue la diversidad de demandas y personas que se identificaban en mayor o menor medida con ellas: volantineros, no + TAG, personas anti-corrupción, trabajadoras en contra de las AFP, además de activistas de organizaciones territoriales y sociales de distinta índole. La demanda por una nueva constitución logró sintetizar, momentáneamente, esa diversidad de demandas que no eran coherentes entre sí, ni apuntaban al mismo nivel de generalidad (algunas muy concretas y puntuales, otras anti-capitalistas). En procesos de acción colectiva conviven y compiten distintas orientaciones, y las dos tesis de arriba (aunque siempre son más que dos) son disputadas y movilizadas como marcos interpretativos por los propios participantes.

Así como no todo Chile despertó para el estallido, (o así como Chile no despertó del todo con el estallido), tampoco se durmió del todo ahora (o despertó nuevamente, solo que de un sueño distinto). La política, que media las aspiraciones individuales con ideas de sociedad y bienestar colectivo, se juega en esa suerte de duermevela.

Las suposiciones respecto a lo que es o era la sociedad chilena fueron hechas, en parte, considerando resultados electorales con reglas que cambiaron en el último plebiscito (más de 4 millones de votantes nuevos respecto a la segunda vuelta presidencial), esa es al menos una de las fuentes de sorpresa. Desde el punto de vista político y electoral, una elección como la de convencionales, con un 43% de participación electoral, probablemente refleja menos la fuerza que las mismas opciones hubieran tenido con mayores niveles de participación. ¿Pero refleja menos o peor la sociedad? No necesariamente. ¿Qué diagnóstico societal hubiera correspondido si, de haberse repuesto el voto obligatorio, el resultado de la segunda vuelta presidencial hubiera favorecido al candidato de derecha? ¿Estábamos ante otra sociedad entre Bachelet 2 y Piñera 2? Es imposible que el resultado electoral no informe de alguna manera el análisis de lo que la sociedad chilena es; pero no lo determina, no al menos con la fuerza con la que sí determina lo que pasará con el sistema político y sus actores.

“Las suposiciones respecto a lo que es o era la sociedad chilena fueron hechas, en parte, considerando resultados electorales con reglas que cambiaron en el último plebiscito”

Sobre el resultado del plebiscito, antes de apresurarse en responder dicotómicamente y caer en diagnósticos tajantes, lo más sensato es partir por asumir que no sabemos, o que sabemos muy poco todavía. El 62% del rechazo encierra un mundo, mucho más abierto y misterioso que el del apruebo. Hay personas que votaron rechazo a conciencia porque no compartían una parte o la totalidad del texto, otras que no compartían una parte o la totalidad del proceso, otras porque reprobaron el actuar de la convención; hay quienes rechazaron porque se vieron obligadas a votar por algo que no les interesaba y de lo cual no tenían ninguna opinión formada, y otras porque rechazar en un plebiscito era una forma de expresar un rechazo a la política, sus ritos, y su investidura de autoridad.

«La sociedad chilena» es una forma de hablar de un todo, y sirve para describir cuestiones que pasan a nivel de ese todo, pero es necesario hilar fino para entender las múltiples e imbricadas razones del rechazo. No volver a caer en viejos esquematismos es útil para enfrentar algunas de las preguntas que vienen: ¿Señalan las intermitentes pero sostenidas movilizaciones de estudiantes secundarios un posible nuevo estallido? ¿Existen las condiciones para que la sociedad se haga parte activa de un nuevo proceso constituyente? ¿Está capacitado y legitimado el sistema político para darle continuidad, por otros medios, al proceso que comenzó en octubre?

El poeta inglés John Keats llamaba “capacidad negativa” a la capacidad de “habitar las incertidumbres, los misterios, las dudas, sin la búsqueda irritante de hechos y razones”. Una cuota de esta capacidad negativa, la que se aleja de diagnósticos grandilocuentes o apresurados, le haría bien al debate.


NOTAS Y REFERENCIAS

[1] Desde 2010 hay un aumento de la conflictividad y movilización en Chile, lo que se expresa por una parte en mayores episodios de protestas que demandan derechos sociales y justicia, y por el otro, en la emergencia y re-emergencia de diversos movimientos sociales (feministas, de trabajadores sub contratistas, socio-ambientales, estudiantiles, de pobladoras y pobladores, mapuche, entre otros). Estos episodios de protestas y ciclos de movilizaciones pueden encontrar o no expresión electoral, la relación no es mecánica ni directa y dependerá de la capacidad de procesamiento del sistema político, y de la capacidad y voluntad en el caso de las personas organizadas, de disputar el poder en la arena institucional.

[2] El debate entre Norbert Lechner y J.J Bruner a propósito del informe del PNUD del 1997 es ilustrativo del enfrentamiento entre ambas interpretaciones, o entre los planteamientos de Gabriel Salazar y Carlos Peña para versiones más recientes.

[3] Castillo, J. C., Espinoza, V., & Barozet, E. (2022). Cohesión social en Chile en tiempos de cambio: indicadores, perfiles y factores asociados.

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